El Papa alienta a Canadá a seguir luchando contra las minas antipersonales

Piensa ya en la próxima Jornada Mundial de los Jóvenes en Toronto

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CIUDAD DEL VATICANO, 13 oct (ZENIT.org).- Juan Pablo II aplaudió ayer los esfuerzos que ha realizado Canadá en la lucha contra las minas antipersonales e hizo un llamamiento a la solidaridad como respuesta a la mundialización, en línea con la actitud que demostró ese país de América del Norte en la última reunión de Praga a favor de la reducción de la deuda externa de los países pobres.



Las palabras de aliento del Papa al pueblo canadiense se encuentran en el discurso que el pontífice entregó al nuevo embajador de este país ante el Vaticano, Wilfrid-Guy Licari, nacido en 1947 en Túnez, diplomático de carrera y especialista en el África francófona y en el Magreb.

Armas de muerte
El gobierno canadiense ha sido el país líder del proceso que busca la prohibición de la producción, almacenamiento, venta y utilización de minas antipersonales. Un proceso que ha culminado significativamente con la Convención internacional de Ottawa, firmada por 107 países (entre los que no se encuentran ni EE. UU., ni Rusia, ni China) (Cf. «La Santa Sede adhiere al llamamiento para eliminar las minas antipersonales»).

Dirigiéndose a Licari, el Papa manifestó su aprecio por «el compromiso de su país a favor de la paz y de la lucha contra las minas antipersonales; estas últimas hacen todavía demasiadas víctimas a través del mundo, especialmente entre los niños que quedarán marcados para siempre en su carne por las decisiones irresponsables de países en guerra». Cada 20 minutos una persona muere o queda mutilada por la explosión de una mina.

«En este año jubilar --dijo el obispo de Roma--, en el que Cristo nos invita a ser más responsables los unos de los otros, renuevo una vez más mi llamamiento a la comunidad internacional para que se haga todo lo posible para suprimir cuanto antes los campos en los que se han instalado esas armas horribles y para detener su fabricación. Los hombres son la riqueza primordial del planeta y atentar contra uno de ellos implica correr riesgos para toda la humanidad».

Jornadas de la Juventud en Toronto, 2002
Ahora bien, en su discurso, Juan Pablo II dedicó amplio espacio a preparar la próxima Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Toronto el mes de julio de 2000 (Cf. «Nos vemos en Toronto»). Un tema que se encuentra en el orden de la asamblea de obispos canadienses que precisamente comenzó ayer.

Consideró que estas Jornadas son ocasiones únicas para estimular a los jóvenes a formarse en los valores. En este sentido, reconoció ante el embajador canadiense que «es necesario que el conjunto de la comunidad educativa de un país se movilice para transmitir a las futuras generaciones, con la enseñanza y el testimonio de vida, no sólo el saber, sino también un saber hacer y los valores que permiten reconocer el sentido profundo de toda existencia, así como los elementos necesarios para el discernimiento, las decisiones y el actuar humano concreto».

El Papa invitó, de este modo, a prestar atención no sólo a la «formación intelectual y profesional» de los jóvenes sino también «a su educación humana, moral y espiritual». Una educación que implica el respeto de la vida. «Hay que enseñarles el valor de la vida, de toda vida, desde la concepción hasta su ocaso natural --indico--, pues la vida es un don de Dios del que nosotros no somos los dueños».

Por último, cabe señalar que Juan Pablo II recordó el carácter multiétnico de Canadá, en el que viven las comunidades francófona y anglófona, las poblaciones Inuit y los amerindios, así como numerosos inmigrantes procedentes del África, América Latina, Asia, y Europa. Este es uno de los secretos de la «rica» realidad «cultural y humana» canadiense. Por eso, consideró que «es necesario que todas estas culturas, entre las que se encuentran algunas de las más antiguas del continentes, sean plenamente reconocidas y puedan tomar parte activa en la vida social, en el respeto de su carácter específico y con la solicitud natural por la equidad y la solidaridad fraternal» (Cf. «Los obispos piden a Canadá ratificar la convención sobre los migrantes»).

Juan Pablo II hizo una mención especial al antiguo primer ministro canadiense, Pierre
Trudeau, fallecido a inicios de septiembre.