El Papa enseña que la oración pone al hombre ante el Dios verdadero

Reflexiona sobre el profeta Elías y el episodio del Monte Carmelo

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 15 de junio de 2011 (ZENIT.org).- La idolatría es un engaño en el que el hombre no puede salir del círculo de sí mismo para encontrarse con Dios, es decir, para rezar realmente. Lo explicó hoy el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General.

Siguiendo con su ciclo de catequesis sobre la oración, el Papa quiso presentar hoy el episodio bíblico del profeta Elías y su enfrentamiento con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal en el Monte Carmelo, para demostrar quien era el Dios verdadero.

“Donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud de idolatrías”, afirmó el Papa, “como han mostrado, en nuestro tiempo, los regímenes totalitarios, y como muestran también diversas formas de nihilismo, que hacen al hombre dependiente de ídolos, de idolatrías; le esclavizan”.

Sin embargo, añadió, “la verdadera adoración de Dios, entonces, es darse a sí mismo a Dios y a los hombres, la verdadera adoración es el amor. Y la verdadera adoración de Dios no destruye, sino que renueva, transforma”.

El ídolo es una “realidad engañosa”, explicó el Pontífice, pues “está pensado por el hombre como algo de lo que se puede disponer, que se puede gestionar con las propias fuerzas, al que se puede acceder a partir de sí mismos y de la propia fuerza vital”.

“La adoración del ídolo, en lugar de abrir el corazón humano a la Alteridad, a una relación liberadora que permita salir del espacio estrecho del propio egoísmo para acceder a dimensiones de amor y de don mutuo, encierra a la persona en el círculo exclusivo y desesperante de la búsqueda de sí misma”.

Este engaño, añadió, “es tal que, adorando al ídolo, el hombre se ve obligado a acciones extremas, en el tentativo ilusorio de someterlo a su propia voluntad”.

Elías y el fuego de Dios

En este conocido pasaje del primer libro de los Reyes, el profeta reta a los adoradores de Baal ante el pueblo de Israel a ofrecer un sacrificio a su dios, para que éste enviase fuego del cielo y lo consumiese, demostrando así su existencia.

Este episodio tiene lugar tras la división de Israel en dos, una vez el pueblo, después del reinado de Salomón, se apartara de la fe.

Concretamente, sucedió en el reino del Norte, en el siglo IX antes de Cristo, en tiempos del rey Ajab, “en un momento en el que Israel se había creado una situación de abierto sincretismo”, en el que el pueblo de Israel adoraba al mismo tiempo a Dios y a Baal, explicó el Papa.

“Aún pretendiendo seguir al Señor, Dios invisible y misterioso, el pueblo buscaba seguridad también en un dios comprensible y previsible, del que creía poder obtener fecundidad y prosperidad a cambio de sacrificios”.

Para desenmascarar esta doblez, el profeta Elías reúne al pueblo en el monte Carmelo, junto a la actual Haifa, y le pone ante la necesidad de hacer una elección: “Si el Señor es Dios, seguidle; si es Baal, seguidle a él”.

El reto de Elías a los profetas de Baal pone de manifiesto “dos formas completamente distintas de dirigirse a Dios y de rezar”, explicó el Papa.

“Los profetas de Baal, de hecho, gritan, se agitan, bailan, saltan, entran en un estado de exaltación llegando a hacerse incisiones en el cuerpo”, hasta “chorrear sangre”.

“Los profetas de Baal llegan hasta hacerse daño, a infligirse heridas en el cuerpo, en un gesto dramáticamente irónico: para obtener una respuesta, un signo de vida de su dios, se cubren de sangre, recubriéndose simbólicamente de muerte”, pero no sucede nada.

La actitud de Elías, explicó Benedicto XVI, es “muy distinta”: pide al pueblo que “se una a él, convirtiéndose en partícipe y protagonista de su oración”, y erige un altar, en el que coloca doce piedras por cada una de las tribus.

Elías “se dirige al Señor llamándole Dios de los Padres, haciendo así memoria implícita de las promesas divinas y de la historia de elección y de alianza que unió indisolublemente al Señor y a su pueblo”.

Así, pone al pueblo “ante su propia verdad” de elegido por Dios, y “pide que también la verdad del Señor se manifieste y que Él intervenga para convertir a Israel, apartándolo del engaño de la idolatría y llevándolo así a la salvación”.

Y esto es lo que sucedió: “cayó el fuego del Señor: Abrasó el holocausto, la leña, las piedras y la tierra, y secó el agua de la zanja. Al ver esto, todo el pueblo cayó con el rostro en tierra y dijo: '¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!'”.

Por ello, concluyó el Papa, “el objetivo primario de la oración es la conversión: el fuego de Dios que transforma nuestro corazón y nos hace capaces de ver a Dios, y así, de vivir según Dios y de vivir para el otro”.

“Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente así no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro corazón. Y así realmente vivos por la gracia del fuego del Espíritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en espíritu y en verdad”.