El futuro de la religión en Europa

Un nuevo estudio muestra un mesurado optimismo

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ROMA, domingo, 22 julio 2007 (ZENIT.org).- Muchos pronostican un triste futuro al cristianismo en Europa, pero en su último libro Philip Jenkins sostiene que la situación no es del todo mala: «God’s Continent: Christianity, Islam and Europe’s Religious Crisis» (El continente de Dios: cristianismo, islam y crisis religiosa de Europa), publicado por Oxford University Press, es el volumen conclusivo de una trilogía sobre el futuro del cristianismo.



Los primeros dos volúmenes – «The Next Christendom» (La futura cristiandad) y «The New Faces of Christianity» (Los nuevos rostros del cristianismo) – se centran especialmente en el ascenso de la religión en el sur del mundo. El tercer volumen considera la situación de Europa, afectada por un marcado declive en el número de cristianos practicantes, combinado con una presencia creciente de inmigrantes musulmanes.

¿Podría ocurrirle a Europa lo mismo que a África del Norte, con el cristianismo suplantado por el Islam? Esto es lo que algunos pronostican, observa Jenkins. Como respuesta, él admite que la actual situación está lejos de ser la ideal en términos de práctica religiosa cristiana, pero la situación no es tan grave como algunos nos han hecho creer.

A pesar del descenso de la tasa de natalidad y la inmigración de países islámicos, Jenkins apunta que en la mayoría de las naciones de Europa Occidental, los musulmanes sólo constituyen el 4-5% de la población. En comparación, en Estados Unidos, hay una presencia de minorías de latinos, asiáticos y otros grupos de cerca del 30%.

Para el futuro existen diversas predicciones. Jenkins cita datos del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos que calcula que la actual población musulmana de Europa de unos 15 millones podría subir hasta los 28 en el 2025. Los números, no obstante, no se distribuirán de forma uniforme. Francia, Alemania y Holanda podrían tener minorías musulmanas del 10-15% en el 2025.

Jenkins apunta que si tomamos una definición más amplia de Europa, como todo lo que está al oeste de la antigua Unión Soviética, el continente tendría entonces cerca de 40 millones de musulmanes en el 2025. Esto es, sin embargo, sólo cerca del 8% de la población.

Por otra parte, sostiene que tanto el cristianismo como el Islam se enfrentan a dificultades para sobrevivir en el ambiente cultural laicista de Europa y es un error suponer que el Islam será inmune a esta presión, que podría moderar los elementos más estridentes.

Jenkins también advierte en contra de una visión de la presencia musulmana excesivamente alarmista. Sería un error incluir a la entera población musulmana de Europa en la categoría de radicales o extremistas religiosos. Es cierto, admite, que hay algunos líderes y comunidades musulmanas extremistas que están aislados de la sociedad. Sin embargo, junto a los radicales también hay musulmanes moderados cuya presencia no se debería olvidar.

Cuando se trata de problemas derivados de la presencia musulmana en Europa, Jenkins afirma que es necesario que distingamos sus orígenes. Además de las tensiones que derivan del mismo Islam, es necesario que consideremos los factores económicos, raciales y sociales, así como las tradiciones culturales de los países de origen de los inmigrantes que no son parte integral del Islam.

Dos caminos
Jenkins sostiene que Europa podría muy bien seguir el camino de Estados Unidos, que ha logrado integrar gran número de inmigrantes con raíces religiosas y étnicas diversas. Admite, no obstante, que existe otro camino, cuyo ejemplo es el Líbano, donde la identidad religiosa está ligada a agravios económicos y sociales, lo que conduce a un futuro más sombrío.

En este desafío de decidir qué camino tomará el continente, Jenkins observa que un factor que perjudica a los gobiernos europeos es el penetrante laicismo que impide que las autoridades traten con seriedad las preocupaciones y motivaciones religiosas.

De hecho, Jenkins recoge el impacto del secularismo en la Iglesias cristianas en uno de los capítulos de su libro. El declive del cristianismo ha sido especialmente marcado en las zonas protestantes y en los países bajo el dominio de la ahora difunta Unión Soviética.

