El prepósito general analiza los nuevos desafíos de los Carmelitas Descalzos

Entrevista al padre Luis Aróstegui Gamboa

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ROMA, viernes, 15 julio 2005 (ZENIT.org).- Visitar a las comunidades de los 5 continentes es necesario, ¿pero qué pasa después con el gobierno central de Roma? Se lo pregunta en voz alta el padre Luis Aróstegui Gamboa, prepósito general de los Carmelitas Descalzos, a quien Zenit ha podido localizar en la Curia General en Roma entre un viaje a América y otro a África.



El padre Aróstegui es superior de más de cuatro mil religiosos y novicios, de los cuales unos 2.600 son sacerdotes esparcidos en todos los continentes.

--Su tarea como general se concreta en gran parte en visitas pastorales a las comunidades y provincias. ¿Qué sensación tiene, cuando regresa a la curia general de Roma?

--Padre Aróstegui: La sensación que las visitas son muy positivas y necesarias, y las provincias y las comunidades las piden. Es el contacto con la realidad, y el conocimiento y la relación más cordial que queda. Pero el mucho tiempo empleado en las visitas dificulta en otro sentido el gobierno. Cuando uno está fuera, en una provincia o comunidad, no puede atender de la misma forma a temas pendientes de las demás provincias, a veces de otras visitas pastorales. La movilidad ha cambiado tantas cosas, incluso la manera de hacerse presente. Ahora las relaciones se han incrementado, quien sea te manda un correo electrónico, antes estaban las cartas como fuente única para las cuestiones oficiales.

La Orden quiere el contacto personal, porque ciertamente es muy positivo para crear comunión. Pero después tiene que haber un seguimiento. ¿Cómo lo vas a hacer si al día siguiente estás otra vez en otra visita en otra parte? Hay que plantear bien esta cuestión, para que sea gestionable.


--Lleva usted razón. Este ajetreo quizá también responde a un momento dulce para la Orden, pues no deja de anunciar aberturas de nuevos Carmelos por el mundo.

--Padre Aróstegui: Dulce… bueno, sí, hay una cierta expansión que ya inició hace siglos, pues la Orden se extendió por los cinco continentes. En Europa hay un declive de vocaciones mientras en otros sitios florecen. En la Europa que antes era del Este hay lentamente una recuperación. Se han abierto Carmelos en los Países Bálticos, por ejemplo, y los hermanos tenemos de allí peticiones de fundaciones. A veces nos lo solicitan los obispos locales, también en la antigua Birmania y en Tailandia. Pero no siempre tienes personal para ello. En Polonia, y en la India sí, son los lugares en los que más crece la orden. En general crece en Asia, África, América del Sur.

No pocas veces ocurre que las carmelitas se han hecho presentes primero, y solicitan que se implante también la presencia masculina. Nosotros quisiéramos que ese momento «dulce» al que alude usted se tradujera en nuestra vida espiritual.

--La Universidad de Mística de Ávila está ya en fase de construcción y en poco más de un año será una realidad. ¿Qué pretende ofrecer el Carmelo con esta iniciativa?

--Padre Aróstegui: Especifiquemos que, propiamente, lo que estamos haciendo en Ávila es ampliar la sede de un centro que ya lleva dos décadas de vida, el CITES (Centro Internacional Teresiano Sanjuanista), que se ha quedado pequeño. Hay mucha demanda también desde fuera de España, incluso de cursos en inglés, y no había espacio para aulas, biblioteca, etc. El espacio permitirá nuevas ofertas e iniciativas.

Se trata de dar relieve, con seriedad y nivel alto, al estudio de la mística y la espiritualidad carmelitana, completada con otros cursos, queriendo responder siempre a la demanda humano-espiritual de hoy. Su inauguración depende de la andadura de las obras, que van adelante.

--Padre Aróstegui: La orden tiene mucha fuerza en las misiones, cuya patrona es la también carmelita Teresa de Lisieux. ¿Qué espera usted de los países «de misión»?

--Padre Aróstegui: Espero del Carmelo, no solo del de las misiones, lo que espero de mí mismo: que seamos realmente discípulos de Jesús, que se vea. Y que en esto nos ayude la gran tradición del Carmelo al servicio del Evangelio.

Que Jesús sea el centro de nuestra vida, y que el amor y la contemplación del la tradición carmelita nos impulsen, con fidelidad espiritual, para responder a necesidades y desafíos de hoy.

Que no seamos islas ni hagamos pequeños bunkers, sino que nos preguntemos qué podemos hacer, para la dignidad de toda persona y para servir al Evangelio.