El Papa: La esperanza cristiana cambia el mundo

Ante el mal, exige superar la tentación de la desesperación

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CIUDAD DEL VATICANO, 31 enero 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II está convencido de que el mal no tiene la última palabra, e invitó a los cristianos a rechazar el refugio tentador de la desesperación, comprometiéndose en la construcción de un mundo mejor.



El pontífice, que tras el maratón del Jubileo ha retomado el ritmo que mantenía hasta antes del año 2000, se adentró esta mañana en la acción de transformación positiva de la sociedad que deben promover los cristianos al encontrarse con varios miles de fieles de los cinco continentes que participaron en la tradicional audiencia general del miércoles en el Vaticano.

La gran tentación: la desesperación
En estas primeras semanas del nuevo milenio, el Papa está afrontando una serie de reflexiones sobre el compromiso que deben vivir los cristianos en la vida social. En esta ocasión, aprovechó su catequesis para revelarse ante la tentación de la desesperación que hoy día toca a las puertas de quien se deja aplastar por «el peso del mal, de las contradicciones y de la muerte».

Una tentación, añadió, que lleva a muchos a renunciar «a todo tipo de compromiso en relación con la historia y su transformación».

«Están convencidos de que no se puede cambiar nada --constató--, que todo esfuerzo está destinado al fracaso, que Dios está ausente y desinteresado de este minúsculo punto del universo que es la tierra».

Ahora bien, «si no puede cambiar nada, ¿qué sentido tiene la esperanza?», preguntó el pontífice. En ese caso, «no queda más que ponerse al margen de la vida, dejando que el movimiento repetitivo de las vicisitudes humanas cumpla con su ciclo perenne. Siguiendo esta senda, muchos hombres y mujeres se han quedado doblegados al borde de la historia, desconfiados, indiferentes ante todo, incapaces de luchar y de esperar».

Dos sendas equivocadas
En la historia del cristianismo y también hoy, explicó el pontífice, no han faltado creyentes que ante el peso del mal en el mundo, responden perfilando «escenarios apocalípticos de irrupción del Reino de Dios» o, por el contrario, cerrando «los ojos abrumados por el sueño de la indiferencia».

La acción paciente de Dios
Sin embargo, Cristo en el Evangelio rechaza estas dos respuestas y propone más bien la acción de Dios «sin clamor» para colaborar en la construcción «de cielos nuevos y de la tierra nueva», afirmó.

«Dios ha entrado en la vicisitud humana y en el mundo y procede silenciosamente, esperando con paciencia a la humanidad con sus retrasos y condicionamientos --aclaró--. Él respeta su libertad, la sostiene cuando se ve atenazada por la desesperación, la conduce de etapa en etapa y la invita a colaborar en el proyecto de verdad, de justicia y de paz del Reino».

Acción divina y compromiso humano
Por eso, dedujo el sucesor de Pedro, «la acción divina y el compromiso humano tienen que entrecruzarse entre sí».

«Sin caer en los extremismos opuestos del aislamiento sacro ni del secularismo, el cristiano tiene que expresar su esperanza también dentro de las estructuras de la vida secular», subrayó.

De este modo, citando un sugerente salmo de la Biblia, concluyó: «Animado por esta certeza, el cristiano camina con valentía por los caminos del mundo tratando de seguir los pasos de Dios y colaborando con Él para que pueda nacer un horizonte en el que "amor y verdad se den cita, justicia y paz se abracen"»