El Papa: La esperanza en tiempos de guerra, injusticia, y degradación moral

Las lágrimas del siglo XX han preparado una «nueva primavera del espíritu»

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CIUDAD DEL VATICANO, 24 enero 2001 (ZENIT.org).- La guerra, la violencia, la injusticia, la degradación moral..., no tienen la última palabra. Juan Pablo II está convencido de que los creyentes en el Evangelio pueden y deben construir una «civilización digna de la persona humana».



Lo aseguró esta mañana durante la tradicional audiencia general que concedió a varios miles de peregrinos venidos de los cinco continentes, en la que afrontó un tema típico de las discusiones de cristianos en ocasiones desilusionados: «El compromiso por un futuro digno del hombre»

La intervención del Papa fue sumamente gráfica. Comenzó recordando esa imagen del Apocalipsis que presenta «los desolados páramos de la tierra por los que corren los caballeros que sostienen la corona del poder triunfador, la espada de la violencia, la balanza de la pobreza y del hambre, la hoz afilada de la muerte».

«Frente a las tragedias de la historia y frente la inmoralidad que avanza», el pontífice reconoció que viene espontáneamente a los labios la pregunta que presentaba a Dios el profeta Jeremías: ¿Por qué tienen suerte los malos?».

El obispo de Roma respondió a esta pregunta tomando prestada una expresión de uno de sus padres de la Iglesia favoritos, san Ireneo, quien explicaba que el problema no está en Dios, sino en la libertad del hombre capaz de rebelarse al designio divino: «la luz no está ausente por el hecho de que algunos se hayan cegado a sí mismos, más bien los ciegos permanecen en la obscuridad por su culpa, mientras que la luz continúa brillando. La luz no somete a nadie por la fuerza, ni Dios obliga a nadie a aceptar su sabiduría», decía el obispo de Lyon que fue martirizado alrededor del año 200.

Por tanto, añadió el Papa, «es necesario un esfuerzo continuo de conversión que corrija la ruta de la humanidad para que escoja libremente seguir la "sabiduría de Dios", es decir, su designio de paz y de amor, de verdad y de justicia».

El gran enemigo, en este sentido, según reconoció, es «el miedo al futuro». «Éste atenaza con frecuencia a las generaciones jóvenes, llevándoles por reacción a caer en la indiferencia, a claudicar ante los compromisos de la vida, al embrutecimiento de la droga, de la violencia, de la apatía».

Un miedo que en la sociedad actual, continuó constatando, ofusca «la alegría por todo niño que nace».

Juan Pablo II, tras recordar la invitación del apóstol Juan a «vencer al Maligno con la fuerza de la presencia eficaz del Padre de los cielos», aseguró que «Apuntar hacia la esperanza es una tarea fundamental de la Iglesia».

De este modo, terminó su intervención recordando las mismas palabras que pronunció ante la Sede de las Naciones Unidas de Nueva York, en 1995: «No debemos tener miedo al futuro», dijo. En el milenio que comienza podemos construir «una civilización digna de la persona humana, una auténtica cultura de la libertad. ¡Podemos y debemos hacerlo! Y, al hacerlo, podremos darnos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del espíritu humano».