El Papa reza por la comprensión de la dignidad del hombre y de la mujer según el plan de Dios

En sus intenciones de oración para el mes de diciembre

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 30 noviembre 2005 (ZENIT.org).- Benedicto XVI rezará en especial en el mes de diciembre «para que se difunda una comprensión cada vez más plena de la dignidad del hombre y de la mujer, según el proyecto del Creador».

Así lo anuncia la intención general del Apostolado de la Oración, que el Santo Padre asume como propia para ofrecer sus oraciones y sacrificios junto a miles de laicos, religiosos, religiosas, sacerdotes y obispos del mundo entero.

La dignidad esencial del ser humano «radica en su procedencia de Dios», recuerda el jesuita Rafael de Andrés –en su comentario de la intención del Papa en la página del Apostolado-- citando el Salmo 8, que dice: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te ocupes de él? Lo has hecho poco menos que un dios, lo has coronado de gloria y honor».

«Pero al recordar esto conviene clarificar que el hombre comprende al varón y a la mujer», puntualiza el sacerdote.

«Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó» (Gn 1,26-27).

Siguiendo este pasaje, «la humanidad es descrita aquí como articulada, desde su primer origen, en la relación de lo masculino con lo femenino. Es esta humanidad sexuada la que se declara explícitamente “imagen de Dios”», recordaba por su parte la «Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo» (Cf. n.5) de 31 de mayo de 2004, de la Congregación para la Doctrina de la Fe y firmada por su entonces prefecto, el cardenal Joseph Ratzinger.

«Ya desde la primera página del Génesis, Dios quiere dejar bien claro que la dignidad del ser humano radica en reflejar, en carne y tiempo, su propio retrato espiritual y eterno. Y que, en cuanto persona humana, esa dignidad se refleja exactamente igual en el varón y en la mujer», sigue Rafael de Andrés.

Éste alerta de la importancia de tener presente esta igualdad esencial del hombre y la mujer, «según la creación divina, para yugular de raíz cualquier discriminación por razón del género».

Recuerda que en su carta encíclica sobre «La dignidad y la vocación de la mujer», Juan Pablo II pondera la vuelta al plan de Dios expresado en el Génesis: la igualdad del hombre y la mujer, hechos a imagen y semejanza suya, y para su mutua ayuda. «En la unidad de los dos, el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir \"uno al lado del otro\", sino que son llamados también a existir recíprocamente, \"el uno para el otro\"» (Cf. «Mulieris dignitatem», n.7).

«La diferencia vital está orientada a la comunión, y es vivida serenamente tal como expresa el tema de la desnudez: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro”» (Gn 2, 25), comenta la «Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo» arriba citada (Cf. n.6).

«De este modo --sigue el documento--, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la femineidad, “desde ‘el principio’ tiene un carácter nupcial, lo que quiere decir que es capaz de expresar el amor con que el hombre-persona se hace don, verificando así el profundo sentido del propio ser y del propio existir”».

Hacía hincapié además Juan Pablo II en que «en el Cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos (...); es evidente que la mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus virtualidades» (Cf. «Mulieris dignitatem», n.1).