El infierno, cerrarse al amor de Dios; explica el Papa

Al visitar la parroquia romana de Santa Felicidad e Hijos Mártires

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ROMA, lunes, 26 marzo 2007 (ZENIT.org).- El Infierno consiste en cerrarse al amor de Dios, constató Benedicto XVI este domingo al visitar una parroquia de la diócesis de Roma.



«Si es verdad que Dios es justicia, no hay que olvidar que es sobre todo amor: si odia el pecado es porque ama infinitamente a toda persona humana», aclaró al dirigirse a los fieles de la Parroquia de Santa Felicidad e Hijos Mártires, en el barrio Fidene, del sector norte de la diócesis de la ciudad eterna.

Dios «nos ama a cada uno de nosotros y su fidelidad es tan profunda que no nos deja desalentarnos, ni siquiera por nuestro rechazo», siguió explicando en la homilía de la misa que presidió junto a la comunidad parroquial.

El Santo Padre meditó sobre el pasaje evangélico que presentaba la liturgia en ese domingo de Cuaresma: la mujer adúltera, que debía ser apedreada, a quien Jesús salvó la vida y perdonó.

«Jesús no entabla una discusión teórica con sus interlocutores una discusión teórica sobre la ley de Moisés: no le interesa ganar una disputa académica», indicó, «sino que su objetivo es salvar un alma y revelar que la salvación sólo se encuentra en el amor de Dios».

«Por esto vino a la tierra, por esto morirá en la cruz y el Padre le resucitará al tercer día», aclaró.

«Jesús vino para decirnos que nos quiere a todos en el Paraíso y que el Infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para quienes se cierran el corazón a su amor», subrayó.

«Por tanto, también en este episodio comprendemos que nuestro verdadero enemigo es el apego al pecado, que puede llevarnos al fracaso de nuestra existencia», siguió explicando.

Recordando que Jesús se despide de la adúltera con esta consigna: «Vete, y en adelante no peques más», el Papa explicó: «sólo el perdón divino y su amor recibido con corazón abierto y sincero nos dan la fuerza para resistir al mal y para no “pecar más”, para dejarnos golpear por el amor de Dios, que se convierte en nuestra fuerza».

«La actitud de Jesús se convierte de este modo en un modelo que tiene que seguir toda comunidad, llamada a hacer del amor y del perdón el corazón palpitante de su vida», concluyó.