El papa Francisco purifica a la Iglesia

Madrid, (Zenit.org) Emiliano Hernández | 2295 hits

Muchos han sido los gestos que ha realizado el Santo Padre Francisco durante estos primeros días de su papado para hacernos  una idea de cuáles pueden ser las líneas maestras de su pontificado; pero si nos fijamos fundamentalmente en los hechos, el que verdaderamente destaca es el de la bendición posterior a la «fumata blanca» realizada desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, en la cual quiso incluir la indulgencia plenaria para todos aquellos católicos que la siguieran a través de cualquier medio comunicación.

Teniendo presente que actualmente en el mundo se contabilizan un número aproximado de 1.200 millones de católicos, nos podemos hacer una idea de la magnitud del suceso. No obstante, no estará de más recordar el significado que para un católico tiene la indulgencia, no vaya ser que gran parte del equívoco de no haber valorado esta acción en su justa medida se deba a la ignorancia del verdadero significado de este tesoro que administra la Iglesia.

Por desgracia, hoy día se puede decir que este desconocimiento no es visto en muchos ámbitos como una laguna importante en nuestra formación religiosa; es más, en algunos casos, se intenta obviar  dicha carencia de manera consciente hasta en los mismos procesos catequéticos, reforzando de esta manera el halo oscurantista que las indulgencias gozan desde tiempos de Lutero.

La indulgencia es la remisión (parcial o total) del castigo temporal que aún se mantiene por los pecados después de que la culpa ha sido eliminada por absolución. El hombre debe ser progresivamente «sanado» con respecto a las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado. A primera vista, nos decía Juan Pablo II, “hablar de penas después del perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (cf. Hb 12, 4-11). En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura a la gracia”.

Del concepto propio de indulgencia y de la falta de su adecuada comprensión se desprende una desafección inmediata de muchos fieles por estas medidas de gracia que imparte la Iglesia. El castigo es visto en nuestros días como algo contrario a la misericordia, y eso a pesar de que la tradición teológica nos señala que el amor de Dios nunca debería dar al mismo por excluido.  

Esta interpretación mundanizada de lo que es la misericordia de Dios es la etiología de importantes patologías espirituales, empezando por la mayor y principal de ellas: mantenernos apartados del gozo y de la presencia de Dios más tiempo.

El lenguaje crea palabras, y en cada época de la historia algunas de ellas se cargan de un desprestigio especial de forma que nadie osa ponerlas en tela de juicio, son las denominadas “palabras malditas”. Palabras tales como castigo, censura, discriminación y un largo etc. que son capaces de desprestigiar a cualquier concepto al que se le avecinen. Es lo que ocurre, a fin de cuentas, con la asociación indulgencia-castigo. Acto seguido, es natural, que surjan las preguntas, ¿quién es la Iglesia para no otorgarme un perdón que ya Dios me ha concedido?, ¿quién es ella para liberarme de un castigo que para mí nunca ha existido?; entonces, en ese preciso momento, ya todo estará perdido, el Maligno habrá ganado definitivamente su batalla, que no es otra que mantenernos alejados del amor de Dios a través de la mentira, la falsedad y el engaño.

Para muchas otras personas, todos estos prejuicios no sólo servirán para alejarles de Dios, sino que serán un obstáculo para su salvación; vienen enseguida a la memoria las dificultades que experimentó Paul Claudel antes de su conversión debido a un mal entendimiento de lo que de verdad representa el sacramento de la penitencia o la ofuscación que el famoso actor Alex Guinnes encontró en las indulgencias como freno a su entrada definitiva en la Iglesia Católica.

La realidad es que para los fieles las indulgencias pueden representar un acercamiento ininteligible a las realidades sagradas. Quizás para muchos de ellos resultaría más gráfico recordar la clásica ejemplificación del alma como una pared blanca en el momento del bautismo. Conforme pasa el tiempo, esa pared, se desgasta. Es más, un buen día se decide colgar un cuadro y ese cuadro implica que utilices un martillo y su respectivo clavo. El cuadro, con el tiempo, se podrá quitar, cambiar de lugar, etc., pero el agujero, una vez extraído el clavo,  queda y “deforma” esa pared lisa y bella. También tu alma se deforma cuando cometes una falta que te aleja de la amistad con Dios, que es el pecado. Pero existe el sacramento de la confesión, te arrepientes, dices tus pecados al sacerdote y Dios a través de él te perdona. Tu pared ya no tiene clavo, pero si un agujero. O sea, el pecado que realizaste y que ya te fue perdonado no tiene culpa, sino pena. Entonces, se busca un poco de yeso y pintura para resanar tu alma. Esto es precisamente la indulgencia; y es a través de la comunión de los santos como se  purifica a toda esa iglesia purgante que espera en la antesala del cielo gozar definitivamente de Dios.

Esta purificación de la Iglesia fue la que solicitó San Francisco de Asís en Perusa al papa Honorio III, para que todo el que, contrito y confesado, entrara en la iglesita de la Porciúncula --donde el santo oyó la llamada de Jesús para que eligiera una vida de absoluta pobreza- ganara gratuitamente una indulgencia plenaria, como la ganaban quienes se enrolaban en las Cruzadas, y otros que sostenían con sus ofrendas las iniciativas de la Iglesia. Es la misma purificación que el Papa Francisco ha pedido para su Iglesia en su primera bendición como papa. Impartiendo la indulgencia plenaria para cientos de millones de católicos el Santo Padre ha encontrado yeso y pintura abundante para continuar sanando el alma de la Iglesia.

Las indulgencias nos ayudan a comprender que sólo con nuestras fuerzas no podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda la comunidad Iglesia. Éste es el gran don que nos ha otorgado el papa Francisco con su primera bendición. Éste ha sido el primer acto de purificación de la Iglesia en su recién estrenado pontificado: la concesión de la indulgencia plenaria, prueba del amor y misericordia de Dios, prueba también de Su inmensa justicia.