El Papa: La vida del cristiano no se explica sin el «gran desconocido»

Dedica la audiencia general a profundizar en la acción del Espíritu Santo

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CIUDAD DEL VATICANO, 13 sep (ZENIT.org).- «Toda la vida del cristiano, desde los orígenes hasta su última meta, está bajo el estandarte y la obra del Espíritu Santo». Esta es la conclusión a la que llegó Juan Pablo II esta mañana, en su intervención durante la audiencia general de este miércoles.



El Espíritu Santo ha sido denominado por algunos teólogos como el «gran desconocido» y Juan Pablo II parece que está comprometido, en este año santo, en hacer que los cristianos redescubran la importancia única y decisiva la presencia del Espíritu en sus vidas. Se trata de algo que ya viene pensando desde hace mucho tiempo. Hace catorce años, escribía en su encíclica consagrada a la tercera persona de la Trinidad: «El gran Jubileo del año dos mil contiene un mensaje de liberación por obra del Espíritu, que es el único que puede ayudar a las personas y a las comunidades a liberarse de los viejos y nuevos determinismos, guiándolos con la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús, descubriendo y realizando la plena dimensión de la verdadera libertad del hombre» («Dominum et vivificantem», n. 60).

El Espíritu cambió la historia
De este modo, al dirigirse esta mañana a los 35 mil peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro del Vaticano, Juan Pablo II se adentró en esa presencia misteriosa, pero real, del Espíritu en la vida de los cristianos, comenzando por aquel momento sorprendente en que su acción hizo que los discípulos de Cristo, atemorizados y encerrados a cal y canto, cobraran un amor y determinación tales que fueron capaces de cambiar para siempre la historia de la humanidad.

«Desde entonces --constató el pontífice--, toda la historia de la Iglesia, en sus dinámicas más profundas, está impregnada por la presencia de la acción del Espíritu, entregado sin medida a los que creen en Cristo».

Una presencia constante
Lo mismo sucede con la experiencia de fe de todo cristiano. Se convierte en hijo de Dios, por el Bautismo, gracias al Espíritu que, como dice san Pablo, le lleva a exclamar «¡Papá!» («Abbá»).

Después, toda la aventura del cristiano está sometida a la influencia del Espíritu. En especial, en los momentos de dificultad, el Espíritu está a su lado: «Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar --decía Jesús (Mateo 10, 19-20)--. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros».

Espíritu de liberación
El Espíritu, según explicó el Papa, se encuentra también en las raíces de la liberación que vino a traer Jesús para todo hombre: «La vida moral --como nos recuerda san Pablo-- por el hecho de ser irradiada por el Espíritu produce frutos de amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí».

Gracias al Espíritu, por último, el cristiano puede alcanzar su destino de gloria, afirmó el Papa. «Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa --afirmó el obispo de Roma citando otra vez al apóstol Pablo--, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria» (Efesios 1, 13-14).

«En síntesis --concluyó el Papa--: toda la vida del cristiano, desde los orígenes hasta su última meta, está bajo la bandera y la obra del Espíritu Santo».