El Vaticano a la ONU: Es posible ganar la guerra contra el SIDA

Propuestas de la Santa Sede para la Cumbre sobre la epidemia VIH

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NUEVA YORK, 1 mar 2001 (ZENIT.org).- La Santa Sede ha propuesto a las Naciones Unidas una serie de medidas de amplísimo alcance con el objetivo de erradicar la difusión y los efectos del virus del sida a nivel mundial.



Al intervenir ante la reunión del Comité de preparación de la Sesión Especial que celebrará la ONU sobre el SIDA (25 al 27 de junio de 2001), el arzobispo Renato R. Martino, observador permanente de la Santa Sede ante esa institución, consideró el pasado 27 de febrero que, si se dan ciertas condiciones, es posible vencer la guerra contra el virus VIH.

La cumbre de las Naciones Unidas tiene por objetivo precisamente revisar el problema del SIDA en todos sus aspectos y promover un compromiso global para combatir la epidemia.

Con este motivo, el 20 de febrero pasado el secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, publicó un informe en el que declara que la epidemia de VIH/SIDA «es el mayor obstáculo para el desarrollo al que nos enfrentamos en nuestro tiempo».

En su informe, Kofi Annan revela que a finales del 2000, en todo el mundo había 36,1 millones de varones, mujeres y niños viviendo con el VIH o con SIDA, y otros 21,8 millones habían fallecido ya por esa enfermedad. Se estima que el mismo año se produjeron unos 5,3 millones de nuevas infecciones y 3 millones de defunciones, la cifra anual de fallecimientos por SIDA más elevada hasta el presente.

Actualmente el SIDA está en todas partes, pero la región del mundo más gravemente afectada es África subsahariana. El 70% de los adultos y el 80% de los niños que viven con el VIH en todo el mundo corresponden al continente africano, al igual que las tres cuartas partes de las personas que han fallecido por causa del SIDA desde el comienzo de la epidemia, constata el informe del secretario general de la ONU. Se estima que, durante 2000, en África subsahariana 3,8 millones de personas pasaron a infectarse por el VIH y 2,4 millones de personas fallecieron por SIDA. Esa enfermedad es ahora la principal causa de mortalidad en África.

Ante este panorama, monseñor Martino, recogiendo la experiencia de asistencia de la Iglesia sobre el terreno en los cinco continentes, ofreció su propuesta: «La misma solidaridad, atención y recursos que permitieron la casi erradicación del flagelo de la poliomielitis y de la viruela, podría aplicarse a la pandemia de VIH/SIDA».

El embajador de Juan Pablo II ante el palacio de cristal de la ONU en Nueva York considera que en la próxima cumbre la ONU tiene que afrontar directamente la raíz de la epidemia. Por eso, afirmó: «La Santa Sede vuelve a exponer su larga y bien conocida posición sobre la propagación de la enfermedad. La abstinencia, el comportamiento responsable, la capacidad para protegerse de los comportamientos irresponsables de los demás y una mayor atención para acabar con la ignorancia que permite la expansión de la enfermedad tienen que ser incluidas en la discusión».

El arzobispo consideró que es necesario en la futura asamblea general dejar a un lado ideologías y afrontar el problema en su realidad: «Tenemos que asegurar la participación de aquellos que están en la línea del frente contra la epidemia, así como la de aquellos que asisten a los que están afectados por el virus VIH y el SIDA».

Al mismo tiempo, el representante pontificio pidió cambiar la mentalidad que se ha extendido por muchos países: «No tenemos que ver la epidemia como algo aplastante, sino más bien como una enfermedad que afecta a una persona, a una familia, a una comunidad, a una nación y al mundo entero».

«La importancia de la próxima sesión especial no debe ser subestimada --concluyó el «embajador» del Papa--. Ofrecerá una oportunidad para discutir, dirigir y establecer una nueva solidaridad para combatir, atender y sanar a los enfermos. Todo el mundo es testigo de cómo muere la gente y las Naciones Unidas tienen que ser el lugar en el que las discusiones reales se afrontan y en el lugar en el que, si Dios quiere, se gana la primera batalla de la guerra».