El papa venido del "fin del mundo" (IV)

Un hijo de América Latina: Santo Domingo

Roma, (Zenit.org) José Antonio Varela Vidal | 1580 hits

Ya como obispo auxiliar de Buenos Aires, al papa Francisco le tocó vivir con entusiasmo los días de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se desarrolló en Santo Domingo, República Dominicana, del 12 al 28 de octubre de 1992. Había una razón especial para conmemorarlo en esas fechas: corrían los 500 años del inicio de la evangelización en América.

Esta nueva convocatoria de los obispos latinoamericanos y del Caribe, quería acentuar la llamada a la conversión, centrándose en la figura de Jesucristo, con una lectura de la realidad tanto eclesial como social.

Según resúmenes de la época, Santo Domingo mantuvo, respecto a Puebla y Medellín, “el esfuerzo de evangelizar la cultura y salir al encuentro de la pobreza, pero además profundiza el compromiso por la justicia y los derechos humanos; mejora la pastoral juvenil y familiar; acentúa el rol de los laicos; cobran fuerza temas como la defensa de la vida, la cultura urbana, los movimientos y asociaciones eclesiales, el papel de la mujer, las expresiones culturales de los amerindios y afro americanos, así como la misión ad gentes”.

Todo un programa para un nuevo obispo que, con el celo que hoy se le conoce, estaba por empezar su ministerio en un país como la Argentina, que se recuperaba a pocos de sus heridas con el retorno de la democracia.

Profesión de fe en Jesucristo

Todo estaba dispuesto para que el cargo del entonces obispo auxiliar y posterior coadjutor Bergoglio siguiera los principios de los prelados de Latinoamérica, quienes proclamaron su fe en Jesucristo, el mismo "ayer, hoy y siempre". 

Era el espíritu de la época, que con ciertos sistemas políticos y económicos derrumbados, retomaba la figura del Salvador como “el Señor de la historia”.

Estos conceptos que trataban de hacerse vida en todo el continente, traían también la convicción de que “solo en Jesucristo, que una vez más se ofrece a todos los hombres y mujeres de América Latina, puede haber liberación de la dramática situación de pecado y de muerte: guerras, terrorismo, injusticias sociales, droga, prostitución, abortos, explotación de los más débiles, que amenaza a todos los estrados de la sociedad”.

Por eso los prelados se comprometían a hacer retornar a la Iglesia sobre sus huellas de “peregrina y misionera”, a fin de realizar una “nueva evangelización” que pudiera "transmitir, consolidar y madurar" en todos los pueblos a su cargo, la fe en Dios, Padre de Jesucristo. 

Eran conceptos y certezas que en obispos como Jorge Bergoglio, generaraban gran celo pastoral, coraje y una decisión firme de convertir a las Iglesias locales en comunidades dispuestas a “salir”, como tanto lo recuerda en su pontificado.

La nueva evangelización

Las líneas de trabajo fueron claras y adoptadas de inmediato. Por eso hoy se puede decir que la Iglesia de América Latina fue pionera en responder a este desafío presentado por el papa Juan Pablo II en años previos; y que luego, desde la privilegiada plataforma de Santo Domingo, lanzara las líneas programáticas para las siguientes décadas...

No fue extraño por eso que, durante la misa de clausura de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización de octubre de 2012, el papa Benedicto XVI mencionara a la “Misión Continental” latinoamericana, como una eficaz estrategia a considerar para los planes a futuro.

Un obispo dominicano nos recordaba aquel entonces que el protagonismo de los obispos del continente en la Asamblea sinodal, respondió a que ellos “trajeron la práctica de la nueva evangelización, y no solo la teoría”.

Este reconocimiento no es gratuito. Sus esfuerzos son una respuesta a Santo Domingo que, en obispos como Bergoglio, sembró la certeza de que el sujeto de la nueva evangelización “es toda la comunidad eclesial: los obispos en comunión con el papa, los presbíteros y diáconos, los religiosos y las religiosas, así como todos los laicos”.

