El signo de la Cruz, un «sí» visible y público a Cristo, asegura Benedicto XVI

Reflexiona durante el Ángelus en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

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CASTEL GANDOLFO, domingo, 11 septiembre 2005 (ZENIT.org).- El signo de la Cruz no debe ser un gesto rutinario, sino el pronunciamiento de un «sí» visible y público al amor de Cristo que murió por nosotros, afirmó este domingo Benedicto XVI al rezar la oración mariana del Ángelus.



El Papa meditó sobre el significado de la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz, que se celebra el próximo miércoles, 14 de septiembre, durante el encuentro dominical con varios miles de peregrinos congregados en la residencia pontificia de esta localidad situada a unos 30 kilómetros de Roma.

En el Año dedicado a la Eucaristía, invitó a meditar particularmente «en el profundo e indisoluble lazo que une la celebración eucarística con el misterio de la Cruz».

«Cada santa misa, de hecho, actualiza el sacrificio redentor de Cristo», afirmó. «La Eucaristía es por tanto el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la Cruz es la manifestación impactante del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios ha salvado al hombre y al mundo del pecado y de la muerte».

«Por este motivo --aclaró--, el signo de la Cruz es el gesto fundamental de la oración del cristiano».

Según el obispo de Roma, «hacerse el signo de la Cruz es pronunciar un sí visible y publico a quien murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Omnipotente, más fuerte que toda la potencia y la inteligencia del mundo».

La Cruz, siguió subrayando, «no es un incidente en el camino, sino el pasaje por el que Cristo entró en su gloria y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad».

Por este motivo, junto a la liturgia, el sucesor de Pedro exhortó a los creyentes a elevar una imploración: «¡Quédate con nosotros, Señor, que por tu santa cruz has redimido al mundo!».

Como hacía Juan Pablo II al final de sus discursos, Benedicto XVI dedicó las últimas palabras de su meditación a la Virgen.

«Cuando recibimos la santa comunión, como María y unidos a ella, nos abrazamos al madero que Jesús con su amor ha transformado en instrumento de salvación y pronunciamos nuestro "amén", nuestro "sí" al Amor crucificado y resucitado», concluyó.