El Papa ofrece la clave para distinguir el bien del mal

Responde a las preguntas de un sacerdote

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 26 julio 2007 (ZENIT.org).- Un mundo que rechaza a Dios se convierte en un mundo de egoísmo, concluye Benedicto XVI tras haber hecho un análisis sobre la crisis actual de la conciencia moral.



Expuso su reflexión el 24 de julio, en un encuentro con 400 sacerdotes en una iglesia de Auronzo, cerca de la localidad de los Dolomitas italianos en la que en este año ha pasado las vacaciones, al responder a un presbítero que constataba cómo hoy se confunde el bien y el mal «con sentirse bien o sentirse mal».

El pontífice respondió que para comprender la línea de demarcación entre el bien y el mal hay que escuchar «la voz del Creador».

«Un mundo en el que Dios no existe se convierte en todo caso en un mundo de la arbitrariedad y el egoísmo», reconoció después de un profundo análisis sobre los criterios éticos dominantes.

«Sólo si aparece Dios hay luz, hay esperanza --añadió--. Nuestra vida tiene un sentido que no podemos inventar nosotros, nos precede, nos lleva».

El Papa invitó a presentar los caminos que incluso la «conciencia laica puede ver fácilmente y a tratar de guiar hacia las voces más profundas, a la voz de la conciencia, que se comunica en la gran tradición de la oración y de la vida moral de la Iglesia».

«De este modo, con un camino de educación paciente, creo que todos podemos aprender a vivir y a encontrar la verdadera vida», concluyó.

El obispo de Roma había comenzado su análisis reconociendo que hoy la moral y la religión «prácticamente han sido expulsadas» y «el único criterio último de moralidad y también de religión es el sujeto, la conciencia subjetiva que no reconoce otras instancias».

«Al final, sólo decide el sujeto, con su sentimiento, sus experiencias, con los eventuales criterios que han encontrado».

«Pero de este modo el sujeto se convierte en una realidad aislada y cambian día a día los parámetros» de la vida moral, añadió.

«En la tradición cristiana, «conciencia» quiere decir «con-ciencia»: es decir, nuestro ser está abierto, puede escuchar la voz del mismo ser, la voz de Dios».

«Por tanto, la voz de los grandes valores está inscrita en nuestro ser y la grandeza del hombre consiste propio en el hecho de no estar encerrado en sí mismo, en no quedar reducido a lo material, cuantificable, sino en estar abierto interiormente a lo esencial».

«En la profundidad de nuestro ser podemos escuchar no sólo las necesidades del momento, no sólo lo material, sino también escuchar la voz del mismo Creador y de este modo se puede conocer qué es el bien y qué es el mal».

«Pero, obviamente esta capacidad de escucha debe educarse y desarrollarse».

«Y precisamente éste es el anuncio al que estamos comprometidos en la Iglesia: desarrollar esta capacidad elevadísima donada por Dios al hombre de escuchar al voz de la verdad, la voz de los valores», propuso.