El iniciador de la doctrina social de la Iglesia, León XIII, en la memoria del Papa

En el centenario de su fallecimiento

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CASTEL GANDOLFO, 20 julio 2003 (ZENIT.org).- A los cien años de su muerte, este domingo Juan Pablo II dio gracias a Dios por la vida de su predecesor, el Papa León XIII, recordado sobre todo por la «Rerum novarum», la «encíclica que marcó el comienzo de la moderna doctrina social de la Iglesia».



No sólo por la encíclica «Sobre la situación de los obreros» --fechada el 15 de mayo de 1891— se recuerda a este «gran pontífice», cuyo papado se extendió desde el 20 de febrero de 1878 hasta su fallecimiento a los 93 años de edad, sino por «su magisterio amplio y articulado».

León XIII --Vincenzo Gioacchino Pecci-- «relanzó los estudios tomísticos», «promovió el acrecentamiento de la vida espiritual del pueblo cristiano» y dedicó además al Rosario diez encíclicas, evocó Juan Pablo II.

«Sin duda es el primer Papa que se planteó el problema de la modernidad como espacio de acción pastoral», constató ante los micrófonos de Radio Vaticana el jesuita Giovanni Sale, historiador de «Civiltà Cattolica».

León XIII «consiguió leer de una manera nueva las diferentes instancias de cambio social, político y religioso que procedían de la sociedad en un momento en que el enfrentamiento social, especialmente entre capital y trabajo, era muy fuerte», explicó el padre Sale.

Es la época en la que en Europa nació la llamada «cuestión social», algo que abordaba la Iglesia por primera vez. «León XIII supo proponer motivos de reflexión nuevos dentro de una línea: la fijada por muchas vías por sus predecesores», añadió el historiador.

Éste es el marco de su célebre encíclica «Rerum novarum», cuyas intuiciones magisteriales –que la hicieron tan importante— se pueden sintetizar en cuatro, según el padre Sale.

En primer lugar, se reconfirma la doctrina tradicional sobre el derecho natural a la propiedad privada, subrayándose a la vez fuertemente la función social de ésta.

Asimismo, se recalca la importancia del Estado «tal como hoy lo concebimos: el Estado tiene el deber de hacerse cargo de los problemas sociales –dice León XIII— y también de eliminar las causas del conflicto entre capital y trabajo».

En la encíclica, en tercer lugar, se recuerda a los trabajadores su deber ante los empleadores, pero «especialmente se recuerda a estos últimos los deberes-derechos frente a la mano de obra --sintetiza el padre Sale--. En particular, el derecho a un salario suficiente para asegurar un nivel de vida “humano” al trabajador y a su familia».

Según el historiador, de esta forma la encíclica redescubre el valor personal del trabajo, además del puramente económico.

En último lugar, el documento papal condena la lucha de clases, «pero reconoce a los trabajadores el derecho a defender sus propios derechos incluso a través de asociaciones formadas sólo por obreros», concluye el jesuita.