El padre Cantalamessa comenta la cuestión del Limbo y los no bautizados

En una reflexión enviada a Zenit

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ROMA, jueves, 26 enero 2006 (ZENIT.org).- Un comentario del padre Raniero Cantalamessa OFMCap – predicador de la Casa Pontificia – (Cf. Zenit, 6 enero 2006) ha suscitado entre algunos lectores interrogantes sobre la situación de los niños que mueren sin bautizar.



Es un tema cuyo estudio encomendó Juan Pablo II a la Comisión Teológica Internacional, (Cf. Zenit, 7 octubre 2004) y sobre el cual se espera un documento (Cf. Zenit, 2 diciembre 2005).

En respuesta a las cuestiones suscitadas, el padre Cantalamessa ofrece a los lectores de Zenit un comentario sobre la doctrina del Limbo.

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Algunos lectores han manifestado su perplejidad por mi afirmación acerca de que los niños sin bautizar no van al Limbo, sino al Cielo; lo expresé en mi reciente comentario al Evangelio en la fiesta del Bautismo del Señor, publicado en Zenit. Ello me da la oportunidad de aclarar las razones de mi afirmación.

Jesús instituyó los sacramentos como medios ordinarios de salvación. Son normalmente necesarios y las personas que pueden recibirlos y lo rechazan son responsables ante Dios. Pero Dios no se ató a sí mismo a estos medios. También Jesús dijo de la Eucaristía: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53), pero esto no significa que alguien que nunca haya recibido la Eucaristía no esté salvado.

El Bautismo de deseo y la fiesta de los Santos Inocentes son confirmaciones de ello. Hay quien puede oponer que Jesús está involucrado en la muerte de los Inocentes, quienes perdieron la vida a causa de Él, lo cual no es siempre el caso de los bebés sin bautizar. Cierto, pero también de lo que se ha hecho al más pequeño de sus hermanos Jesús dice: «A mi me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

La doctrina del Limbo nunca ha sido definida como dogma por la Iglesia; fue una hipótesis teológica en su mayor parte dependiente de la doctrina de San Agustín sobre el pecado original, y fue abandonada en la práctica hace mucho tiempo, y la teología también se aparta actualmente de ella.

Deberíamos tomarnos seriamente la verdad de la voluntad universal de Dios por la salvación («Dios quiere que todos se salven» [1 Tm 2, 4]), así como la verdad de que «Jesús murió por todos». El siguiente texto del Catecismo de la Iglesia Católica parece abrazar exactamente la misma postura:

«En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1 Tm 2, 4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: \"Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis\" (Mc 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo» (CIC, 1261).

No creo que afirmar que los bebés sin bautizar estén salvados aliente el aborto. A las personas que desatienden la doctrina de la Iglesia sobre el aborto apenas les preocupan otras doctrinas de la misma Iglesia. Incluso si hubiera razones para tal temor, el abuso de una doctrina nunca debería impedirnos abrazarla.

Debo confesar que la mera idea de un Dios que prive eternamente a una criatura inocente de Su visión sencillamente porque otra persona ha pecado, o debido a un aborto fortuito, me hace estremecer... y estoy seguro de que haría a cualquier no creyente feliz de mantenerse apartado de la fe cristiana. Si el infierno consiste esencialmente en la privación de Dios, ¡el Limbo es infierno!

Fr. Raniero Cantalamessa

[Traducción del original inglés realizada por Zenit]