El verdadero sacrificio, según el predicador del Papa

El padre Raniero Cantalamessa comenta las lecturas del próximo domingo

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El verdadero sacrificio, según el predicador del Papa


El padre Raniero Cantalamessa comenta las lecturas del próximo domingo

ROMA, viernes, 3 junio 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa --predicador de la Casa Pontificia-- a las lecturas del próximo domingo (Os 6,3b-6; Sal 49,1-15; Rm 4,18-25; Mt 9,9-13).

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10 del tiempo ordinario – año A
Mateo (9,9-13)

En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio».

Dios quiere misericordia

Hay algo conmovedor en el Evangelio del día. Mateo no nos narra algo que Jesús dijo o hizo un día a alguien, sino lo que le dijo y le hizo personalmente a él. Es una página autobiográfica, la historia del encuentro con Cristo que cambió su vida.

«Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió». El episodio, sin embargo, no es citado en los Evangelios por la importancia personal que revestía Mateo. El interés se debe a lo que sigue al momento de la llamada. Mateo quiso ofrecer un gran banquete en su casa para despedirse de sus ex compañeros de trabajo, «publicanos y pecadores».

A la indefectible reacción de los fariseos Jesús responde: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio».¿Qué significa tal frase en la que Jesús cita al profeta Oseas? ¿Tal vez que es inútil todo sacrificio y mortificación y que basta amar para que todo vaya bien? De este pasaje se puede llegar a rechazar la dimensión ascética del cristianismo, como residuo por superar de una mentalidad aflictiva o maniquea.

Ante todo hay que observar un profundo cambio de perspectiva. En Oseas, la expresión se refiere al hombre, a lo que Dios quiere de él. Dios quiere del hombre amor y conocimiento, no sacrificios exteriores y holocaustos de animales. En boca de Jesús, la expresión se refiere en cambio a Dios. El amor del que se habla no es el que Dios exige del hombre, sino el que da al hombre. «Misericordia quiero, que no sacrificio» quiere decir: quiero usar misericordia, no condenar. Su equivalente bíblico es la palabra que se lee en Ezequiel: «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (33,11).

Dios no quiere «sacrificar» a su criatura, sino salvarla. Con esta puntualización se entiende mejor también la expresión de Oseas. Dios no quiere el sacrificio a toda costa, como si gozara viéndonos sufrir; no quiere tampoco el sacrificio hecho para alegar derechos y méritos ante él, o por un malentendido sentido del deber. Quiere en cambio el sacrificio que es requerido por su amor y por la observancia de los mandamientos. «No se vive en amor sin dolor», dice la Imitación de Cristo, y la misma experiencia diaria lo confirma. No hay amor sin sacrificio. En este sentido, Pablo nos exhorta a hacer de toda nuestra vida «un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).

Sacrificio y misericordia son cosas buenas, pero pueden convertirse en malas si se distribuyen mal. Son cosas buenas si (como hizo Cristo) se elige el sacrificio para uno y la misericordia para los demás; se vuelven malas si se hace lo contrario y se elige la misericordia para uno y el sacrificio para los demás. Si se es indulgente con uno mismo y riguroso con los demás, dispuestos siempre a excusarnos a nosotros y despiadados al juzgar a los otros. ¿No tenemos nada que revisar al respecto en nuestra conducta?

No podemos concluir el comentario de la llamada de Mateo sin dedicar un pensamiento afectuoso y reconocido a este evangelista que nos acompaña, con su Evangelio, en el curso de todo este primer año litúrgico.

Caravaggio, que pintó la «vocación de Mateo», también dejó un cuadro del evangelista mientras escribe su Evangelio. Una primera versión fue destruida en Berlín en la última guerra; en una segunda versión, que ha llegado hasta nosotros, está arrodillado sobre el escabel, con la pluma en la mano, atento a escuchar al ángel (su símbolo) que le transmite la inspiración divina. Gracias, san Mateo. Sin ti, ¡cuánto más pobre sería nuestro conocimiento de Cristo!

[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]