El sentido de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, instituida por Juan Pablo II

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 1 febrero 2007 (ZENIT.org).- La Presentación de Jesús en el Templo, que la Iglesia celebra el 2 de febrero, llena de contenido la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, vínculo que evidencia en portada el diario oficioso del vaticano «L’Osservatore Romano».



Víspera de tal celebración, en su edición de este jueves el diario recuerda que se remonta al siglo IV, en Jerusalén, la fiesta litúrgica de la Presentación de Jesús en el Templo, pues desde entonces llegan testimonios de ello.

En el curso del tiempo la fiesta celebró la experiencia de María, quien, en obediencia a la ley, se acercó al Templo a los cuarenta días del nacimiento de Jesús para presentarlo al Padre y para cumplir con el rito de la propia purificación.

Es el momento del primer «encuentro oficial» --señala el diario vaticano-- de Jesús con su pueblo, en la persona del anciano Simeón. De ahí que esta fiesta, en las Iglesias ortodoxas, sea llamada «el Santo Encuentro» («hypapantè») del Señor.

«Es un encuentro y una manifestación, dado que María, al entrar en el Templo, manifiesta al mundo a Aquél que ha dado la Ley y la realiza, y acompaña al Hijo en su primer ofrecimiento al Padre», prosigue.

Fue la reforma litúrgica de 1966 la que devolvió a la celebración su significado eminentemente cristológico.

Y es que la consagración de Jesús al Padre, realizada en el Templo, anuncia su ofrecimiento sacrificial en la cruz, del que María será profundamente partícipe, como permite entrever la profecía: «Una espada te traspasará el alma».

Además la celebración se considera la Fiesta de la luz, igualmente por cuanto Simeón dijo de Jesús: «Luz para alumbrar a las naciones...», y popularmente se denomina «la Candelaria» porque está enriquecida con la bendición de las velas.

El 2 de febrero se estableció, a partir de 1997, como Jornada Mundial de la Vida Consagrada por Juan Pablo II tras la Exhortación Apostólica Postsinodal «Vita consecrata» -que firmó el 25 de marzo de 1996-.

El documento trata de la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo.

«A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con corazón “indiviso” (1 Co 7, 34)», recuerda Juan Pablo II en la introducción de «Vita consecrata».

«Don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu»: así define el Papa Karol Wojtyla «la vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor».

Y es que «con la profesión de los consejos evangélicos -explica-, los rasgos característicos de Jesús -virgen, pobre y obediente- tienen una típica y permanente “visibilidad” en medio del mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo».