El enviado especial del Papa preside los funerales de Sor Lucía en Coimbra

El cardenal Bertone recuerda de primera mano a la vidente de Fátima

| 877 hits

CIUDAD DEL VATICANO/COIMBRA, martes, 15 febrero 2005 (ZENIT.org).- El cardenal Tarsicio Bertone –arzobispo de Génova--, en calidad de enviado especial de Juan Pablo II, preside en la tarde de este martes los funerales por Sor Lucía en la catedral de Coimbra, localidad portuguesa en la que falleció el domingo con 97 años la última testigo de las apariciones de la Virgen en Fátima en 1917.



Todo Portugal vive este martes una jornada de luto, convocada además oficialmente. «Todas las realidades del país se han detenido para rendir homenaje a la grandísima figura de una “pastorcilla” que con la fuerza “escondida” de la oración y de la fe supo tocar los corazones de todos», expresa este martes en sus páginas el diario oficioso de la Santa Sede, «L’Osservatore Romano», recordando a la carmelita.

«Se han cerrado dulcemente aquellos ojos que vieron los Ojos de la Virgen»: así describió el diario el fallecimiento de Sor Lucía de Jesús dos Santos, ocurrido a las 17.25 horas del 13 de febrero pasado en el Carmelo portugués de Santa Teresa, de Coimbra.

«Una ininterrumpida peregrinación de fieles ha rodeado de afecto y oración le cuerpo de Sor Lucía expuesta en la capilla del Carmelo –describe--. La gente ha vivido esta significativa experiencia de conversión, “propuesta” con silenciosa sencillez, a través del rezo del Rosario y participando en la Eucaristía».

Desde el mediodía de este martes el cuerpo de la vidente se encuentra en la catedral de Coimbra, donde se celebran esta tarde los funerales. Sor Lucía recibirá sepultura en el Carmelo de Coimbra. En un año, siguiendo su deseo, sus restos se trasladarán al santuario de Fátima, donde se encuentran los de los otros dos videntes, sus primos Jacinta y Francisco Marto, fallecidos en la niñez y ya beatificados.

Accediendo a compartir su recuerdo de los encuentros que tuvo con la religiosa, el cardenal Bertone definió ante los micrófonos de «Radio Vaticana» a Sor Lucía como «una persona luminosa, llena de gozo por los acontecimientos de los que había sido destinataria y a la vez llena de amistad, amistad por Jesús, amistad por María, Madre de Jesús y Madre nuestra».

Era «una mujer excepcional, pero sencilla, una mujer llena de oración, de gracia, de amistad con la humanidad porque era depositaria de una gran esperanza para la humanidad», puntualizó.

Sor Lucía convivió tantos años con la revelación de la que había sido testigo y custodio «con una gran devoción a María y con un sentido de la misión de la que había sido hecha participe», expresó el purpurado.

«Creo que muchos saben que una de las últimas elaboraciones de esta vidente de Fátima es su libro “Llamadas del Mensaje de Fátima”»: «ella sintió fuertemente este llamamiento a la oración, a la penitencia, a la conversión, y se sintió investida de esta misión de anunciar, de propagar los llamamientos de la Virgen de Fátima», y lo «hizo también a través de este libro» publicado en varios idiomas que «encierra un poco toda su conciencia y diría también misión de la que había sido hecha destinataria», explicó el cardenal Bertone.

«Pidió permiso a la Santa Sede y al Papa para publicar este libro y multiplicar así el mensaje de Fátima a miles de personas a las que le ha llegado» el volumen, aclaró el antiguo secretario de la de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En su opinión, la herencia espiritual de Sor Lucía es «una gran cercanía de Dios y de María» --«la primera cooperadora del anuncio del Reino con Jesús y por lo tanto la cooperadora principal de la Salvación»--.

Sor Lucía «vio a Maria, fue privilegiada por María por su sencillez de corazón junto a los otros dos pastorcillos, y deja justamente este recuerdo y este compromiso: ser con María cooperadores de la Salvación» --subrayó el cardenal Bertone--, deja «la espiritualidad de estar con Dios por la salvación del mundo a través de las formas más sencillas: la oración, la santificación de la propia vida, del propio trabajo, la penitencia, la reparación de los pecados del mundo y por lo tanto una ayuda que pueda transformar el corazón de los hombres de toda época por la salvación del mundo».