Ayer como hoy, vemos en el papa la convicción de que su oficio principal es predicar el Evangelio, con el kerigma y las catequesis.

Por una promoción humana

Los participantes en Santo Domingo fueron muy explícitos en algunas de sus definiciones. Una de ellas fue clarificar de que la Doctrina Social de la Iglesia es la enseñanza del magisterio en materia social y contiene principios, criterios y orientaciones "para la actuación del creyente en la tarea de transformar el mundo según el proyecto de Dios".

Todo esto llevó a buscar modos diversos para aplicar este gran legado a obras concretas. No es raro entonces ver hoy al papa Francisco cumpliendo con su compromiso de años atrás: vivir según el estilo de Jesús.

Porque como se puede concluir de los desafíos del Documento continental, la falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las causas que generan pobreza. Esto porque los cristianos “no han sabido encontrar en la fe la fuerza necesaria para enfrentarse a los desafíos ideológicos, políticos y económicos”.

Cuando habló al inicio de su pontificado de una Iglesia “pobre y para los pobres”, no estaba lanzando una frase tipo eslógan, sino una convicción hecha vida por décadas en él mismo y a través de su ministerio episcopal, de que la Iglesia al proclamar el evangelio, “hace de la ayuda al necesitado una exigencia esencial de su misión evangelizadora”. Por eso, el que pueda hacerse más pobre para testimoniarlo, o contribuir materialmente en eso, aún mejor.

Descubrir el rostro del Señor en los rostros sufrientes de los pobres y marginados, dijeron los obispos en 1992, es algo que desafía a todos los cristianos a una profunda conversión personal y eclesial.

Esta convicción se hizo cada vez más fuerte en la Iglesia de América Latina, a fin de que los cristianos puedan dar testimonio auténtico de pobreza evangélica en sus vidas, y en las estructuras eclesiales.

También se han escuchado críticas sobre el discurso “ecológico” y no tanto cristológico de Francisco en la misa inaugural... Esto hay que leerlo en clave de coherencia, dicho por quien pertenece a un continente que no quiere perder más de sus riquezas, como son los grupos humanos tan vulnerables que lo habitan, así como los recursos naturales que aún le quedan.

La cultura cristiana

Un tema de por sí novedoso de la IV Conferencia del Celam fue el referido a la Cultura Cristiana. Los obispos explicaron que “por medio de la inculturación, la Iglesia encarna el evangelio en las diversas culturas”.

Por eso vemos y escuchamos al papa repetir tanto que el cristiano, cualquiera que sea su cultura, “debe caminar hacia y con Cristo” para adoptar una moral cristiana. Porque de esta formación, tanto individual como colectiva, "de la madurez de mentalidad, de su sentido de responsabilidad y de la pureza de las costumbres depende el desarrollo y la riqueza de los pueblos".

Lo sabe bien el papa, y lo ha vivido ya como arzobispo de una capital cada vez más desarrollada como es Buenos Aires. Allí, el impacto que ha producido la cultura moderna con sus valores y contravalores, ha hecho que gobiernos y grupos sociales se salgan de la “centralidad del hombre”.

Un llamado de alerta ya lo hizo Santo Domingo al respecto, cuando identificó las causas de este despeñadero: “la absolutización de la razón y el olvido de Dios, relegado a un problema de conciencia personal, ha llevado a desafiar la evangelización de la cultura”.

El papa Bergoglio escuchó algo desde 1992, que resonó en sus oídos y marcó su voluntad a futuro: “¡Es la hora misionera de América!, no solo en el seno de nuestras Iglesias sino más allá de nuestras fronteras”.

No es raro entonces que días atrás en un transporte público de Roma, se escuchara a un joven explicar a sus contemporáneos acerca del “fenómeno Francisco”...

“Era un obispo de Buenos Aires que vivía en medio de su pueblo”, les resumía, mientras comprendían mejor el por qué los boletos del autobús urbano llevan ahora una frase de homenaje al santo padre.

Continuará...

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