El pensamiento social católico: una verdad incómoda

El analista Hadas refuta críticas de la derecha a la “Caritas in veritate”

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ROMA, domingo 27 de junio de 2010 (ZENIT.org).- Al día siguiente de la publicación de la encíclica Caritas in veritate, el intelectual católico americano George Weigel, conocido también como biógrafo de Juan Pablo II, publicó un artículo en la National Review on line en el que sostenía que en la nueva encíclica se veía la mano del Consejo Pontificio Justicia y Paz, entonces presidido por el cardenal Renato Raffaele Martino, que habría insertado partes contrarias a una plena valoración del libre mercado, rompiendo por tanto la continuidad con la Centesimus annus.

Sin entrar directamente en la polémica, el obispo Giampaolo Crepaldi, entonces secretario del Consejo Pontificio Justicia y Paz, publicó un artículo en L'Osservatore Romano el 18 de julio de 2009 titulado La verità del mercato (La verdad del mercado, n.d.t.).

En este artículo, monseñor Crepaldi destacaba la continuidad entre las enseñanzas sobre el mercado de la Centesimus annus y de la Caritas in veritate, desmintiendo así implícitamente las tesis de Weigel.

Más recientemente, en la revista inglesa Faith Magazine, el analista económico Edward Hadas volvió sobre el tema, criticando a su vez la tesis de Weigel (FAITH Magazine, marzo-abril 2010).

Para los lectores de ZENIT, publicamos a continuación la traducción al español del artículo de Hadas.





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Muchos intelectuales católicos americanos, y algunos británicos, han creído durante mucho tiempo que la Iglesia debía permanecer firmemente a la derecha en casi todas las cuestiones políticas y económicas. En los Estados Unidos, sus enfoques pueden encontrarse en la National Review y en First Things. En el Reino Unido, el Institute for Economic Affairs es un grupo de reflexión simpatizante.

Este enfoque tiene dos grandes problemas. En primer lugar, es erróneo. El Magisterio, desde la encíclica Rerum Novarum de 1891, ha apoyado con consistencia muchas ideas de izquierda: los derechos de los trabajadores, el valor de las autoridades internacionales, la virtud de compartir los bienes dentro y fuera de las fronteras políticas, la futilidad de la guerra, la necesidad de limitar las fuerzas del mercado. Incluso en su discurso de 1979 repudiando la matriz política-teológica marxista de la teología de la liberación, el papa Juan Pablo II recordó a los obispos de América Latina que “la paz interna e internacional sólo estará garantizada cuando se haga efectivo un sistema social y económico basado en la justicia”.

En segundo lugar, confunde la realidad. En un mundo de grandes gobiernos burocráticos y economías burocráticas altamente reguladas, pedir “mercados libres” es poco más que una fantasía utópica. Las críticas al estado del bienestar intervencionista y desmoralizador tienen más validez, pero esos programas sociales hacen mucho bien y no podrían ser eliminados sin poner en peligro el conjunto del orden social.

La debilidad del pensamiento de la derecha fue del todo evidente en su respuesta a la Caritas in veritate de Benedicto XVI. George Weigel, escribiendo en la National Review Online, explicó que el documento estaba escrito por dos manos, la del Papa y la del Consejo Pontificio Justicia y Paz. No tuvo tiempo para las supuestas contribuciones de este último.

Su queja se centra en el lema de la derecha: el libre mercado. El documento no lo apoya; de hecho, sugiere que la justicia conmutativa del libre intercambio no es una base suficientemente fuerte para una economía de éxito. La justicia que se da a través de un compartir impuesto (basado en los impuestos y en sistemas de prestaciones sociales del estado del bienestar) es mayor -desde el momento en que refleja un consenso de solidaridad social- pero todavía no es suficiente. Como corresponde a los hombres hechos a imagen de un Dios que ama libremente, es necesario algo más generoso:

“Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos, la participación y el sentido de pertenencia, que no se identifican con el «dar para tener», propio de la lógica de la compraventa, ni con el «dar por deber», propio de la lógica de las intervenciones públicas, que el Estado impone por ley”.

“La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión. El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco” (39).

Según Weigel, pedir gratuidad es “espeso y confuso”, con el peligro de “un sentimentalismo confuso”. Esto es una tontería. El lenguaje podría no ser emotivo, pero el pensamiento es un claro desarrollo de las observaciones de Juan Pablo II en su gran encíclica social, Centesimus Annus: “Antes de la lógica de un intercambio de bienes y de formas de justicia apropiadas a él, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad” (35).

Weigel tiene razón al pedir más reflexión sobre lo que el “don” debería significar en el mundo grande y malo de la economía moderna. Pero se equivoca al sugerir que no significa nada. Sin dones ofrecidos libremente, no podría haber matrimonios, familias, escuelas, hospitales, iglesias ni fuerzas policiales. A menos que la actividad económica sea completamente diferente a los demás comportamientos humanos, debe estar marcada también por la gratuidad.

En su mayor parte, la crítica de la derecha sencillamente ignora el capítulo 6 de la Caritas in Veritate, El desarrollo de los pueblos y la técnica. Quizás esta declaración importante sobre un elemento clave de la sociedad moderna es demasiado europea y complicada. Para algunos de una cierta tendencia filosófica, este capítulo parece una respuesta del Magisterio al ensayo de Martin Heidegger de 1953 La cuestión de la técnica, que sugería que la moderna obsesión por la técnica había hecho que los hombres pensaran equivocadamente que podían controlar los misterios del ser.

A diferencia de Heidegger, el Papa ve muchos aspectos positivos en toda la técnica: “En la técnica se expresa y confirma la hegemonía del espíritu sobre la materia” (69). Como Heidegger, Benedicto ve algo malo en el intenso interés moderno por la tecnología. Puede ser una búsqueda de una “libertad absoluta” inexistente, que “desea prescindir de los límites inherentes a las cosas” (70). Benedicto explica por qué el rechazo a mostrar maravilla y gratitud al creador lleva a la degradación del medio ambiente, a los horrores de la bio-tecnología y a una aproximación limitada e instrumental de desafíos aparentemente no tecnológicos como la paz y la psicología.

La Caritas in Veritate es un documento remarcable. Ofrece un análisis unificado de los desafíos de la sociedad contemporánea. Como cabe esperar de un documento del magisterio ordinario de la Iglesia, también es una profunda base para la tradición de la doctrina social de la Iglesia y la antropología. La derecha que critica la encíclica parece perder puntos.



[Traducción del original inglés por Patricia Navas]