El Papa denuncia la «idolatría del mercado» de la «civilización del consumo»

El carácter moral del desarrollo, requisito de la «civilización del amor»

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CIUDAD DEL VATICANO, 29 abril 2003 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha constatado que el gran peligro que plantea hoy la «civilización del consumo» es la así llamada «idolatría del mercado».



Ante este panorama, el pontífice aboga por una «civilización del amor», que tiene como requisitos «el reconocimiento de la naturaleza espiritual de la persona humana» y «el aprecio del carácter moral del desarrollo».

La oportunidad para ofrecer una visión de la doctrina social de la Iglesia en el contexto actual se la ofreció el encuentro que mantuvo este lunes con el nuevo embajador de la República Checa ante la Santa Sede, Pavel Jajtner, de 55 años, ex vicepresidente de la Asamblea Nacional de la antigua Checoslovaquia.

El pontífice se refirió en primer lugar a la «libertad política» que tras los años del yugo comunista disfruta el pueblo checo, independiente de Eslovaquia desde 1993, y afirmó: «La historia nos enseña que el viaje de la opresión a la libertad es arduo, a menudo caracterizado por la fascinación de falsas formas de libertad y vacías promesas de esperanza».

«Aunque el desarrollo económico y las consiguientes transformaciones sociales han beneficiado a muchas personas en vuestro país, hay que proteger a los miembros más débiles de la sociedad, en particular a los pobres, los marginados, los enfermos y los ancianos», afirmó.

«El desarrollo auténtico no puede alcanzarse solamente por medios económicos --insistió el obispo de Roma--. Lo que se ha dado en llamar "idolatría del mercado", una consecuencia de la denominada "civilización del consumo", tiende a cosificar a las personas y a subordinar el ser al tener».

«Así se disminuye gravemente la dignidad de las personas y no se promueve adecuadamente la solidaridad humana», denunció.

«En cambio --afirmó--, el reconocimiento de la naturaleza espiritual de la persona humana y el renovado aprecio del carácter moral del desarrollo social y económico deben ser los requisitos fundamentales de la transformación de la sociedad en una verdadera civilización del amor».

Por último, el pontífice se refirió a la coyuntura actual que atraviesa Europa y que le ofrece la posibilidad de reflexionar «sobre el papel definitivo y fundamental de la cristiandad en sus culturas particulares».

En este sentido, subrayó la importancia de la enseñanza cristiana que «afirma con vigor y defiende el origen de la dignidad de la persona humana y su lugar en el plan de Dios».

«En este contexto, no podemos dejar de notar que un eclipse del sentido de Dios se ha transformado en un eclipse del sentido del ser humano y de la sublime maravilla de la vida a la que está llamado», explicó.

«Las trágicas lacras de la guerra y la dictadura siguen desfigurando con violencia el plan amoroso de Dios para la humanidad, al igual que de forma más sutil el materialismo creciente, el utilitarismo y la marginación de la fe socavan gradualmente la verdadera naturaleza de la vida como don de Dios».

«En un momento en el que las naciones de Europa se preparan a una nueva configuración --concluyó--, el deseo de responder a los retos de un orden mundial que cambia debe tener en cuenta la perenne proclamación de la Iglesia de la verdad que libera a los pueblos y que lleva a las instituciones culturales y civiles al progreso verdadero».