La Iglesia católica ha mantenido un nivel más alto de participación, pero, añade Jenkins, se enfrenta a considerables desafíos. Las fuerzas sociales y culturales han influido en la población hasta el punto que en los países católicos el tamaño de las familias ha caído hasta los niveles más bajos de Europa. Además, la asistencia a la Iglesia en países como Italia y España ha bajado de forma significativa en la última década. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa han descendido notablemente, con pocos signos de cambio.

No obstante, continúa Jenkins, junto a esta tendencia negativa es necesario considerar otros elementos más positivos. A pesar del declive Europa sigue siendo el hogar de una considerable población católica. En Polonia, Eslovaquia y Eslovenia, la participación religiosa es todavía muy alta. En Gran Bretaña, los inmigrantes polacos y croatas han traído consigo un resurgimiento religioso en algunas zonas.

Aumento de peregrinos
Otras tendencias positivas incluyen el alto nivel de impacto popular del que goza Benedicto XVI, que atrae grandes números a sus apariciones públicas. La continua popularidad de los peregrinajes religiosos es otro signo de vida en la cristiandad europea, apunta Jenkins. En los años cincuenta Lourdes atraía cerca de un millón de visitantes al año. El número actual se acerca a los 6 millones. La capilla de Czestochowa atrae varios millones al año, muchos de ellos jóvenes.

Fátima cuenta con cerca de 4 millones de visitantes al año. En España, el número de peregrinos a Santiago de Compostela ha subido a cerca de medio millón al año, con más de un millón en los años santos. Italia también ve grandes números de visitantes a capillas como la de Loreto.

Jenkins también sostiene que el gran número de nuevos santos creados por Juan Pablo II ha ayudado a reforzar la piedad popular. De hecho, compara los esfuerzos de Juan Pablo II y Benedicto XVI con la era de la Reforma Católica, cuando la Iglesia logró una revitalización tras un periodo de graves dificultades.

La fundación de nuevas órdenes religiosas y movimientos dinámicos en la Iglesia católica es, para Jenkins, otro indicativo de que el cristianismo está lejos de estar muerto en Europa. Evidencia de esto fueron las reuniones de miembros de nuevos movimientos tenidas en Roma en Pentecostés de 1998 y del 2006. También han florecido dentro de la Iglesia católica los grupos carismáticos en muchos países.

Así, aunque las cifras del clero pueden haber descendido, la creciente participación de los laicos proporciona una fuente de renovación de la vida de la Iglesia. El gran número de jóvenes que asistió a las actividades de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, Alemania, en el 2005, es otro signo positivo para el futuro del cristianismo en Europa. También están creciendo dentro de las iglesias protestantes los grupos evangélicos y carismáticos, apunta Jenkins.

Otra fuente de robustecimiento para el cristianismo en Europa es la inmigración. Además de los inmigrantes musulmanes también llegan cristianos. La tasa de natalidad ha descendido notablemente en Italia, pero Roma, por ejemplo, puede contar con la presencia de decenas de miles de inmigrantes de Filipinas, que es predominantemente católica.

Hay también una presencia creciente de clero de otros continentes que está ayudando a levantar el descenso de las vocaciones locales. Gran Bretaña, afirma Jenkins, acoge cerca de 1.500 misioneros de 50 naciones, muchas de ellas africanas. Otro ejemplo citado por él, es el una diócesis católica francesa que acoge 30 sacerdotes de las antiguas colonias africanas.

¿Por qué entonces es tan negativa la impresión pública sobre el futuro del cristianismo en Europa? Jenkins acusa a los medios europeos, que considera que son más laicistas y hostiles a la religión que en Estados Unidos, de ignorar estas tendencias positivas para la fe. Además, las élites que gobiernan Europa tienden a ser muy laicistas y poco sensibles a la presión pública, una situación que las lleva a una postura anticristiana que no está en la línea de los sentimientos de muchos ciudadanos.

De esta forma, Jenkins sostiene que aunque no podemos negar que el cristianismo europeo está pasando por un periodo de crisis sería un error simplificar estos temas ignorando la diversidad de la situación.

Por el padre John Flynn, L. C.