El Verbo hecho carne nos pide acogerle en paz

Catequesis para la familia, semana del 22 de diciembre de 2013

Toledo, (Zenit.org) Luis Javier Moxó Soto | 430 hits

Esta IV semana de Adviento es un poco peculiar, pues no llega a ser del todo una semana. Terminamos el tiempo de Adviento en la hora de nona de este próximo martes 24, a eso de las tres de la tarde, que es también la hora de la misericordia. Por ello, con la misma oración del Ángelus pedimos al Señor que derrame su gracia sobre nosotros que hemos conocido, por el anuncio del ángel Gabriel, la encarnación de su Hijo. Todo en esta semana nos llama a acoger y abandonarnos a Dios al mismo tiempo, con el corazón lleno de misericordia.

En las lecturas del evangelio de días pasados hemos podido contemplar, con san Lucas, dos anuncios: el jueves 19 el del nacimiento de Juan el Bautista (Lc 1,5-25), y el viernes 20 el de Jesús (Lc 1, 26-38). Comenzamos esta semana, de la mano de san Mateo, con el anuncio a san José (Mt 1, 18-24) como preparación inmediata también a nuestra propia acogida sin temor, con paz, como el pide siempre el ángel.

Nuestro corazón ha sido hecho y educado, ni más ni menos, que para acoger a su hacedor y a quien más le corresponde y conoce, a su pacificador, consolador y el único que lo puede satisfacer por entero. El Señor ha venido para reconstruir, para rehacer al hombre y al mundo, ha venido trayendo ante todo la paz. Para todo esto, a lo largo del Adviento se nos ha pedido permanecer en vela esperando activamente, en oración, la salvación cercana (semana I); agradecer al Señor el regalo de nuestra Madre inmaculada (semana II); sabiendo que nuestra esperanza está cumplida del todo con Jesucristo (semana III), para culminar en ésta al lado de san José en la confianza y la acogida plenas. Igual que fue elegido como padre adoptivo de Jesús, nosotros con José somos hijos adoptivos de Dios. Al final del Adviento, de la espera tenemos la seguridad de que Dios ya ha venido, de que ya actúa en nosotros.

¿Cómo espero y quiero vivir y celebrar la Navidad con mis familiares, amigos y conocidos? ¿Siempre igual, como un año más? ¿Qué es realmente la Navidad? ¿Qué supone para mí que el Acontecimiento se haya hecho carne y haya puesto su morada entre los hombres esperando ser acogido? ¿Qué pienso y siento cuando digo “Feliz Navidad”? ¿Lo es para mí de verdad?

Con la Navidad entró en el mundo una realidad nueva, una presencia nueva. La certeza se hace objetiva. La presencia del Verbo no es una mera apariencia que pueda engañar. El anuncio de esta novedad de vida interesa precisamente en cuanto tiende por entero a transformarnos también a cada uno de nosotros. La perspectiva de la Encarnación es asimilarnos, unirnos a su divinidad. El verbo se ha hecho carne… para asumirnos en Él. (L. Giussani)

Los belenes, tanto los de nuestras casas como los que podemos contemplar fuera, hechos por nosotros u otros, vivientes o no, pueden ser solamente representaciones magníficas, inscritas incluso en concursos, en los que se valore unas habilidades técnicas de determinados artistas. ¿O quizá algo más? La Encarnación y el Nacimiento de Jesús se dieron de modo concreto en la realidad, en aquella noche, aquella situación, conocido por aquella gente de aquel tiempo. Las modalidades actuales de la encarnación precisan que para ser necesitemos estar dentro de una situación real y concreta. A eso nos remite el belén, a vivir en nosotros un nuevo nacimiento, una nueva identificación con Dios, manifestándole con alegría en este tiempo que nos ha tocado.

Cristo se nos ha comunicado para la misión. Todo el significado de nuestra vida se resume en dar testimonio, en comunicar a todos que Él ha venido, el anuncio de la alegría de la Navidad. Por ello, inmediatamente después de la Navidad tenemos tres fiestas que expresan el testimonio de la venida del Señor al mundo. El jueves 26 tenemos a san Esteban, protomártir, que fue el primero de los siete diáconos que los apóstoles eligieron como cooperadores de su ministerio, y el primero de los discípulos del Señor que en Jerusalén derramó su sangre, dando testimonio de Cristo. El viernes 27 celebramos a san Juan, apóstol y evangelista que fue testigo de la transfiguración y de la pasión del Señor, mostrándose como teólogo, habiendo contemplado la gloria de Verbo encarnado y anunciando lo que vio. Y el sábado 28, a los Santos Inocentes, mártires, primicia de todos los que habían de derramar su sangre por Dios y el Cordero (Martirologio Romano).

Vivamos en su Presencia dando testimonio vivo de Él a todos, con paz y sencillez de corazón.