El Papa usa el arte para preparar su camino a Alemania

Benedicto XVI y Rafael parecen ser una buena combinación

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ROMA, domingo 25 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- En el año 1512 Rafael Sanzio tuvo su gran momento. El pintor de Urbino acababa de completar su ópera prima, la Stanza della Segnatura para el papa Julio II, y por la que recibió elogios universales. Parecía que sólo Miguel Ángel, ocupado en terminar el techo de la Capilla Sixtina, se mantenía ajeno a la obra maestra que se había expuesto a sólo 100 metros de distancia.

A raíz de este éxito, Rafael se convirtió en el favorito de la corte papal y se le encargaron dos grandes retablos para iglesias ubicadas fuera de los muros del Vaticano. Estos encargos llevarían al joven genio, con gran talento para combinar la fe y la belleza, hasta un público más amplio.

El cardenal Sigismondo dei Conti, el tesorero del Papa, encargó a Rafael la pintura de la Virgen de Foligno, que ahora se conserva en los Museos Vaticanos, mientras el mismo Papa Julio II le pidió la Madonna Sixtina para la iglesia de San Sixto, ubicada en el recién anexado territorio de Piacenza. La Madonna Sixtina fue comprada por Augustus III de Polonia y ha estado en Dresde desde entonces (excepto una breve estancia en Rusia después de la II Guerra Mundial).

Este mes, por primera vez desde que Rafael se llevó los paneles de madera a su taller para pintarlos, estos dos trabajos están el uno al lado del otro, por iniciativa de Benedicto XVI y de los Museos Vaticanos. En preparación para su viaje a Alemania, ahora en curso, el Santo Padre mandó la Virgen de Foligno al Staatliche Kunstsammlungen de Dresde, donde se exhibirá junto a la Madonna Sixtina hasta el 8 de enero.

Aunque las dos obras se iniciaron en la misma época, se completaron con años de distancia y nunca se habían mostrado las dos juntas. La Virgen de Foligno permaneció en la iglesia Ara Coeli de Roma cuando la Madonna Sixtina fue enviada al monasterio de San Benito de Piacenza, en 1513 o 1514. Esta oportunidad de ver a las “dos hermanas” juntas es un raro privilegio para la historia del arte y para la devoción mariana.

Las dos obras tienen la misma anchura aunque la Virgen de Foligno es un poco más alta. Ambas muestran a la Virgen con el Niño, santos y querubines, pero entre las dos se puede observar un avance en el estilo de Rafael.

La Virgen de Folignoilustra el primer compromiso maduro con los requisitos artísticos de Roma. Implicar al espectador fue la primera tarea del pintor renacentista y Rafael encontró formas muy innovadoras de captar la atención. Su Virgen no está aislada en los Cielos, o rodeada de estructuras arquitectónicas, distinto de lo que la rodeaba en sus primeros trabajos, ni el Niño se sienta complaciente en su regazo. La María de Rafael está preparada para ayudar a los que la invocan, con el mismo ímpetu que mostró cuando fue a visitar a su prima Isabel embarazada. En este retablo, la parte superior del cuerpo está rodeado de un haz de luz, una especie de halo gigante, pero con un sentido muy geométrico de la perfección de los cielos abiertos ante nuestros ojos. Este disco amarillo evoca a “la mujer envuelta en sol”, mientras que el arco delgado bajo sus pies recuerda a la luna creciente. Las nubes por debajo, sin embargo, rompen el círculo hacia abajo, como un camino desde ella hacia los que la invocan.

El Niño Jesús, por otro lado, parece haberse escapado de una pintura de Miguel Ángel, girando tímidamente hacia su madre con un pie firmemente situado en el suelo, mientras que señala hacia la luz celestial.

El genio único de Rafael se revela mejor a través de sus ángeles; la misma sustancia que las nubes, emergen a medida que la luz juega a través de sus contornos y cuando caen las sombras vuelven a su forma original. En un alarde de impresionante creatividad y virtuosismo, la técnica de pintura de Rafael desafió la supremacía escultórica de Miguel Ángel.

En la parte inferior, cuatro santos rodean a un querubín que sostiene un letrero. La leyenda de la placa sigue siendo motivo de debate para algunos: hay quien sugieren que es la firma del artista, mientras que otros piensan que es un epitafio en honor al mecenas. Yo sugiero que siendo un retablo para un altar, podrías ser entendido como el INRI de la Cruz de Cristo, sobre el que cual está el niño inocente que sería crucificado algún día.

Debajo de la Virgen y del Niño, los santos y los orantes están en un paisaje rico y variado. De nuevo Rafael usa su prodigiosa imaginación para desarrollar una variedad de posturas. El patrón representado de perfil, se arrodilla con sus ropas de cardenal, con una relación menos dinámica con la escena. Detrás de él, San Jerónimo descansa su mano suavemente en la cabeza del cardenal, suplicando a María que está sobre él.

El otro grupo de santos atrae la atención del espectador. Juan el Bautista mira hacia el exterior y con la mirada y con el gesto señala vigorosamente hacia la Madre y el Hijo. San Francisco (Ara Coeli era una iglesia franciscana), se arrodilla embelesado ante la visión pero con su mano tendida se dirige a aquellos que se congregan alrededor del altar.

Las figuras de las pinturas de Rafael inspiran e interceden, convirtiéndose en ejemplos tanto para la devoción como para la ordenación de la vida de cada uno.

