El mundo, tras los atentados, exige del Sínodo razones para la esperanza

El tema más repetido en la asamblea durante la primera semana

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CIUDAD DEL VATICANO, 5 octubre 2001 (ZENIT.org).- Tras los atentados del pasado 11 de septiembre, el mundo espera del Sínodo de los obispos reunido en Roma nuevas razones para la esperanza.



Esta es la constatación más repetida durante las más de cien intervenciones que han tenido lugar en el aula sinodal, cuando la asamblea está a punto de cumplir su primera semana de sesiones.

De hecho, el tema de este encuentro, que reúne en el Vaticano desde el 30 de septiembre hasta el 27 de octubre a casi 300 participantes, tiene por lema «El Obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo».

Monseñor Leonardo Z. Legaspi, arzobispo de Cáceres (Filipinas) constató que los ataques contra las Torres Gemelas y contra el Pentágono, «no sólo convirtieron en ruinas los edificios y las vidas inocentes, sino también las esperanzas y los sueños de los hombres y mujeres de hoy por un mundo pacífico y ordenado».

«Después del 11 de septiembre de 2001 el mundo se enfrenta a un futuro amenazador, con su riesgo de caos e inseguridades aún mayores --constató el arzobispo--. Las fórmulas políticas, económicas y tecnológicas para un futuro mejor han llegado a un punto muerto, dejando detrás de sí un agujero negro de desesperación».

«En este paisaje de desesperación», constató el prelado, el Sínodo tiene que presentar la esperanza de la salvación de Cristo, de la que el obispo es su servidor.

«¿Querrá el mundo escuchar y creer que esto es verdad?», se preguntó. «El mundo espera nuestro mensaje, nuestro testimonio, nuestro manifestar que realmente nosotros poseemos de manera creíble y auténtica la fórmula de la esperanza».

Grito de los pobres
Monseñor Legaspi, al igual que varios obispos, consideró que varios sectores de la humanidad claman particularmente por esta esperanza: los pobres, los jóvenes, y las mujeres.

Monseñor Joseph Serge Miot, obispo coadjutor de Puerto Príncipe, dio voz, por ejemplo, al drama de Haití, uno de los países más pobres del planeta, sumido en la violencia descontrolada.

En esta situación, reconoció, los obispos tenemos que «escoger la santidad, predicar el evangelio de la esperanza en un mundo de contradicción».

«Estamos llamados --agregó-- a hacer un discernimiento especial en el contexto de la vida socio-política actual. Pero siempre en la intimidad con Cristo que nos llama a ser sus amigos». De este modo, el obispo puede «ser luz en el camino».

Hasta el martirio
El cardenal beninés Bernardin Gantin, prefecto emérito de la Congregación para los Obispos, presentó esta reivindicación de los pueblos africanos y constató que la respuesta de los obispos puede incluir el martirio.

En concreto, reconoció que para los africanos hoy día la muerte de varios de sus pastores se ha convertido en signo de renacimiento espiritual. Citó el asesinato del obispo Yves Plumey en Camerún, del obispo Pierre Claverie y de siete monjes trapenses en Argelia, de los arzobispos congoleños Christophe Munzihirwa y Emmanuel Kataliko. Este último murió en Roma hace unos meses extenuado por los sufrimientos que le infligió la persecución y la guerra civil.

Hombre de fe
Por su parte, monseñor Pierre Morissette, obispo de de Baie-Comeau (Canadá), explicó que una consulta presinodal realizada entre los fieles de su país reveló que para que el obispo sea hoy testigo de esperanza debe ser, ante todo, un hombre de fe, «fe en la presencia de Dios en nuestro mundo».