El Papa pone la paz del mundo en manos de María

En el tradicional homenaje del día de la Inmaculada

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ROMA, 8 diciembre 2003 (ZENIT.org).- «En estos tiempos marcados por muchas incertidumbres y temores», Juan Pablo II puso este lunes, fiesta de la Inmaculada Concepción, la paz del mundo en manos de la Virgen María.



El pontífice, con su larga capa roja, afrontó el frío viento que soplaba en el anochecer, en la turística Plaza de España del centro de Roma, para ofrecer una ofrenda ante la imagen de la Madre de Cristo, erigida tras la proclamación del dogma de la Inmaculada, que tuvo lugar hace 149 años.

«Alcanza para los hombres y las mujeres del tercer milenio el don precioso de la paz --imploró el Papa--: paz en los corazones y en las familias, en las comunidades y entre los pueblos; paz sobre todo para aquellas naciones en las que cada día se sigue combatiendo y muriendo».

A pesar de que su voz era ronca, y de que en ocasiones tuvo que hacer pausas para recobrar aliento, el obispo de Roma leyó por completo su oración, en la que había dejado espacio para los tonos personales.

«He venido aquí, esta noche, para rendirte el homenaje de mi devoción sincera. Es un gesto en el que se me unen, en esta plaza, innumerables romanos, cuyo afecto me ha acompañado siempre en todos los años de mi servicio a la Sede de Pedro», reconoció en su plegaria.

La oración, compuesta «con intensa aprensión» y «confianza» estaba dirigida a la «Reina de la paz», una de las advocaciones de la Virgen María, «en estos tiempos marcados por muchas incertidumbres y temores por el destino presente y futuro de nuestro planeta».

«Escucha el grito de dolor de las víctimas de las guerras y de tantas formas de violencia, que ensangrientan la Tierra --suplicó--. Despeja las tinieblas de la tristeza y de la soledad, del odio y de la venganza. ¡Abre la mente y el corazón de todos a la confianza y al perdón!».

«Haz que todos los seres humanos, de todas las razas y culturas, se encuentren con Jesús y le acojan a Él, que vino a la Tierra en el misterio de la Navidad para darnos "su" paz --concluyó--. María, Reina de la paz, ¡danos a Cristo, auténtica paz del mundo!».

Juan Pablo II había presentado la Inmaculada Concepción como «prenda de salvación para toda criatura humana» a mediodía de ese mismo lunes, al asomarse a la ventana de su estudio para rezar la oración mariana del «Angelus».

«María es nuestro apoyo inquebrantable en la dura lucha contra el pecado y sus consecuencias», añadió al ofrecer una meditación sobre la fiesta que se celebraba ese día a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.