El Papa: «Cristo sólo tiene nuestras manos para cambiar el mundo»

Discurso a los participantes en el Jubileo de los Cursillos de Cristiandad

| 1719 hits

CIUDAD DEL VATICANO, 10 agosto (ZENIT.org).- Cerca de cuarenta mil miembros del movimiento Cursillos de Cristiandad, procedentes de todo el mundo, se dieron cita en Roma para participar en su tercera «Ultreya» (reunión) mundial, la Ultreya del gran jubileo, que tuvo por tema: «Evangelizar los ambientes en el tercer milenio cristiano: un "desafío" para los Cursillos de Cristiandad». Las dos anteriores se realizaron en Roma (1966) y Ciudad de México (1970).



El movimiento nació, por iniciativa de monseñor Juan Hervás, en Palma de Mallorca, España, a fines de la década de 1940. Quiere contribuir a cambiar en sentido cristiano los ambientes donde las personas viven y actúan, mediante la inserción de «hombres nuevos», que han llegado a serlo gracias a su encuentro con Cristo.

Al inicio del encuentro dirigió palabras de saludo a Su Santidad la presidenta mundial de los Cursillos, Frances Ruppert. Luego el Papa pronunció en italiano, francés, inglés, castellano, portugués y polaco, el siguiente discurso que ofrecemos según ha sido publicado por la edición castellana de «L´Osservatore Romano».

* * *

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra dirigiros mi afectuoso saludo a todos vosotros, que habéis venido aquí desde los cinco continentes para la tercera Ultreya mundial de los Cursillos de Cristiandad, la Ultreya del gran jubileo. Gracias por vuestra visita y sed todos bienvenidos.

Saludo a los cursillistas de lengua española, venidos desde América y desde España, recordando que fue en Palma de Mallorca donde nació esta experiencia apostólica iniciada por monseñor Juan Hervás, celoso pastor de aquella comunidad eclesial.

Os doy la bienvenida a cada uno, y os aliento a hacer de esta Ultreya del gran jubileo un tiempo de renovado compromiso de santidad de vida y de apostolado.
Dirijo un cordial saludo de bienvenida a todos los participantes de lengua francesa.

Saludo, en particular, a todos los que han venido de países de lengua alemana. Quiera Dios que esta celebración fortalezca vuestra fe.

Saludo a la presidenta del organismo mundial de los Cursillos de Cristiandad y le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido en vuestro nombre, presentando el compromiso apostólico de vuestro movimiento y el bien que el Señor realiza a través de vosotros. Saludo a los fundadores y a los animadores espirituales, así como a los diversos responsables del movimiento. Vuestra presencia, tan variada y alegre, testimonia que la pequeña semilla sembrada en España hace más de cincuenta años se ha convertido en un gran árbol lleno de frutos del Espíritu. Más aún, sigue constituyendo una feliz respuesta a la pregunta formulada por mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, en la primera Ultreya mundial de Roma: «El Evangelio ¿puede aún conquistar al hombre maduro, (...) tanto en la civilización urbana como en la agrícola?» (AAS 58, 1966, 503).
Por tanto, me uno con alegría a vuestra acción de gracias al Señor por cuanto ha realizado y sigue realizando en la Iglesia mediante los Cursillos de Cristiandad.

El tema de esta Ultreya mundial --«Evangelizar los ambientes en el tercer milenio cristiano: un "desafío" para los Cursillos de Cristiandad»-- atestigua el esfuerzo de volver a proponer con medios y entusiasmo renovados la experiencia de Cristo a los hombres y a las mujeres del siglo XXI. Esto es más urgente aún dado que "enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operante, están ahora sometidos a dura prueba por la continua difusión del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo» («Christifideles laici», 34).

Levadura profética
2. Ante esa situación, que desafía a los creyentes a «rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana» ( ib.), el método del cursillo quiere contribuir a cambiar en sentido cristiano los ambientes donde las personas viven y actúan, mediante la inserción de «hombres nuevos», que han llegado a serlo gracias a su encuentro con Cristo. A este objetivo tienden los tres días del «cursillo» de cristiandad, durante los cuales un equipo de sacerdotes y laicos, sostenidos por la oración y el ofrecimiento de sacrificios por parte de los demás miembros del movimiento, comunica las verdades fundamentales de la fe cristiana, especialmente de modo «vivencial». El anuncio de Cristo, propuesto de este modo, abre casi siempre a los participantes en el cursillo al don de la conversión y a una conciencia más viva del bautismo recibido y de la propia misión en la Iglesia. Se sienten llamados a ser «levadura» profética, que se mezcla con la harina para fermentar todo (cf. Mt 13, 33), «sal de la tierra» y «luz del mundo» (Mt 5, 13-14) para anunciar a cuantos encuentran que únicamente en Jesucristo está la salvación (cf. Hch 4, 12) y que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» («Gaudium et spes», 22).

La diaconía de la verdad
3. Queridos hermanos y hermanas, sed testigos intrépidos del «servicio a la verdad» y trabajad sin descanso con la «fuerza de la comunión». Apoyándoos en vuestras ricas experiencias espirituales, que son un tesoro, aceptad el «desafío» que nuestro tiempo plantea a la nueva evangelización, y dadle sin miedo vuestra respuesta.

