EL PAPA RELANZA EL DIALOGO FE-CIENCIA ANTE 2.5000 CIENTIFICOS

Atraviesan juntos la puerta santa en signo de conversión

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CIUDAD DEL VATICANO, 25 mayo (ZENIT.org).- La fe no debe tener miedo de la ciencia; ni la ciencia debe tener miedo de la fe. Este es el mensaje que lanzó hoy Juan Pablo II, al encontrarse con 2.500 científicos que se congregaron en el Vaticano al concluir el Jubileo del mundo de la ciencia y de la investigación.



El encuentro con el pontífice ha sido el último acto de una serie de acontecimientos extraordinarios. Ayer concluyó el Congreso internacional en el que casi 400 científicos de todos los continentes discutieron con hombres de Iglesia y teólogos sobre la relación entre la fe y la ciencia ante la perspectiva del tercer milenio.

Cuando caía la tarde, los participantes y otros científicos llegados a Roma se dieron cita ayer en la iglesia romana del Espíritu Santo «in Sassia» para pronunciar un «mea culpa» conjunto por los abusos cometidos por la ciencia, especialmente en este siglo, así como por ciertos prejuicios de los creyentes en relación con la «legítima autonomía de la ciencia».

Esta mañana tenía lugar el momento más simbólico: estos miles de hombres y mujeres de ciencia, entre los que había personajes de talla mundial, atravesaron juntos la puerta santa de la Basílica del Vaticano para testimoniar su fe en Cristo y su deseo de conversión. Provenían de las instituciones más prestigiosas del mundo: desde la Royal Society de Londres a la Academia de las Ciencias de París, del Centro Nacional de Investigación (CNR) de Roma al CERN de Ginebra, sin olvidar importantes centros de investigación de Estados Unidos.

Tras la eucaristía, presidida por el cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, se reunieron con el Papa. En su discurso, el obispo de Roma trató de despejar viejos prejuicios. «Una reflexión basada exclusivamente en elementos científicos había tratado de acostumbrarnos a una cultura de la duda --explicó--. Se negaba a considerar la existencia de Dios y a concebir al hombre en el misterio de su origen y de su fin, como si una perspectiva así pudiera poner en causa a la misma ciencia. En ocasiones, ha considerado que Dios no era más que una simple construcción del espíritu que no podría resistir al conocimiento científico. Estas actitudes han llevado a alejar la ciencia del hombre y del servicio que está llamada a ofrecer».

Una nueva era de relaciones
Ahora bien, el pontífice está convencido de que ha comenzado una nueva era en las relaciones entre la ciencia y la fe. «El rico panorama de la cultura contemporánea --dijo--, en el alba del tercer milenio, abre perspectivas inéditas y prometedoras en el diálogo entre la ciencia y la fe, así como entre la filosofía y la teología».

«Un gran reto que tenemos al final de este milenio --constató citando el número 83 de su última encíclica, «Fe y razón»-- es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando ésta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la reflexión especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya».

La fe no teme a la razón
Y es que, añadió, «La fe no teme a la razón». Es más, dirigiéndose a los científicos afirmó: «Si en el pasado la separación entre fe y razón ha sido un drama para el hombre, que ha conocido el riesgo de perder su unidad interior bajo la amenaza de un saber cada vez más fragmentado, vuestra misión consiste hoy en proseguir la investigación convencidos de que --aquí citó a Gregorio Palamas--, "para el hombre inteligente [...], todas las cosas se armonizan y concuerdan"».

Se trata de una misión que ya han asumido grandes científicos y cristianos. «Desde Copérnico a Mendel, de Alberto Magno a Pascal, de Galileo a Marconi la historia de la Iglesia y la historia de las ciencias nos muestran claramente que hay una cultura científica enraizada en el cristianismo», constató.

En sus palabras de saludo al Papa en nombre de los científicos presentes, el cardenal Poupard, «ministro» del Vaticano para la Cultura, explicó que «el objetivo del Jubileo no sólo consiste en pasar revista a las principales tareas que tienen que afrontar los científicos y los teólogos ante las urgencias planetarias. No se trata sólo de celebrar la ciencia como la actividad más eminente del hombre, en cuanto búsqueda de la verdad, ni de organizar una reunión imponente de científicos del mundo entero. El objetivo del Jubileo del mundo de la ciencia y de la investigación consiste en celebrar a Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, Redentor del hombre, que se definió a sí mismo como Camino, Verdad y Vida. Él es el Señor del Cosmos y de la Historia, el centro de nuestro Jubileo».