El Papa recuerda el milenario de san Pedro Damián, «enamorado de Dios»

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 22 febrero 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha enviado un mensaje a los miembros de la Orden de los Camaldulenses, con motivo del milenario del nacimiento de San Pedro Damián (1007 - 1072) a quien ha definido un «enamorado de Dios».



En la misiva, recibida por el padre Guido Innocenzo Gargano, superior del Monasterio de San Gregorio al Celio (Italia), hecha pública por el Vaticano este miércoles, el Papa recuerda el milenario del nacimiento de este santo.

Nacido en Ravena, Pedro Damián ejerció la docencia, pero se retiró en seguida al yermo de Fonte Avellana, donde fue elegido prior.

Fue gran propagador de la vida religiosa en Italia. Ayudó eficazmente a los papas, en particular San Gregorio VII, con sus escritos y legaciones, en la reforma de la Iglesia. Creado por Esteban IX cardenal y obispo de Ostia, murió el año 1072 y al poco tiempo era venerado como santo.

El pontífice aprovecha la celebración del milenario para proponer a los cristianos el ejemplo de «su poliédrica personalidad de estudioso, eremita, de hombre de Iglesia, pero sobre todo de enamorado de Dios».

«San Pedro Damián fue sobre todo un eremita, es más, el último teorizador de la vida eremítica en la Iglesia latina, en el mismo momento en que se consumía el cisma entre Oriente y Occidente», recuerda el pontífice.

La vida eremita, añade el Santo Padre, sigue siendo «una clara invitación para todos los cristianos al primado de Cristo y a su señoría».

«Después de cada misión eclesiástica regresaba a la paz del monasterio de Fonte Avellana y libre de toda ambición, llegó incluso a renunciar definitivamente a la dignidad cardenalicia para no alejarse de la soledad ermitaña, celda de su existencia escondida en Cristo».

San Pedro Damián «fue el alma de la Reforma gregoriana, que marcó el paso del primero al segundo milenio, y del que San Gregorio VII representa el centro y el motor».

Al recoger las lecciones de vida del santo, el Papa recuerda que con frecuencia se dirigía a sus «hermanos ermitaños y les pedía la valentía de una entrega total al Señor, que se acercase lo más posible al martirio».

Por otra parte, concluye, del Papa, «de los obispos y de los eclesiásticos de alto rango exigía un evangélico desprendimiento de honores y privilegios en el cumplimiento de sus funciones eclesiásticas»

«A los sacerdotes recordaba el gran ideal de su misión, cultivando la pureza de las costumbres y una real pobreza personal», concluye.