El santo padre a la FAO: ni ilusionarse, ni justificarse

Exhorta a derrotar el hambre, porque urge, se debe y se puede. Bien la reforma de la FAO, aunque solicita más corazón

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org) Redacción | 841 hits

El papa Francisco recibió hoy en audiencia a unos 400 participantes de la 38 sesión de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) Food and Agriculture Organization. Al dirigirles la palabra en español les recordó que el “verdadero escándalo de millones de personas que sufren y mueren de hambre”, que no bastan las promesas tantas veces incumplidas y tampoco es posible justificar en nombre de la crisis global.

El papa consideró positivo la reforma del ente de las Naciones Unidas, “para garantizar una gestión más funcional, transparente y ecuánime”, aunque toda auténtica reforma “consiste en tomar mayor conciencia de la responsabilidad de cada uno, reconociendo que el propio destino está ligado al de los otros”.

Exhortó a la FAO y a toda la comunidad internacional, a actuar con más corazón, superando intereses económicos miopes y a la lógica del poder. Invitó también a no olvidar a las familias rurales. Por su parte aseguró que la Iglesia Católica, con sus estructuras e instituciones les acompaña en sus iniciativas.

La FAO es un ente de las Naciones Unidas destinado a luchar contra la pobreza mejorando la agricultura. Tiene su sede central en Roma y la Santa Sede cuenta con un observador permanente. En la actualidad el presidente de la FAO es el brasileño José Graziano da Silva.

El texto completo del discurso, publicado por la Radio Vaticano

En continuidad con una larga y significativa tradición, que comenzó hace ya sesenta años, me alegra recibirles hoy en el Vaticano a todos ustedes, participantes en la 38 Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Doy las gracias al Señor Presidente Mohammad Asef Rahimi, y a los representantes de muchos países y culturas diversas, unidos en la búsqueda de respuestas adecuadas a necesidades primarias de tantos hermanos y hermanas nuestros: tener el pan de cada día y sentarse dignamente a la mesa.

Saludo al director general, el profesor José Graziano da Silva, a quien he tenido ocasión de encontrar al comienzo de mi ministerio como obispo de Roma. En aquella ocasión me manifestó que la situación mundial es especialmente difícil, no sólo a causa de la crisis económica, sino también por los problemas ligados a la seguridad, a demasiados conflictos abiertos, al cambio climático, a la conservación de la diversidad biológica. Todas estas son situaciones que requieren un compromiso renovado de la FAO para hacer frente a los múltiples problemas del mundo agrícola y de cuantos viven y trabajan en zonas rurales.

Las iniciativas y las soluciones posibles son muchas y, no se limitan al aumento de la producción. Es bien sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, hay millones de personas que sufren y mueren de hambre: esto, queridos amigos, constituye un verdadero escándalo. Es necesario, pues, encontrar la manera de que todos puedan beneficiarse de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que aumente la diferencia entre los que más tienen y los que tienen que conformarse con las migajas, sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, equidad y respeto a todo ser humano.

Creo que el sentido de nuestro encuentro es el de compartir la idea de que se puede y se debe hacer algo más para dar vigor a la acción internacional en favor de los pobres, no sólo armados de buena voluntad o, lo que es peor, de promesas que a menudo no se han mantenido. Tampoco se puede seguir aduciendo como coartada, la crisis global actual, de la que, por otro lado, no se podrá salir completamente hasta que no se consideren las situaciones y condiciones de vida a la luz de la dimensión de la persona humana y de su dignidad.

La persona y la dignidad humana corren el riesgo de convertirse en una abstracción ante cuestiones como el uso de la fuerza, la guerra, la desnutrición, la marginación, la violación de las libertades fundamentales o la especulación financiera, que en este momento condiciona el precio de los alimentos, tratándolos como cualquier otra mercancía y olvidando su destino primario. Nuestro cometido consiste en proponer de nuevo, en el contexto internacional actual, la persona y la dignidad humana no como un simple reclamo, sino más bien como los pilares sobre los cuales construir reglas compartidas y estructuras que, superando el pragmatismo o el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las divisiones y colmar las diferencias existentes.

En este sentido, es necesario contraponerse a los intereses económicos miopes y a la lógica del poder de unos pocos, que excluyen a la mayoría de la población mundial y generan pobreza y marginación, causando disgregación en la sociedad, así como combatir esa corrupción que produce privilegios para algunos e injusticias para muchos.

