El Papa profundiza en el milagro más grande de la historia

Comienza un ciclo de meditaciones sobre el misterio de la Eucaristía

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CIUDAD DEL VATICANO, 27 sep (ZENIT.org).- El Jubileo celebra los dos mil años de la presencia de Jesús entre nosotros: una presencia que se hace real en el misterio escondido detrás de un trozo de pan y de un poco de vino, la Eucaristía. Por este motivo, Juan Pablo II comenzó hoy una serie de meditaciones, que continuará en su encuentro con los peregrinos de los próximos miércoles, sobre el milagro más grande de todos los tiempos.



Un año «intensamente eucarístico»
En audiencia general de este miércoles, en el que participaron más de 35 mil personas (en buena parte italianas y polacas), el pontífice recordó en la plaza de San Pedro del Vaticano las palabras de la carta programática con la que trazó el camino de preparación de los cristianos para este año santo hace ya casi seis años, la «Tertio millennio adveniente». En ella afirmaba que el año 2000 debe ser «intensamente eucarístico». De hecho, prácticamente todos los países del mundo han celebrado ya o están a punto de celebrar un Congreso Eucarístico, un momento en el que los católicos dan culto público a la Eucaristía y encuentran en ella el sentido a su existencia como creyentes.

Un misterio inmenso y pequeño
La Eucaristía es un misterio de grandeza y pequeñez. Es un misterio inmenso, pues ese sacramento es «la expresión principal de la presencia de Cristo entre nosotros "todos los días hasta el fin del mundo"», recordó el Papa citando las últimas palabras de Jesús en el evangelio de Mateo. En definitiva, la Eucaristía se convierte en el culmen de la presencia de Dios en el mundo.

Pero al mismo tiempo, la Eucaristía está hecha de humildad, «pues se entrega con los signos sencillos y cotidianos del pan y del vino, la comida y la bebida ordinarias en la tierra de Jesús y en muchas otras regiones». En esta grandeza y humildad de la Eucaristía se revela, según explicó el obispo de Roma, la gloria de Dios.

Divinización del hombre
«Con el mandamiento "Haced esto en conmemoración mía", Jesús asegura la presencia de la gloria de la Pascua a través de todas las celebraciones eucarísticas que salpicarán el fluir de la historia humana», aclaró. Con la Eucaristía, el hombre se diviniza. Lo que parecería una blasfemia, se hace realidad por el amor sorprendente de Dios. «Con la comunión en el cuerpo y en la sangre de Cristo, los fieles crecen en la misteriosa divinización que, gracias al Espíritu Santo, les hace habitar en el Hijo como hijos del Padre», afirmó Juan Pablo II.

Misteriosamente, «el mundo creado, tan a menudo desfigurado por el egoísmo y la avidez, tiene en sí la potencialidad eucarística --concluyó el Papa--: está destinado a ser asumido en la Eucaristía del Señor». Pero aquí ya estamos adentrándonos en un tema que continuará explicando en las próximas semanas.