«El mal no tiene la última palabra»; asegura el Papa

Presenta una oración para comenzar el día con esperanza

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CIUDAD DEL VATICANO, 17 octubre 2001 (ZENIT.org).- Una voz de esperanza en estos momentos de temor que oscurecen el escenario internacional se elevó este miércoles desde la plaza de San Pedro del Vaticano: «el mal no tiene la última palabra».



Juan Pablo II pronunció su profesión de esperanza inquebrantable en el amor de Dios al encontrarse con miles de peregrinos procedentes de los cinco continentes en la tradicional audiencia general.

«Para quien está bajo la sombra de la protección divina siempre queda una certeza --constató--: no es el mal quien tiene la última palabra, sino el bien; Dios triunfa sobre las potencias hostiles, incluso cuando parecen grandiosas e invencibles».

Las palabras del pontífice constituían un comentario al Salmo 47 y continuaron la serie de meditaciones que está ofreciendo durante este año sobre los cánticos del Antiguo Testamento, que se han convertido en la oración de la Iglesia universal.

La composición bíblica, de elevado espíritu poético, presentaba a la antigua Jerusalén, Sión, «la ciudad de nuestro Dios» para el pueblo judío, rodeada de imponentes ejércitos enemigos.

El salmista, sin embargo, describe cómo se disuelve el orgullo de la temerosa hueste: «La arrogancia se transforma en fragilidad y debilidad, la potencia en caída y fracaso», constató el Papa.

Al experimentar este amor del «Dios liberador», el creyente eleva espontáneamente un canto de alabanza, pues ahora sabe que su Señor «no le abandona».

«Esta visión pacífica de Jerusalén, que refleja la salvación divina --aconsejó el sucesor de Pedro--, hacen del Salmo 47 una oración para comenzar el día y hacer de él un canto de alabanza, aunque haya nubes que oscurezcan el horizonte».