El secreto para vivir la vida a ritmo de oración

Juan Pablo II muestra cómo salpicar el día con los salmos

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CIUDAD DEL VATICANO, 4 abr 2001 (ZENIT.org).- En plena sociedad de consumo, marcada por el ritmo vertiginoso de la competencia, Juan Pablo II ha querido ilustrar medios concretos con los que un cristiano puede salpicar sus días con momentos sencillos de intensa oración que pueden dejar una huella de eternidad en su vida.



Se trata de un recurso del que se sirvieron ya los primeros discípulos de Jesús y que recibieron en herencia del pueblo judío: los salmos. Estupendos pasajes de sugerente belleza poética en los que «el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu, presente en las Escrituras, y el Espíritu que habita en él por la gracia del Bautismo», constató el Papa.

Escucharon esta mañana en la plaza de San Pedro la reflexión del pontífice quince mil peregrinos de todos los continentes que participaron en la tradicional audiencia de los miércoles. Su intervención forma parte de una serie de catequesis que comenzó la semana pasada en las que se propone mostrar cómo es posible rezar hoy día con los salmos y los himnos de la «Liturgia de las Horas», oraciones que tras el Concilio Vaticano II no sólo rezan sacerdotes, religiosos y religiosas, sino también muchos laicos.

En su catequesis, Juan Pablo II invitó a los peregrinos a remontarse a los primeros años del cristianismo, hasta llegar a Jerusalén, «cuando todavía estaba en vigor una relación cercana entre la oración cristiana y las así llamadas "oraciones legales" --es decir, prescritas por la Ley de Moisés--, que tenían lugar a determinadas horas del día en el Templo de Jerusalén».

De hecho, el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles explica, recordó el Papa, cómo los primeros cristianos «acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu» a diferentes horas del día, especialmente por la mañana y la noche.

«Con el pasar del tiempo, los discípulos de Jesús encontraron algunos que algunos salmos eran particularmente apropiados para determinados momentos de la jornada, de la semana o del año, percibiendo en ellos un sentido profundo relacionado con el misterio cristiano», explicó el Papa.

Esta oración cobró una importancia tal que los antiguos monjes «estaban convencidos de que su fe permitía liberar de los versos de los salmos una particular "energía" del Espíritu Santo». Se convirtieron así en la oración pública de la Iglesia.

De hecho, aclaró, para la Iglesia, «toda oración cristiana nace, se alimenta y desarrolla a la luz del acontecimiento central de la fe, el Misterio pascual de Cristo. Por eso, el amanecer y el ocaso recuerdan la Pascua, el paso del Señor de la muerte a la vida. Las horas diurnas a su vez evocan la pasión del Señor y la hora tercia la venida del Espíritu Santo. Distribuyendo así la plegaria, los cristianos responden al mandamiento del Señor de "orar siempre", sin olvidar que toda la vida debe ser, en cierto modo, oración».

La conclusión de la intervención del obispo de Roma se convirtió en un tratado de oración en tiempos de consumismo: el rezo del Gloria con el que termina la recitación de los salmos «se convierte, para cada creyente en Cristo en un volver a bucear, siguiendo la ola del espíritu y en comunión con todo el pueblo de Dios, en el océano de vida y paz en el que ha sido sumergido con el Bautismo, es decir, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».