Frente a una cultura que, con mucha frecuencia, niega la existencia misma de una verdad objetiva de valor universal y que a menudo se pierde en las «arenas movedizas» del nihilismo (cf.
«Fides et ratio», 5), los fieles deben saber indicar claramente que Cristo es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6).

A vosotros, que le habéis abierto generosamente vuestro corazón, Jesús os pide que anunciéis incansablemente su nombre a quienes aún no lo conocen. Os llama a su servicio, al servicio de su verdad, la verdad que nos hace libres.

Cuanto más transparente sea esta «diaconía de la verdad» en vuestra vida diaria, tanto más convincente será. Como os recuerda una oración que se reza mucho en el movimiento de los Cursillos, «Cristo no tiene manos; sólo tiene nuestras manos para cambiar el mundo actual. Cristo no tiene pies; sólo tiene nuestros pies para llevar al mundo hacia él. Cristo no tiene labios; sólo tiene nuestros labios para hablar a los hombres».

Fidelidad al Magisterio y comunión eclesial
4. Este es vuestro apostolado. Llevadlo a cabo en constante sintonía eclesial, para que así se manifieste la «fuerza de la comunión» que es a la vez el estilo y el contenido mismo de la misión del pueblo de Dios. Frente a las diversas formas de individualismo, que fragmenta y dispersa la capacidad y los recursos evangelizadores, aunad vuestros esfuerzos misioneros a los de las múltiples agrupaciones eclesiales suscitadas por el Espíritu en la Iglesia de nuestro tiempo. Esforzaos para que resalte de nuevo la belleza de las primeras comunidades cristianas, que hacían decir con admiración a los paganos: «¡Mirad cómo se aman!». Y sed siempre dóciles a las indicaciones del Magisterio. En efecto, ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los pastores de la Iglesia, cuyo discernimiento es garantía de fidelidad al carisma mismo. Que la actual celebración jubilar suscite en todos vosotros una renovada fidelidad a vuestra inspiración original y una más firme comunión eclesial.

La verdadera felicidad en el seguimiento del Señor
5. «De colores, de colores se visten los campos en la primavera. De colores, de colores son los pajaritos que vienen de fuera. De colores, de colores es el arco iris que vemos lucir...».

Durante los días del cursillo, las palabras de esta canción popular española ayudan a los participantes a reflexionar sobre la belleza multiforme de la creación. Encontrándoos con Cristo, habéis aprendido a mirar con ojos nuevos a las personas y a la naturaleza, a los acontecimientos cotidianos y a la vida en general. Habéis experimentado que la verdadera felicidad se logra en el seguimiento del Señor. Esta experiencia personal y comunitaria debe ser transmitida a los otros. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo, que por desgracia se alejan de Dios, esperan de vosotros la luz de la fe que les ayude a redescubrir los colores de la existencia y de la alegría de sentirse amados de Dios.

«¡Ánimo! ¡Ultreya! ¡Adelante!», os repite hoy el Sucesor de Pedro. Contemplad a María, ejemplo de fidelidad indefectible a Dios, y, como ella, en todas las circunstancias poned vuestra confianza en Dios, Padre de misericordia, que mantiene vuestros pasos por el camino de la verdad y del amor.

Mi saludo se extiende, con la misma cordialidad, a todos los demás peregrinos que se han dado cita aquí. En particular, a los de la diócesis de Leiría-Fátima, encabezados por su obispo, el querido monseñor Serafim.

Queridos hermanos y hermanas, han pasado dos meses desde que tuve la alegría de encontrarme entre vosotros, gozando de vuestra cordial hospitalidad y testimoniando vuestra radiante alegría por la confirmación de la santidad de dos paisanos vuestros: los beatos Francisco y Jacinta Marto. Hoy vosotros, representación elegida de esa Iglesia particular, me devolvéis la visita. Habéis venido a la tumba del Príncipe de los Apóstoles, con espíritu de oración y penitencia, para implorar perdón e indulgencia y renovar vuestra entrega a la obra de divinización de la humanidad que comenzó hace dos mil años con el nacimiento de Dios encarnado.

Saludo de corazón a toda la diócesis de Leiría-Fátima, deseando que este gran jubileo de la Encarnación sea para todos vosotros el «año de gracia del Señor» que se hizo realidad con Jesús y en Jesús (cf. Lc 4, 19-21), a fin de que esperéis confiadamente en la fuerza de su mensaje y de su obra de salvación, améis a todos con amor de donación y también de reparación por la ingratitud de tantas personas con respecto a Dios, y testimoniéis la fe con valentía y coherencia en la sociedad actual.

Que la Virgen santísima, presente místicamente en vuestros santuarios marianos, entre los que sobresale, por elección de ella, el de Fátima, os acompañe maternalmente en vuestro camino de penitencia y conversión, y os sostenga en la realización de vuestros propósitos para bien de vuestra diócesis y para la salvación del mundo.

Os saludo cordialmente a vosotros, peregrinos de Polonia, que habéis venido a este encuentro. Os agradezco vuestro compromiso por la nueva evangelización y la construcción de la civilización del amor y la solidaridad en el mundo. La Iglesia os necesita. Necesita vuestra actitud cristiana y vuestra santidad, para que se realice en el mundo la gran obra de la salvación.

Con afecto, os aseguro un constante recuerdo en la oración y os imparto a todos la bendición apostólica, propiciadora de abundantes gracias divinas.