El primer cardenal en la China comunista

Roger Etchegaray hace un balance de su complicado viaje

| 1026 hits

CIUDAD DEL VATICANO, 27 sep (ZENIT.org).- El presidente del Comité Central del Gran Jubileo, el cardenal Roger Etchegaray, viajó la semana pasada a China para participar en el Simposio italo-chino sobre «Las religiones y la paz». Ahora, a su regreso, ha hecho un balance conclusivo a los micrófonos de «Radio Vaticano». El purpurado viajó a título personal. En años anteriores, Juan Pablo II le había encomendado misiones difíciles a países como Vietnam o Repúblicas de la ex Yugoslavia. Estos días en el lejano oriente, sin embargo, han sido sin duda uno de los momentos más delicados que ha tenido que afrontar este cardenal francés de 76 años, acostumbrado a empresas imposibles.



--Eminencia, su viaje a China parece haber tomado un rumbo imprevisto, superando el carácter personal que usted había anunciado antes de salir...

--Cardenal Etchegaray: Sí y no Después del Simposio sobre «Religiones y Paz», que era el primer objetivo de mi viaje, y que ha sido un gran éxito por el clima y la seriedad de los intercambios históricos y teológicos, se abría ante mí un camino totalmente nuevo, en el que deseaba aventurarme, con la gracia de Dios, como mensajero jubilar de la reconciliación entre los católicos. De hecho, este es el desafío más grande que tiene que afrontar la Iglesia en China, y el Jubileo. Como dice con frecuencia Juan Pablo II, el año santo es un tiempo favorable para las audacias apostólicas, para las esperanzas espirituales. Regreso más convencido que nunca de la necesidad y de la urgencia de este testimonio de unión, en especial en el momento en que China «se despierta» al cambio social más grande de su historia. Hay que ver Putong, la nueva Shanghai, como he podido verla yo con su vicegobernador, para darse cuenta de lo que será la China de mañana, cuya emborrachadora modernización hace sentir más todavía la necesidad de un «suplemento de alma».

--Las agencias de prensa han dicho que usted fue llevado de Pekín a Shanghai por la Asociación Patriótica, no reconocida por la Santa Sede.

--Cardenal Etchegaray: Antes de salir, había dicho claramente que ninguno de mis pasos debería poder ser interpretado como una aprobación de las estructuras de la Iglesia oficial. A mí lo que me interesaba antes que nada era encontrarme con las personas, y sólo podía hacerlo a través de una Asociación omnipresente ligada al gobierno. Viendo las cosas de lejos, algunos tienen la tentación de cortar todo con el cuchillo, como en el día del juicio final. Pero viéndolas desde dentro, se da uno cuenta de que estamos todavía en la estación evangélica en la que no se puede separar el grano de la cizaña. Sobre todo porque se trata de una sola Iglesia, en la que una fe común trata, poco a poco, de superar lo que hasta este momento separa por desgracia a los «clandestinos» de los «oficiales». El tiempo hace que sus fronteras sean cada vez más porosas, al menos en ciertas regiones de este inmenso país.

--¿Cuáles fueron los contactos religiosos que usted ha mantenido?

--Cardenal Etchegaray: Ante todo deploro vivamente --y así lo hice saber-- el no haber sido autorizado para contactar con los miembros de la Iglesia clandestina. También protesté enérgicamente contra las nuevas oleadas de arrestos de fieles, incluso de obispos, en el período en que me encontraba en China. El momento más emocionante de mi viaje fue mi peregrinación a Nuestra Señora de She Shan, situado en una colina a 40 kilómetros de Shanghai. Ese santuario mariano es muy querido y frecuentado, especialmente en el mes de mayo, por todos los católicos, sin distinción. Al celebrar la primera misa oficiada públicamente en toda China --desde la revolución de 1949-- por un cardenal venido desde Roma, pude comprender hasta llorar la ternura materna de quien es invocada precisamente con el título de Nuestra Madre Misericordiosa. Ella puede hacer mucho por la reconciliación de todos sus hijos. Visité durante un buen tiempo el seminario nacional de Pekín y el de Shanghai: cada uno tiene unos 120 estudiantes de filosofía y teología. ¡Qué fervor de diálogo pude vivir con aquellos jóvenes, ávidos de Evangelio y apasionados del Papa, que serán la fuerza motora de una Iglesia unida y al servicio del pueblo chino! El gran problema --y los responsables son conscientes--, es el de la formación de los formadores, como lo dijo, en Shanghai, el obispo oficial Jin Luxian, que pasó 18 años en prisión y nueve en campos de trabajo. Al escuchar a aquellos jóvenes, pensé mucho en los seminaristas clandestinos que no pueden beneficiarse de los mismos medios de formación.

--Eminencia, usted subraya de manera particular el papel del Papa en la vida de la Iglesia en China.

--Cardenal Etchegaray: Simplemente lo constato con alegría: allí, más que en otros sitios, sin lugar a dudas, es fermento y garante de una fe verdaderamente católica. Eso hace que sean más insoportables todavía las divisiones que proceden de trágicas y complejas contingencias de la historia. El hecho de que yo haya reconocido la fidelidad al Papa de los católicos de la Iglesia oficial, no puede disminuir para nada mi reconocimiento de la heroica fidelidad de la Iglesia del silencio. Los unos y los otros viven dolorosamente, en su carne y en su espíritu, aunque de manera diferente, la relación siempre frágil entre fe e historia, que siempre tiene que ser revisada en la verdad. La historia de la Iglesia, a través de los siglos, está ilustrada con sus luces y sombras, por la palabra de Jesús: «Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del Cesar». Es realmente algo malsano hundir o dejar que se hundan los católicos en la clandestinidad, por motivos que no son religiosos, mientras muchos de ellos aspiran a ser reconocidos como auténticos patriotas.

--Uno de los obstáculos es la reciente multiplicación de las ordenaciones episcopales sin el consentimiento del Papa...

--Cardenal Etchegaray: Se trata de un hecho muy grave que afecta a la eclesiología. Si se vuelve a repetir, se corre el riesgo de impedir el reacercamiento entre los católicos. Tuve la oportunidad de decirlo claramente a los obispos oficiales de Pekín y de Nanjing. La cuestión de la ordenación de los obispos es un punto crucial para la Iglesia y para el Estado; no puede ser ni evitada ni resuelta con facilidad, vistas las diferencias y los puntos de vista. Pero la historia muestra que se pueden encontrar soluciones razonables bajo todos los climas políticos.

--Ahora ha aparecido otra piedra en el camino: la canonización de los mártires chinos, que tendrá lugar el 1 de octubre...

--Cardenal Etchegaray: ¿Cómo es posible que un acontecimiento de carácter religioso como es la el reconocimiento de la santidad de la Iglesia en China produzca a las autoridades de Pekín un efecto contrario? La historia de las relaciones entre la Iglesia y China está llena de malentendidos (pienso, por ejemplo, a la triste controversia de los «ritos chinos»). Este último incidente es una prueba de la distancia que existe entre Oriente y Occidente. Si hubiera habido una posibilidad de diálogo, la cuestión hubiera podido ser examinada con total serenidad y objetividad. Se da, además, la desagradable coincidencia con la fecha de la fiesta nacional del pueblo chino: quienes han escogido el 1 de octubre pensaban sólo en el día de Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones. Estoy seguro de su decisión y no hay ningún tipo de provocación o revancha. Juan Pablo II, gran amigo de China, no se rebaja a cálculos tan mezquinos. Espero que un día pueda ser beatificado el padre Matteo Ricci («Li Mato», como le conocen los chinos). El proceso de beatificación diocesano ya se ha realizado. El recuerdo de este sabio jesuita del siglo XVI, bien metido en la corte imperial, sigue vivo en la memoria agradecida de todo el pueblo; hace veinte años, pude ir a rezar ante su lápida en el centro de Pekín. Todo esto me hace desear cuanto antes el diálogo entre la Iglesia y China, una Iglesia auténticamente católica y china, que alce el vuelo, como un estupendo dragón en el oriente del mundo, convirtiéndose plenamente en parte de la Iglesia universal.
ZS00092708