El sacrificio (hasta la muerte) de católicos para salvar a judíos en Italia

Al menos 170 sacerdotes y seminaristas fueron asesinados por haber ayudado a judíos y oponerse al nazismo

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ROMA, jueves, 27 enero 2005 (ZENIT.org).- Muchos sacerdotes, religiosos y laicos perdieron la vida durante la persecución nazi en Italia por salvar a los judíos y a los detractores del nazismo.



En su libro «Historia de los judíos italianos», publicado poco después de la segunda guerra mundial gracias a una investigación de la Acción Católica Italiana, Luciano Tas, subraya la contribución ofrecida incluso hasta el derramamiento de sangre por parte de la Iglesia católica para ayudar y poner a salvo a los judíos perseguidos.

De acuerdo con Luciano Tas, «si el porcentaje de judíos deportados no es en Italia tan elevado como en otros países sin duda se debe a la ayuda activa que se les dio por parte de la población italiana desde instituciones católicas».

«Cientos de conventos, tras la orden en tal sentido impartida desde el Vaticano, acogieron a los judíos, miles de sacerdotes les ayudaron, otros prelados organizaron una red clandestina para la distribución de documentos falsos», prosigue.

De acuerdo con el «Martirologio del clero italiano», 729 sacerdotes y seminaristas perdieron la vida entre 1940 y 1946; de éstos, no menos de 170 fueron asesinados por haber ayudado a judíos y detractores del nazismo.

Este jueves, la edición en italiano del diario de la Santa Sede, «L'Osservatore Romano» recuerda el testimonio de Giovanni Palatucci, policía que falleció el 10 de febrero de 1945 en el campo de concentración de Dacha, a los 36 años, donde había sido internado por salvar a miles de judíos. Proclamado por Israel «justo entre las Naciones», la fase diocesana (en la diócesis de Roma) de su proceso de beatificación concluyó el año pasado.

Otro caso es el de un padre de familia, Odoardo Focherini (1907-1944). Comenzó a interesarse por los judíos antes del 8 de septiembre de 1943, cuando ayudó a un grupo de refugiados llegados de Varsovia. Salvó a 105 judíos de la deportación nazi. Fue detenido e internado en el campo de Hersbruck, donde falleció. Está en proceso de beatificación.

Activísimo en el mundo católico, a los 27 años Odoardo Focherini ya era presidente de Acción Católica en Italia. En 1937 pasó a ser director administrativo del diario «Avvenire», que entonces dirigía Raimondo Manzini, autor de encendidas polémicas contra el fascismo.

En 1938, Focherini contrató en «Avvenire» al periodista judío Giacomo Lampronti, despedido a causa de las leyes raciales, y en 1942, a petición de Manzini --a quien el cardenal de Génova, Pietro Boetto, había enviado algunos judíos de Polonia para defenderlos--, se encargó de proteger de la persecución a estos refugiados en un tren de Cruz Roja Internacional.

Su labor para salvar a judíos de la deportación se convirtió desde octubre de 1943 en la principal ocupación de Focherini. Con la agudización de las leyes anti-judías y el comienzo de las deportaciones raciales, en colaboración con otras personas, organizó una eficaz red para la expatriación hacia Suiza de más de un centenar de judíos.

Como alma de la organización, Focherini contactaba con las familias, conseguía los documentos desde las sinagogas, buscaba financiación y proporcionaba documentación falsa.

El 11 de marzo de 1944 Focherini fue detenido por los nazis en un hospital mientas atendía a un judío enfermo.

Fue trasladado al mando de las SS en Bolonia y de ahí a las cárceles de San Giovanni in Monte.

Durante una visita, su cuñado Bruno Marchesi le dijo: «Ten cuidado. Tal vez te expones demasiado. ¿No piensas en tus hijos?». Odoardo le respondió: «Si hubieras visto, como he visto yo en esta cárcel, lo que hacen padecer a los judíos, no lamentarías más que no haber hecho lo bastante por ellos, no haber salvado un número mayor».

Aislado en el «lager» de Flossenburg, fue trasladado al campo de Hersbruck donde se trabajaba desde las tres y media de la mañana hasta la tarde. Quien no resistía este ritmo, era marcado con una «K» en la frente e inmediatamente enviado a los hornos crematorios.

Herido en una pierna y jamás atendido, Focherini murió de septicemia el 27 de diciembre de ese mismo año. Tenía 37 años.

Antes de morir, dictó a su amigo Olivelli una carta-testamento: «Mis siete hijos... Querría verlos antes de morir... No obstante, acepta, oh, Señor, también este sacrificio, y protégelos Tú, junto a mi mujer, a mis padres, a todos mis seres queridos».

«Declaro morir en la más pura fe católica apostólica romana y en la plena sumisión a la voluntad de Dios --añadió--, ofreciendo mi vida en holocausto por mi diócesis, por Acción Católica, por el Papa y por el retorno de la paz al mundo».

«Os ruego que digáis a mi esposa que siempre le he sido fiel, que siempre he pensado en ella y que siempre la he amado intensamente», concluyó.

La noticia de su muerte llegó a Carpi, de donde era originario, en 1945, y desde ese momento Odoardo Focherini fue recordado como una figura excepcional. El padre Claudio Pontiroli, encargado de la fase diocesana de la causa de beatificación, relata: «Hemos hallado más de 300 cartas de pésame, entre ellas en 62 se habla de Odoardo como un mártir de la caridad. Por él hubo celebraciones como por ninguna otra víctima de la guerra».

Una judía de Ferrara admitió ante la viuda de Odoardo: «Perdí a catorce de mis familiares, sólo me quedó este hijo, pero hallé la fuerza de salvarme y de sobrevivir por lo que me dijo su marido: “Ya habría cumplido con mi deber si pensara sólo en mis siete hijos, pero siento que no puedo abandonaros, que Dios no me lo permite”».

En su memoria, la Unión de las Comunidades judías de Italia le otorgó una medalla de oro en 1955. Igualmente, el «Instituto conmemorativo de los mártires y de los héroes Yad Vashem» de Jerusalén le proclamó «Justo entre las Naciones».