El papel del Pontífice

La Madonna Sixtina reduce las figuras y elimina el paisaje. Al hacerlo sorprende al espectador con la inmediatez de la Virgen y su Hijo. Mientras que en la Virgen de Foligno, Cristo le devuelve la mirada a san Francisco y los ojos de María se encuentran con los de San Jerónimo, en la Madonna Sixtina, María mira directamente a los ojos de espectador, invitándonos a colocar las plegarias ante ella. Tanto ella como Su Hijo parecen preocupados, compadeciéndose de los problemas y de las luchas de aquellos que se acercan a ellos.

Una cortina verde se retira para revelarnos un mundo totalmente diferente. Ningún paisaje conecta al espectador con la realidad conocida sino que las nubes ondulantes llenan el paisaje. Una contemplación más cercana revela los mismos ángeles que del retablo de Foligno, pero sus caras son más sobrenaturales y están más difuminadas.

La solidez de María, Cristo y los santos que los acompañan contrastan con un entorno etéreo. El vestido ondulante de María proyecta una sombra sobre la alfombra neblinosa y Cristo Niño parece a la vez suave y cálido, tanto que uno se puede imaginar cogiendo en brazos a este robusto bebé. Aunque María está a cinco pies de altura en la obra, se convierte en la presencia predominante en el retablo, la verdadera zona de concentración es el círculo que rodea la cabeza y los brazos de María. La pintura parece más un tondo doméstico que un retablo a gran escala.

Santa Bárbara (cuyas reliquias están en el altar) muestra la nueva sensibilidad de Rafael hacia el color con el color limón, el rosa y el oliva. Se gira elegantemente en el espacio mirando a los pícaros ángeles situados en el parapeto.

El Papa Sixto (con la apariencia de Julio II) tiene una postura más activa. Ligeramente más abajo en el triángulo que Santa Bárbara, está más cerca del espectador. Una mano descansa con gesto de adoración en su corazón, mientras que la otra señala a todos los que se acercan a la escena. Esta es la verdadera tarea del Papa, más importante que sus responsabilidades temporales (simbolizadas por la mitra que está a sus pies): las oraciones e intercesión por su rebaño son su deber más importante.

Jesús le dijo a San Pedro: “Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16,19). La Madonna Sixtina muestra a un Papa dispuesto a llevar a las almas hacia el cielo, y aparentemente preparado para presentar a cada una de sus ovejas y corderos por su nombre. Esta es la imagen de papado que Julio II quería mandar al nuevo territorio papal de Piacenza: no la figura amenazante de un Papa sino la de un padre bondadoso que quiere llevar a sus hijos a casa. Los dulces ángeles de Rafael (quizás los más famosos del arte) disminuyen la tensión del icono y lo convierten en algo más amable y accesible, una estupenda presentación del Pontífice y de su papel en la Iglesia.

Puentes

Esta obra de arte ha deleitado a los alemanes durante siglos. Católicos, luteranos y ateos admiran esta imagen de María, ya sea por razones espirituales o estéticas, manteniendo a la Beata María viva y amada en los corazones de los alemanes.

El historiador del arte alemán Hans Bilting escribió de la Madonna Sixtina, “como ninguna otra obra de arte, la Madonna Sixtina de Rafael de Dresde ha disparado la imaginación de los alemanes, uniéndolos o separándolos en un debate sobre arte y religión”.

Esta no es la primera vez que el Papa Benedicto XVI ha usado el arte para prepararse el camino a un país con tanta tensión religiosa. El pasado septiembre, antes de llegar a Inglaterra para la beatificación del cardenal John Henry Newman, el Santo Padre envió varios de los tapices de Rafael desde sus museos para reunirse con sus bocetos en el museo Victoria y Alberto de Londres. Era la primera vez que estos trabajos se habían expuesto unidos en 500 años.

La belleza ha formado parte de la enseñanza del pontificado del Papa Benedicto. Refiriéndose al arte, el Santo Padre dijo durante la Audiencia General del 31 de agosto de 2001 en Castel Gandolfo: “no sólo es una ocasión para el enriquecimiento cultural, sino que, antes que nada, puede ser un momento de gracia, el aliento para reforzar nuestra relación y nuestro diálogo con el Señor, para detenernos y contemplar, en la transición de la simple realidad externa a una más profunda, el rayo de belleza que nos golpea, que casi nos hiere en nuestro interior y que nos invita a dirigirnos hacia Dios”.

Para ambos viajes, Rafael parece ser el artista elegido para establecer puentes a través de Europa. De muchas maneras, el carácter tranquilo, estudioso y encantador del pintor parece adaptarse mejor a la personalidad del Papa Benedicto que la personalidad explosiva y dramática de Miguel Ángel.

El Beato Juan Pablo II, actor, atleta y dínamo que ordenó la restauración de la Capilla Sixtina y que escribió poemas sobre el arte de Miguel Ángel, tenía, claramente, más afinidad con este gran artista de la escultura, pintura y arquitectura que sorprendió al mundo. El Papa Benedicto parece preferir la subestimada gracia de Rafael, su audacia intelectual y su elegante forma de persuasión, que con frecuencia hace que pase desapercibido para la gente el verdadero y activo genio de este gran pintor.

A medida que Europa comience a admirar y a redescubrir el genio del inquietante arte de Rafael, quizás comience a apreciar la belleza de este pontificado suave pero profundamente estimulante.

[Traducción del inglés por Carmen Álvarez]

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Elizabeth Lev enseña Arte y Arquitectura cristianos en el campus italiano de la Universidad de Duquesne y en el programa de estudios católicos de la Universidad de St. Thomas. Se le puede contactar en: lizlev@zenit.org