El maestro de Juan Pablo II (Parte II)

Entrevista a Sir Gilbert Levine

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NUEVA YORK, martes 19 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Sir Gilbert Levine fue condecorado con el más alto honor pontificio nunca obtenido por un judío en la historia del Vaticano.

Es Gran Comendador de la Orden Ecuestre Pontificia da San Gregorio Magno, condecorado con la Estrella de plata de San Gregorio.

Pero esta condecoración refleja en realidad un honor interior, lo que Levine llama “el más increíble privilegio que habría podido obtener como artista”, es decir el privilegio de estrechas una amistad espiritual con el Papa Juan Pablo II, colaborando con él en el sueño de la reconciliación y de la paz para toda la humanidad.

ZENIT habló con Levine de los 17 años transcurridos como “Maestro del Papa”. Una historia que ha contado en sus memorias contenidas en el libro titulado "The Pope's Maestro" (Jossey-Bass).

La primera parte de esta entrevista fue publicada el lunes 18 de abril.

- Como usted ya ha mencionado, su suegra, Margit Raab-Kalina, es una superviviente del Holocausto y el Papa le dedicó una atención especial, desde el primer momento que se conocieron. ¿Qué le dijo en su primer encuentro?

Levine: Es necesario recordar que mi suegra estuvo en Auschwitz. Había personas internas en Auschwitz que querían que los Aliados bombardeasen el campo para que los matasen y así poner fin al genocidio. Querían que alguien dijese: “Quietos. Esto es una locura”. Hombres que asesinan hombres, mujeres y niños. ¿Ha estado alguna vez en Yad Vashem escuchando los nombres de los niños en un cuarto oscuro?. No se puede imaginar los horrores que ha vivido. Yo he escuchado las historias, las he leído, he estado en Auschwitz. No se puede imaginar.

No pensaba de ningún modo acercarse al Papa polaco. Y luego su yerno comenzó este trabajo de locura. Sin embargo en vez de decir: “¿Qué haces? ¿Volver atrás? Yo que tanto he sufrido allí”, dijo: “Vé. Demuestra que estamos vivos”. Ya esto es algo extraordinario.

Y mi suegro, que vivió como Anna Frank, frente al cuartel general de la Gestapo en Bratislava, no quería saber nada. No mostraba ningún interés por lo que yo mismo hacia en Cracovia. Pensaba que estaba loco por ir, sobre todo sin dinero y durante la Guerra Fría y el comunismo. Loco. Pero mi suegra me dijo: “vé y demuestra que estamos vivos”.

Cuando la invité a mi primer concierto, en 1988, decidió venir y francamente me sorprendí de esta situación. Cuando el Papa pidió verme durante las pruebas, pidió expresamente ver también a mi suegra y a mi mujer, en la misma biblioteca privada, ella no podía imaginarse el porqué y yo tampoco.

Cuando entré, la primera cosa que me dijo fue: “¿Habéis ensayado bastante? Esta noche viene el Papa. Será un concierto muy importante”. Bromeaba de un modo inesperado, pero él era así. Era fantástico, siempre muy incisivo. Intentaba calmarme porque era la primera vez que dirigía delante del mundo entero, que es lo que sucede cuando se hace un concierto delante del Papa.

Después, en ese contexto casi jocoso, llamó a Margit, le puso el brazo en el hombro y la miró profundamente hablándole en polaco. Mi suegra hablaba en polaco, estaba increíblemente dotada para los idiomas. El checo era su lengua materna – y el alemán – pero conocía también el polaco y así comenzaron a hablar entre ellos.

En aquella habitación nos dábamos cuenta de que estaba sucediendo algo extraño. Era como si se encontrasen en otro mundo, no obstante estuviesen a dos metros de distancia. Hablaban entre ellos como dos personas que habían visto la misma oscuridad, que conocían aquella maldad increíble y potente, porque la habían visto desde los dos lados de la misma alambrada. Así inició una comunicación interior en la que él decía: “Te escucho. Sé lo que has pasado”. Nos quedamos asombrados porque la atmósfera estaba totalmente cambiada. Ella estaba transformada por él, en un modo que no se esperaba. No sé que esperaba, seguramente no se esperaba lo que estaba sucediendo. Cuando nos fuimos no fue capaz de hablar durante mucho rato.

Después, por la noche, después del concierto, vino a mí, me puso un brazo en los hombros y me dijo: “Le agradezco que haya ido a Cracovia, y haberme llevado a Cracovia. ¿Dónde está su suegra?”. Estábamos en la Sala Nervi. Había 7.500 personas, televisiones por todas partes, una orquesta y un coro, y el me preguntaba que dónde estaba mi suegra (ríe). Yo le respondí: “No lo sé. En el público. No lo sé”.

No sé que se esperaba. Era increíble. ¿Quería quizás llevarla al palco? ¿Quería ir abajo a saludarla? Verdaderamente no lo sé. Pero ella comenzó a cambiar. Después en 1994 vino a un concierto de conmemoración del Holocausto, que yo había deseado profundamente porque quería tener un concierto en Roma al que invitar al Papa. Y quería hacerlo por ella. Sentía y quería que podía hacer algo por ella.

El Papa consiguió escuchar a casi todos lo supervivientes durante la audiencia matutina, el mismo día del concierto el 7 de abril de 1994. Saludó a cada uno de los supervivientes del Holocausto. Algunos no llegaron a proferir palabra -estaban petrificados- mientras que otros hablaban demasiado. Pero escuchó a todos. El Prefecto de la Casa Pontificia fue hacia el Papa para decirle que era el momento de irse, pero él insistió en escuchar a todos.

