El Papa explica en qué consiste la “vía de la belleza” hacia Dios

El arte es “una puerta abierta hacia el infinito”, según Benedicto XVI

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CASTEL GANDOLFO, miércoles 31 de agosto de 2011 (ZENIT.org).- El arte, en sus diversas expresiones, es un “camino privilegiado” para encontrar a Dios, pues va más allá de la razón, trasciende lo sensible y habla de lo infinito.

Así lo afirmó hoy el Papa Benedicto XVI en la tradicional catequesis de la Audiencia General, con la que volvió a retomar el ciclo sobre la oración que se había interrumpido antes de las vacaciones de verano.

No es la primera vez que el Papa habla de la “via de la belleza” como medio de acercarse a Dios. Lo hizo durante su encuentro con los artistas del 21 de noviembre de 2009 (www.zenit.org/article-33370?l=spanish), y en otras muchas ocasiones desde entonces, como durante la consagración de la basílica de la Sagrada Familia de Gaudí (www.zenit.org/article-37224?l=spanish).

En su intervención de hoy, quiso hablar del arte en relación con la oración, un “camino hacia Dios que, según el Papa, “el hombre debería recuperar en su significado más profundo”

“Quizás os ha sucedido que ante una escultura, un cuadro, o algunos versos de poesía o una pieza musical, sentís una íntima emoción, una sensación de alegría, percibís claramente que frente a vosotros no hay solamente materia, un trozo de mármol o de bronce, un lienzo pintado, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande”, dijo a los presentes.

Este “algo” “nos 'habla'”, afirmó, es “capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el ánimo”.

Una obra de arte, explicó el Papa, “es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se interroga ante la realidad visible, que intenta descubrir el sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos”.

“El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito. Incluso es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano”.

Por eso, añadió, “una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto”.

El arte de la fe

En este sentido, el Papa explicó que hay cierto tipo de arte, el arte sacro, que puede ser un “verdadero camino hacia Dios, la Belleza suprema”, e incluso “una ayuda para crecer en la relación con Él, en la oración”.

“Se trata de las obras que nacen de la fe y que la expresan”, afirmó, poniendo como ejemplo el arte de las catedrales góticas o románicas, o ciertas piezas de música sacra, que hacen “vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro ánimo se dilata y se siente impelido a dirigirse a Dios”.

El propio Benedicto XVI recordó una vez que asistió a un concierto de música de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein.

“Al final de la última pieza, una de las Cantatas, sentí, no razonando, sino en lo profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor que me empujaba a dar gracias a Dios”.

“Cuántas veces cuadros o frescos, frutos de la fe del artista, con sus formas, con sus colores, con sus luces, nos empujan a dirigir el pensamiento hacia Dios y hacen crecer en nosotros el deseo de acudir a la fuente de toda belleza”.

Quiso recordar también el caso del poeta francés Paul Claudel, quien se convirtió al escuchar el canto del Magnificat durante la Misa de Navidad en la basílica de Notre Dame, París, en 1886. “No había entrado en la iglesia por motivos de fe, sino para encontrar argumentos contra los cristianos. Sin embargo la gracia de Dios actuó en su corazón”.

Por ello, instó a los fieles a “redescubrir la importancia de este camino también para la oración, para nuestra relación viva con Dios”.

En este sentido, invitó a los fieles a que la visita a lugares de arte “no sea sólo ocasión de enriquecimiento cultural, sino que se pueda convertir en un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestro vínculo y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar -en la transición de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que expresa- el rayo de belleza que nos golpea, que casi nos 'hiere' y que nos invita a elevarnos hacia Dios”.