El hambre duele

XVIII Domingo Ordinario

San Cristóbal de las Casas, (Zenit.org) Mons. Enrique Díaz Diaz | 885 hits

Isaías 55, 1-3: “Vengan a comer”

Salmo 144: “Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores”

Romanos 8, 35, 37-39: “Nada podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús”

San Mateo 14, 13-21: “Comieron todos hasta saciarse”

El hambre duele y mata. Aunque se le maquille y se le disfrace sigue mordiendo en nuestras comunidades. Mientras discutimos sobre los programas del hambre en Chiapas y los pocos o nulos efectos sobre la población, alguien me dice que es posible hacer algo y me muestra un mensaje que ha recibido: “Hola mi nombre es Lídice Soqui, tengo 12 años y al igual que a ustedes me preocupa el hambre en zonas vulnerables como el basurón de mi ciudad. Yo soy de Cd. Obregón, Sonora, y tengo un proyecto, se llama “ayuda a ayudar”. Junto con 3 compañeros me pregunté por qué no crear algo para poder ayudar a otros niños. Lo platiqué con mis compañeros y formamos este grupo y actualmente estamos casa por casa pidiendo despensa para los niños del basurón. Si me pudieran ayudar, también me gustaría poder conseguirles becas para estudios técnicos donde ellos pudieran estudiar algo rápido y generar ingresos para sus familias. No es darles el pescado sino enseñarlos a pescar, pero para eso ocupan no sentir hambre y enfocarse a un propósito y es lo que quiero hacer y ustedes me podrían ayudar”. Con las palabras de esta niña tenemos el inicio de solución: ser conscientes del problema y sabernos parte de la solución.

México es de los países con mayor riqueza natural y Chiapas sobresale no sólo por su belleza sino por la gran riqueza que posee. Sin embargo no podemos disfrazar la realidad: la pobreza y el hambre siguen mordiendo en nuestro territorio y parecen crecer ante la apatía e indiferencia de muchos. Mortandad infantil, insalubridad, hambre, alcoholismo, analfabetismo, enfermedades de la pobreza… son pan de cada día. Niños desnutridos y mujeres anémicas claman justicia en un país que habla de incorporación al primer mundo, de millones en seguridad y armas, de gastos ingentes en naderías… y no somos capaces de saciar el hambre de nuestros hermanos. El hambre no se reduce a municipios rurales e indígenas, hay enormes cinturones de miseria perdidos en las grandes ciudades que a veces pasan desapercibidos. ¿Dios lo quiere así? ¡Mentira! Dios nunca ha querido el hambre ni el dolor del hermano. Basta escuchar con atención a los profetas del Antiguo Testamento, sus más graves denuncias y condenas son para quienes, viviendo en la opulencia, dejan en la miseria a su prójimo. El grito de los pobres clama al cielo y no podemos voltear la espalda. No podemos quedar en la indiferencia e ignorar a los hermanos.

El Papa Francisco constantemente insiste en el desequilibrio y la injusta distribución de bienes. Hay quienes no ven o no quieren ver la realidad. En el relato evangélico los apóstoles al menos son conscientes de que las muchedumbres tienen hambre, y buscan soluciones… pero soluciones en manos de otros para ellos no verse implicados: despedirlos a sus casas. En el tiempo que han vivido con Jesús han aprendido a detectar las necesidades, a estar pendientes de los demás. Se han abierto a los valores del Reino pero proponen soluciones que no los involucren. Son prácticos y realistas. Desde el principio saben que los alimentos son muy escasos para aquella multitud; describen y denuncian la situación, pero no se implican en ella. No hay suficiente alimento y si se prolonga el sermón del maestro, se provocará un caos. Con estas poderosas razones están dispuestos a despedir a la gente, para que cada uno se busque su comida. Pero Jesús no está dispuesto a esta solución. Jesús tiene un corazón misericordioso, se implica con el que sufre y se encuentra siempre a disposición de los demás. Sabe descubrir su necesidad profunda y sabe hacer surgir lo mejor de cada uno.

De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad. Denles de comer, es la respuesta de Jesús y no bromea. Su mandato implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad. Jesús sabe que un hermano no debe dar la espalda a su hermano y cree que la persona tiene la capacidad en sí misma para solventar los problemas que afectan el reparto de los bienes de la vida. Esa capacidad existe pero es preciso ponerla en funcionamiento. El discípulo se excusa con lo más fácil: pone la pobreza como obstáculo insalvable. Pero Jesús hace ver que ese no es un impedimento definitivo para un reparto de los bienes. La dificultad está en el corazón de la persona que se abalanza sobre la posesión y el dominio. Efectivamente, el sentido de posesión vela y oculta las posibilidades de reparto. ¿No se ponen muros para que los demás no vengan a molestarnos con su hambre y su miseria? ¿Acaso no se gasta más en armamentos y guerras que en soluciones para el hambre? ¿No volteamos la espalda con la excusa que apenas la vamos pasando? Para Jesús no hay excusa y hoy sigue insistiendo: denles de comer.

Pero pide más todavía. No se trata sólo de asegurar a todos la comida, sino de que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno». Esto implica educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida. Esta responsabilidad brota del mismo relato evangélico. Jesús no quiere que demos migajas, como a veces acostumbran los países ricos enviando desperdicios a los necesitados. Si revisamos el relato, encontramos que hay diálogo, escucha de la palabra,  mesa común; les pide que se sienten sobre el pasto, como lo hace quien es libre y que puede participar con los demás; hay  participación plena y colaboración mutua. Se entrega todo lo que se tiene, así sea muy poco, pero también se está dispuesto a recibir; sólo esta entrega y apertura hace posible el milagro. Un milagro de aquellos tiempos pero también un milagro actual: las palabras que nos dice Mateo nos recuerdan la Eucaristía: tomó…miró al cielo… bendijo… los repartió. La Eucaristía es la más grande expresión de gratuidad y entrega. Es el más grande milagro, pero también debe ser el más grande compromiso, va cargada con un deber social fortísimo hacia el hermano necesitado. Si no, la Eucaristía se convierte en una mentira y en una contradicción. ¿A qué nos comprometemos al participar en la Eucaristía? ¿Cuáles son nuestras actitudes ordinarias ante las necesidades? ¿Cuáles son las pequeñas acciones que estamos haciendo frente a la pobreza?

Señor, tú que eres nuestro creador y quien amorosamente dispone toda la madre naturaleza como casa y sostén de toda la humanidad, concédenos amarnos de tal manera que no permitamos a nadie sufrir el hambre, la pobreza o la marginación. Amén