El Papa: Refugiados forzados y violencia, ofensa a Dios Trinidad

Palabras de Juan Pablo II al rezar la oración mariana del Angelus

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CIUDAD DEL VATICANO, 15 junio 2003 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación las palabras que pronunció Juan Pablo II antes y después de rezar la oración mariana del «Angelus» junto a varios miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.




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¡Queridos hermanos y hermanas!

1. En este domingo, que sigue a Pentecostés, celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. La Unidad y la Trinidad de Dios es el primer misterio de la fe católica. Llegamos a él al final de todo el camino de la revelación, que se ha cumplido en Jesús: en su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección. Desde la cumbre de la «santa montaña», que es Cristo, se contempla el primer y último horizonte del universo y de la historia: el Amor de Dios, Padre, e Hijo y Espíritu Santo. Dios no es soledad, sino comunión perfecta. Del Dios comunión surge la vocación de toda la humanidad a formar una sola gran familia, en la que las diferentes razas y culturas se encuentran y se enriquecen recíprocamente (Cf. Hechos 17, 26).

2. A la luz de este horizonte universal de comunión, destaca como grave ofensa a Dios y al hombre toda situación en la que personas o grupos humanos son obligados a huir de la propia tierra para buscar refugio en otro lugar. Nos lo recuerda la anual Jornada Mundial del Refugiado, que se celebrará el próximo 20 de junio, y que este año invita a prestar atención a la realidad de los jóvenes refugiados.
En el mundo, casi la mitad de los refugiados son niños y muchachos. Muchos de ellos no van a la escuela, carecen de bienes esenciales, viven en campos de refugiados, o incluso, de detenidos. El drama de los refugiados exige a la comunidad internacional comprometerse para afrontar no sólo los síntomas, sino ante todo las causas del problema: es decir, prevenir los conflictos, promoviendo la justicia y la solidaridad en todos los ámbitos de la familia humana.

3. Nos dirigimos ahora a la Virgen María y la contemplamos como admirable criatura de la Santísima Trinidad: «punto concreto de un consejo eterno» («termine fisso d'eterno consiglio»), como canta el sumo poeta Dante Alighieri (Paraíso XXXIII, 3). Le pedimos que ayude a la Iglesia, misterio de comunión, a ser siempre comunidad acogedora, en la que toda persona, en particular si es pobre y marginada, pueda encontrar acogida y apoyo.

[Después de rezar el «Angelus», Juan Pablo II pronunció estas palabras]

Una vez más, se han vivido días de sangre y de muerte para los habitantes de Tierra Santa, entrando en un torbellino sin fin de violencia y represalia.

Quisiera repetir a todos el llamamiento ya dirigido con frecuencia en el pasado: «No hay paz sin justicia; no hay justicia sin perdón». Lo recuerdo de nuevo hoy con más convicción, dirigiéndome a todos los habitantes de Tierra Santa.

Exhorto, además, a la comunidad internacional a no cansarse de ayudar a israelíes y palestinos a volver a encontrar el sentido del hombre y de la fraternidad para construir juntos su futuro.

Que la Virgen Santísima interceda por todos nosotros para que Dios nos haga «instrumentos de su paz».

A las 19.00 del próximo jueves, solemnidad del «Corpus Domini», en el atrio de la Basílica de San Juan de Letrán, presidiré la misa, a la que seguirá la tradicional procesión hasta Santa María la Mayor. Invito a todos a participar en gran número a esta celebración, para expresar juntos la fe en Cristo, vivo y presente en la Eucaristía.

[Traducción del italiano realizada por Zenit]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, de modo particular a los grupos de las parroquias de San José Obrero de Móstoles, San Saturnino de Alcorcón, San Juan Bosco de Cieza y alumnos y profesores del Colegio San José de Reus, que habéis llegado a la Tumba de San Pedro para profesar vuestra fe en la santa y única Trinidad. Llenos de alegría, glorificad al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Feliz Domingo!