El predicador del Papa llama a re-evangelizar: Cristo, «única esperanza del mundo»

En su cuarta predicación de Adviento ante Benedicto XVI y sus colaboradores

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 23 diciembre 2005 (ZENIT.org).- A los hombres de hoy, «tentados de prescindir de Cristo», hay que repetir el grito de que Él es la «única esperanza del mundo», reconoce el predicador del Papa.



De ahí que advirtiera en la mañana de este viernes, ante Benedicto XVI y sus colaboradores de la Curia romana, de la necesidad de «renovar el impulso de fe» en la divinidad de Cristo.

Ese ha sido el eje de las meditaciones que, en preparación a la Navidad, el padre Raniero Cantalamessa OFMCap ha ofrecido en la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico, este viernes centrado en «la experiencia de la salvación de Cristo hoy».

Lejos de ser «para las primeras generaciones cristianas sólo una verdad creída por revelación», la salvación en Cristo «fue sobre todo una realidad experimentada en la vida», confirmó.

Por ello, «respecto a la fe en Cristo», dado que «en muchos aspectos nos encontramos hoy próximos a la situación de los orígenes», «podemos aprender de entonces cómo re-evangelizar un mundo que vuelve a ser en gran parte pagano», sugirió.

«La salvación obrada por Cristo» «consiste en la liberación del pecado y de las fuerzas del mal» y «en el don de la vida nueva, de la libertad de los hijos de Dios, del Espíritu Santo y en la esperanza de la vida eterna», sintetizó el padre Cantalamessa.

Pero, «fuera de la fe cristiana», entre las posturas actuales respecto a la salvación están las «nuevas religiones» --«con un fondo común en el movimiento New Age»-- según las cuales «la salvación no viene desde fuera –explicó el sacerdote capuchino--, sino que está potencialmente en el hombre mismo», y «no hay necesidad» «de un salvador, sino, a lo más, de maestros que enseñen el camino de la autorrealización».

Mientras, por parte de la «ciencia no creyente» --añadió--, se constata hoy que a Dios se le llama «casualidad».

Siguiendo al padre Cantalamessa, el contexto presente también hace que el hombre se sienta «aún más pequeño e insignificante», con una evolución en la comunicación de masas que pone ante sus ojos lo que podría ser y no es, o le suscita la «necesidad obsesiva de salir del anonimato e imponerse a la atención de los demás».

Pero «la fe en Cristo nos libera» de esa sensación y de esa necesidad, «nos reconcilia con nosotros mismos» y «nos da la posibilidad de ser felices y de estar plenamente realizados allí donde nos encontremos», y «el fruto maravilloso de ello es la paz», constató.

Y es que «la venida de Cristo en la encarnación, mantenida viva en los siglos por la Eucaristía, hace de cada lugar el primer lugar --admitió--. Con Cristo en el corazón uno se siente en el centro del mundo, incluso en el pueblo más perdido de la tierra», por eso «la fe en Cristo nos salva ante todo de la inmensidad del espacio».

«El segundo ámbito en el que se hace experiencia de la salvación de Cristo es el del tiempo», aseguró, enfrentando el problema de la muerte.

Aquí, la esperanza que se da hoy «de sobrevivir en la especie se ha revelado insuficiente para aplacar la angustia del hombre frente a la propia muerte».

Sin embargo «la muerte humana ya no es la misma de antes», «ya no es un muro ante el cual todo se rompe». Y es que «Cristo ha vencido a la muerte», exclamó el predicador del Papa.

Y «aquí está el gran anuncio cristiano» --recalcó--: Jesús «no murió sólo para sí», sino que «experimentó la muerte por el bien de todos», «vino a liberar a los hombres del temor a la muerte, no a acrecentarlo».

Además del hecho de la resurrección de Cristo, el «creyente experimenta ya ahora, en el momento en que cree, algo de esta victoria sobre la muerte», reconoció.

En cualquier caso, según el padre Cantalamessa, no basta con «que yo reconozca a Cristo como «salvador del mundo»; es necesario que le reconozca como «mi Salvador», algo que se puede experimentar con el «inmenso consuelo» que representa «descubrir que», ante cada momento en que podemos hundirnos, «cada vez está la mano de Cristo dispuesta a levantarte, si sólo la buscas y la aferras».

A los «herejes docetistas de su tiempo, quienes negaban la encarnación del Verbo y su verdadera humanidad, Tertuliano profirió el grito: «”No quitéis al mundo su única esperanza”», recordó.

«Es el grito que debemos repetir a los hombres de hoy, tentados de prescindir de Cristo –dijo el padre Cantalamessa ante el Papa y la Familia Pontificia--. Es Él, todavía hoy, la única esperanza del mundo».