La situación que estamos viviendo, aunque esté directamente relacionada con factores financieros y económicos, es también consecuencia de una crisis de convicciones y valores, incluidos los que son el fundamento de la vida internacional. Este es un marco que requiere emprender una consciente y seria obra de reconstrucción, que incumbe también a la FAO.

Quiero evidenciar, quiero señalar, la palabra: obra de reconstrucción. Pienso en la reforma iniciada para garantizar una gestión más funcional, transparente y ecuánime. Es un hecho ciertamente positivo, pero toda auténtica reforma consiste en tomar mayor conciencia de la responsabilidad de cada uno, reconociendo que el propio destino está ligado al de los otros. Los hombres no son islas, somos comunidad.

Pienso en aquel episodio del Evangelio, por todos conocido, en el que un samaritano socorre a quien está necesitado. No lo hace como un gesto de caridad o porque dispone de dinero, sino para hacerse uno con aquel a quien ayuda: quiere compartir su suerte. En efecto, tras haber dejado dinero para curar al herido, anuncia que volverá a visitarlo para cerciorarse de su curación. No se trata de mera compasión o tal vez de una invitación a compartir o a favorecer una reconciliación que supere las adversidades y las contraposiciones. Significa más bien estar dispuestos a compartirlo todo y a decidirse a ser buenos samaritanos, en vez de personas indiferentes ante las necesidades de los demás.

A la FAO, a sus Estados miembros, así como a toda institución de la comunidad internacional, se les pide una apertura del corazón. Es preciso superar el desinterés o el impulso a mirar hacia otro lado, y prestar atención con urgencia a las necesidades inmediatas, confiando al mismo tiempo que maduren en el futuro los resultados de la acción de hoy. No podemos soñar con planes asépticos. Hoy no sirven. Todo plan propuesto nos debe involucrar a todos. Ir adelante de manera constructiva y fecunda en las diversas funciones y responsabilidades significa capacidad de analizar, comprender y entregar, abandonando cualquier tentación de poder, o de poseer más y más, o buscar el propio interés en lugar de servir a la familia humana y, en ella, especialmente y sobre todo a los indigentes y los que aún sufren por hambre y desnutrición.

Somos conscientes de que uno de los primeros efectos de las graves crisis alimentarias, y no sólo las causadas por desastres naturales o por conflictos sangrientos, es la erradicación de su ambiente de personas, familias y comunidades. Es una dolorosa separación que no se limita a la tierra natal, sino que se extiende al ámbito existencial y espiritual, amenazando y a veces derrumbando las pocas certezas que se tenían. Este proceso, que ya se ha hecho global, requiere que las relaciones internacionales restablezcan esa referencia a los principios éticos que las regulan y redescubran el espíritu auténtico de solidaridad que puede hacer incisiva toda la actividad de cooperación.

A este respecto, es sumamente expresiva la decisión de dedicar el próximo año a la familia rural. Más allá de un motivo de celebración, se ha de reforzar la convicción de que la familia es el lugar principal del crecimiento de cada uno, pues a través de ella el ser humano se abre a la vida y a esa exigencia natural de relacionarse con los otros. Podemos constatar tantas veces cómo los lazos familiares son esenciales para la estabilidad de las relaciones sociales, para la función educativa y para un desarrollo integral, puesto que están animados por el amor, la solidaridad responsable entre las generaciones y la confianza recíproca. Estos son los elementos capaces de hacer menos gravosas hasta las situaciones más negativas, y llevar a una verdadera fraternidad a toda la humanidad, haciendo que se sienta una sola familia, en la que la mayor atención se pone en los más débiles.

Reconocer que la lucha contra el hambre pasa por la búsqueda del diálogo y la fraternidad comporta para la FAO el que su contribución en las negociaciones entre los Estados, dando un nuevo impulso a los procesos de toma de decisiones, se caracterice por la promoción de la cultura del encuentro; promocionar la cultura del encuentro y la cultura de la solidaridad. Pero esto requiere la disponibilidad de los Estados miembros, el pleno conocimiento de las situaciones, una preparación adecuada, e ideas capaces de incluir a toda persona y toda comunidad. Sólo así será posible conjugar el afán de justicia de miles de millones de personas con las situaciones concretas que presenta la vida real.

La Iglesia Católica, con sus estructuras e instituciones, les acompaña en este esfuerzo, que busca lograr una solidaridad concreta, y la Santa Sede sigue con interés las iniciativas que la FAO emprende, alentando todas sus actividades. Les agradezco este momento de encuentro, y bendigo el trabajo que desempeñan a diario al servicio de los últimos. ¡Muchas gracias!