El moralismo es una deformación peligrosa de la religión

Según monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza

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MENDOZA (ARGENTINA), viernes, 3 marzo 2006 (ZENIT.org-Aica).- El arzobispo de Mendoza, monseñor José María Arancibia, ha aclarado que «una de las deformaciones más peligrosas de la religión es el moralismo», porque reduce la fe a «portarse bien» y a «cumplir» determinadas normas. «Todo resulta muy correcto y formal», explicó.



«Suele tener además un aliado implacable: el sentimiento de culpa. Uno debe portarse bien, y tiene que hacerlo, para no sentirse mal. Agreguemos también que existen moralismos culpabilizantes de varios colores: de derecha y de izquierda, horizontales y verticales», precisó.

El prelado argentino insistió en que «el moralismo deforma la religión porque seca su verdadera fuente: la experiencia de estar cara a cara con el Dios vivo. Sustituye el creer por el hacer, al decir de Benedicto XVI».

Tras recordar que el Papa subraya que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona (Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios viviente), que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva», consideró que la Cuaresma puede ser «una invitación a ir más allá del mero cumplimiento formal de normas y preceptos. En otras palabras: la posibilidad de volver a la fuente misma de la fe».

El arzobispo indicó que «la conversión es precisamente uno de los valores centrales del tiempo cuaresmal», y puntualizó que ésta significa «cambio de mentalidad, transformación interior. No se trata de un mero cambio de conductas. Es algo mucho más hondo y decisivo».

«La Cuaresma es una oportunidad para purificar nuestra mirada sobre la realidad humana», agregó, porque, según advirtió «el interés, el egoísmo o la búsqueda desenfocada de poder, de bienestar o de sí mismo, pueden oscurecer la percepción correcta de la verdad, especialmente la orientación fundamental de la vida».

Monseñor Arancibia sostuvo que «todas las formas de incapacidad para reconocer la dignidad y el valor absoluto de cada persona, tienen en la raíz una fuerte dosis de ceguera espiritual», y opinó que «en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad».

«A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano -el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús- es un ‘corazón que ve’. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia».