El Papa: La ciencia no pude negociar con la verdad

Audiencia a los miembros de la Academia Pontificia para la Vida

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CIUDAD DEL VATICANO, 13 nov (Zenit).- Juan Pablo II abogó esta mañana por un diálogo fecundo de la Iglesia con una ciencia que sepa conjugar adecuadamente verdad, libertad y responsabilidad al recibir a los participantes en la plenaria de la Academia Pontificia para las Ciencias.



Los académicos de esta institución que opera bajo la égida del Papa, celebraron del 10 al 13 de noviembre, su asamblea plenaria sobre el tema «La ciencia y el futuro de la humanidad».

La Academia Pontificia de las Ciencias es la más antigua de la historia. Fue fundada en 1603, aunque asumió su nombre y funciones actuales en 1936. Tiene como fin honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre; asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias (Cf. «Tres nuevas lumbreras para la Academia de las Ciencias del Papa»).

El pontífice, al encontrarse con los científicos, hizo un detallado perfil de cómo concibe la tarea del investigador: «Al emprender su camino de investigación, el científico comprende que debe recorrerlo no sólo con la imparcialidad exigida por la objetividad de su método, sino también con la honestidad, con la responsabilidad, y con una especie de reverencia como propias del espíritu humano al acercarse a la verdad»

De este modo, el obispo de Roma subrayó que «las responsabilidades éticas y morales ligadas a la investigación científica pueden ser concebidas como una exigencia interna de la ciencia, en cuanto actividad plenamente humana, y no como un control o, peor aún, como una imposición exterior».

«El hombre de ciencia sabe perfectamente que la verdad no puede ser negociada, oscurecida o dejada a la merced de las libres convenciones o de los acuerdos entre grupos de poder, de la sociedades o de los Estados --añadió--. Siguiendo su ideal de servicio a la verdad, advierte una responsabilidad especial en la promoción de la humanidad, entendida no como algo genérico o ideal, sino como promoción de todo el hombre y de todo lo que es auténticamente humano».

Por eso, el pontífice aseguró que «una ciencia concebida de este modo puede encontrarse sin dificultades con la Iglesia y abrir con ella un diálogo fecundo». De hecho, constató, en Cristo, centro y culmen de la historia, norma del futuro de la humanidad, «la Iglesia reconoce las condiciones últimas para que el progreso científico sea también un auténtico progreso humano».

Juan Pablo II se despidió de los científicos de la Academia de las Ciencias de la Santa Sede agradeciendo su servicio a la comunidad científica mundial y a la Iglesia, y les deseó que puedan «contribuir, con sabiduría y amor, en el crecimiento cultural y espiritual de los pueblos».

La Academia se encuentra bajo la dependencia del Papa. Forman parte de ella 80 académicos de nombramiento pontificio, propuestos por el cuerpo académico y elegidos sin discriminación de ningún tipo entre los más insignes cultivadores de ciencias matemáticas y experimentales de cada país.