El Papa festeja la canonización de Escrivá junto a 200 mil peregrinos

Antes había celebrado la misa de acción de gracias el Prelado del Opus Dei

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CIUDAD DEL VATICANO, 7 octubre 2002 (ZENIT.org).- Los peregrinos volvieron a llenar este lunes la plaza de San Pedro del Vaticano para celebrar con una eucaristía de acción de gracias y un encuentro festivo con Juan Pablo II la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.



El encuentro, en el que participaron unas 200 mil personas de unos 80 países, dio la oportunidad al Papa para recoger la herencia que ha dejado a los miembros del Opus Dei y a la Iglesia universal el nuevo santo.

La fiesta culminó cuando el obispo de Roma dio la bienvenida oficial a Su Beatitud Teoctist, patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana, quien estará de visita a Roma hasta el 13 de octubre para agradecer la visita que el Papa hizo a su país en mayo de 1999.

Tras la celebración de la eucaristía, presidida por el obispo Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, el Santo Padre llegó a la plaza abordo de un coche descubierto, entre las ovaciones de los presentes, para trazar en cuatro idiomas el perfil del nuevo santo.

El océano de gente que se extendía ante sus ojos, era, según explicó el mismo sucesor de Pedro al comenzar su discurso, «un signo del celo apostólico que ardía en el alma de san Josemaría».

«En el fundador del Opus Dei destaca el amor por la voluntad de Dios --dijo el Papa--. Existe un criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta sus últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, a cada uno le confía una misión sobre la tierra. El santo no logra ni siquiera concebirse a sí mismo fuera del designio de Dios: vive sólo para realizarlo».

«San Josemaría --aseguró el pontífice-- fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario».

«De hecho, estaba convencido de que para quien vive desde una visión de fe todo ofrece una oportunidad de encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. Desde este punto de vista, la vida cotidiana revela una grandeza insospechada. La santidad se presenta verdaderamente al alcance de todos».

«Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad --siguió explicando el pontífice en castellano--. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la Sangre de Cristo».

«Esta actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres.
El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina», aseguró el Santo Padre.

«Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor», añadió.

«La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la Cruz --cuando se presenta-- no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo», concluyó.