Después fue hasta Margit. Mi mujer estaba con mi hijo Gabriel y el Papa lo besó y miró de nuevo a los ojos a Margit como diciéndole “estamos lejos pero no estamos separados. He pensado en usted”. Y esto es verdad porque cada vez que lo he visto en los siguientes años, me preguntaba por ella. Ella estaba conmovida. Fue una de las seis personas que encendieron las velas en la Sala Nervi, del menorah de Holocausto. Ella encendió una de las velas, temblando visiblemente, porque sabía que en ese momento estaba escribiendo la historia.

Murió algún año después, pero en paz. Fue increíble. Podía finalmente disfrutar la vida con los nietos, encontrar la alegría en la familia. De hecho, estaba furiosa cuando murió, porque cuando encontró finalmente la paz, Dios la quiso llamar. No podía entenderlo. “Me ha hecho pasar todos estos años de tormento y todos los años después de la guerra sin que nadie comprendiese. Y cuando encuentro la paz, puedo jugar con mis nietos serenamente, con intensidad y alegría, ¿y ahora me llamas?”. Murió con la foto de su madre, su padre y su hermano, todos asesinados por los nazis, y una foto de sí misma con el Papa. Murió como una mujer judía, pero murió en paz.

Sé que hay milagros que han sucedido después de su muerte que se han considerado para su beatificación y canonización, pero yo sé de un milagro sucedido en vida, yo lo vi realizarse en ella. Recientemente lo hablé con mi cuñado. Él no conoció al Papa, pero lo ha visto a través de los ojos de su madre, y dijo: “Ha muerto en paz. Estaba en paz en los últimos años de su vida y eso fue gracias al Papa”. No hay ninguna duda sobre esto.

- Hemos hablado ya de su experiencia de oración con él. ¿Es cómo si Margit fuese otro símbolo del tipo de relación que quería establecer entre ustedes, llevando la paz a los supervivientes, su deseo de eliminar toda aquella violencia?”

Levine: Relegarla al pasado. Absolutamente sí. Y ha hecho más que eso. También en el 2000. Yo tenía que realizar el concierto para celebrar su 80 cumpleaños, en el año Jubilar. Era su concierto de cumpleaños; podía tener lo que quería. Sugerí “La Creazione” de Haydn, que toma los primeros versos del Génesis hasta el momento en que se dividen las tres Fes, es decir antes de llegar a Isaac y a Ismael. Era lo que él quería. Quería este símbolo en aquel increíble año de la reconciliación. Si se recuerda su declaración sobre las culpas -la contrición que expresaba- quería que aquel concierto supusiese una apertura hacia los musulmanes. Esto sucedió antes del 11 de septiembre.

Después del 11 de septiembre, su deseo era el hacer lo mismo que había hecho a través de mi música para la comunidad judía, también para la islámica, reuniendo a las tres fes monoteístas, abrahámicas. Hemos hecho ese concierto para el Papa en 2000 y hemos hecho un concierto en Cracovia con la Dresden Staatskapelle, tocando el Réquiem de Brahms con ocasión del primer aniversario de los atentados del 11 de septiembre, en cuya planificación él participó muy activamente. Y después hemos hecho el Concierto de la Reconciliación en 2004. Y todo esto para intentar usar mi arte para la misma empresa: la empresa que se reveló tan eficaz con respecto a los judíos podía servir ahora para el Islam.

Lo deseaba mucho, profundamente. Creo que para él se quedó como una labor inacabada. Es un trabajo incompleto para el mundo. Estamos todos buscando el modo, un lenguaje, un sentir común entre nosotros en el mundo.

Esto era lo que él buscaba, como he dicho, también antes del 11 de septiembre. Antes del shock: “¿Cómo han podido matar en nombre de Dios, con el nombre de Dios en sus labios?”. No lo podía imaginar. Pero esto fue antes de aquel suceso, antes de esa crisis. Era lo que él entendía como el paso sucesivo natural. Y que yo le pudiese ayudar trabajando con él y prestando mi arte a este objetivo y entender que era aquello lo que él quería. Quería alcanzar la reconciliación.

Fue el privilegio más grande que podría haber tenido como artista. ¿A qué otra cosa puede aspirar el arte, si no es a realizar aquel sueño de la humanidad entera?

- La última pregunta. Desde su punto de vista, como judío el hecho de que Juan Pablo II sea beatificado ¿tiene un significado particular?

Levine: Enorme. Recuerdo las pancartas el día de su funeral: “santo súbito”... Creo que fue santo ya a los ojos de muchas personas. Era impresionante la cantidad de personas que estaban en el funeral. Yo fui un privilegiado porque me encontraba a 7 u 8 metros del féretro y pude ver a los Jefes de Estado. Algunos anglicanos, otros judíos, otros musulmanes. Todos en primera fila. Todos allí, para rendir homenaje al espíritu de este hombre. Al espíritu de este hombre, no a su muerte sino al espíritu vivo de este hombre.

Su beatificación y creo que su canonización, custodiará solemnemente aquel espíritu, para ponerlo como meta a la que aspirar en nuestra vida cotidiana. Mi trabajo prosigue. Espero y sé que son muchas las personas, en la Iglesia y fuera de ella, que lo ven como un faro al que ir, que buscan caminar hacia la luz que él nos ha mostrado. Creo que su beatificación y canonización son la consecuencia natural de la vida que vivió. Ciertamente una vida de virtudes heroicas que puede ser un faro para la gente, tanto los católicos como los que no los son, de todo el mundo.

Por Kathleen Naab. Traducción por Carmen Álvarez