Empresarios cristianos: “Hace falta una economía de mercado solidaria”

Desafíos de la Empresa a 200 años de la independencia de América Latina

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COCHABAMBA, miércoles 23 de junio de 2010 (ZENIT.org).- Un grupo de obispos, empresarios, sacerdotes y laicos, convocados por el Departamento de Justicia y Solidaridad del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y por la Unión Internacional Cristiana de Dirigentes de Empresa (UNIAPAC) Latinoamericana, se reunieron en Cochabamba (Bolivia), del 17 al 18 de junio.

El objetivo era estudiar los desafíos de la empresa a 200 años de la independencia de América Latina y el Caribe.

Los asistentes al encuentro procedían de México, República Dominicana, Haití, Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, informa el CELAM. El 18 de junio, dieron a conocer la Declaración de Cochabamba, en la que hacen una serie de propuestas.

Durante estos días han orado, reflexionado y discernido juntos en clima de fraternidad. La convivencia, afirman los asistentes, “ha sido sencilla, franca y alegre; nuestros diálogos fueron respetuosos y sinceros. Nuestra búsqueda común –de pastores y empresarios- consistió en identificar algunos desafíos de la empresa a 200 años de la Independencia de América Latina y El Caribe”.

Para efectuar su búsqueda eligieron como guía y punto de referencia la encíclica Caritas in Veritate del Papa Benedicto XVI.

En relación a la celebración del bicentenario de la independencia, los asistentes se centraron en temas como la libertad, la justicia, la verdad y la fraternidad.

Afirman que la celebración de la Independencia en los países latinoamericanos “es una oportunidad para que, desde la memoria que tenemos de nuestro pasado y la visión de su actual coyuntura cultural –política, religiosa y socioeconómica-, analicemos los desafíos que prevemos deberá afrontar la empresa en los tiempos que se avecinan”.

Respecto al tema de la globalización, afirman: “Vivimos en el contexto de una sociedad globalizada. En ella se manifiesta una creciente interdependencia que, a su vez, implica la intradependencia, es decir, la interacción entre los actores sociales hacia una vida digna sostenible”.

“Ello implica –añaden- abrir mercados y acceder a ellos en condiciones equitativas, con justas regulaciones, frente al proteccionismo que prevalece de los países industrializados”.

Los asistentes afirman que se precisa “una economía de mercado solidaria, que incorpore a toda la persona y a todas las personas. Es necesario mostrar y hacer patente cómo la riqueza privada redunda, mediante su justo aporte, en el bien común, sobre todo en beneficio de los más empobrecidos y excluidos”.

Ser empresario cristiano en estos tiempos, según los firmantes de la Declaración, “tiene un profundo significado humano; es un proyecto de vida que adquiere su sentido de la fe, la esperanza y la caridad. Compromete a vivir con autenticidad el sacerdocio bautismal”.

“Sus convicciones son, entre otras, que el hombre no será humano si no es hermano; que el capital humano es el primer capital; que la empresa, es sociedad de capitales y, sobretodo, una sociedad de personas”.

Los firmantes enumeran una serie de desafíos a los que se enfrenta la empresa latinoamericana.

En primer, lugar, “promover y desarrollar en la empresa el sentido ético y el compromiso social, logrando una empresa más cercana a los trabajadores y a la comunidad. La empresa exitosa es una oportunidad para todos, fomenta fraternidad en la forma en que orienta sus negocios, y practica valores que van más allá que lo económico, pudiendo ser un espacio de libertad y participación”.

Así mismo, “fomentar el encuentro y la comunión entre empresarios, con el Estado y la sociedad civil. Consecuentemente, que influyan más en las políticas públicas para fomentar y salvaguardar la libertad, la justicia, la solidaridad y el bien común, pues dichas políticas públicas favorecen o perjudican el desarrollo de nuestros pueblos”.

“Propiciar espacios de diálogo plural para lograr acuerdos sobre lo fundamental”.

“Trabajar a favor de la verdad y de la transparencia en las empresas, en los Estados y en las organizaciones no gubernamentales”.

“Lograr una economía en la que se evidencie que la dimensión del don y gratuidad integran y trascienden la lógica de la compraventa. Ello implica: emprender con imaginación y talante innovador; urgir al cuidado de la creación, del ser humano y de sus comunidades y, finalmente, de las futuras generaciones”.

“Defender los derechos fundamentales del hombre, particularmente el derecho a la vida, a la salud, a la educación y al trabajo. Defender, también, la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos los hombres, incluyendo las generaciones futuras”.

“Afrontar y superar con entereza y fortaleza las situaciones de injusticia, asegurando la vida digna de las comunidades, mediante economías sanas y solidarias, favoreciendo una economía de la caridad y la caridad en la economía”.

“Vivir el quehacer empresarial desde la consagración bautismal y su espiritualidad, gestionando la empresa – lugar donde vive su misión de discípulo de Jesús – de acuerdo a los valores evangélicos y a su vocación laical”.

“Incentivar – frente al cambio epocal que experimentamos – espacios y escuelas de formación para comprender los nuevos paradigmas con los cuales el emprendedor se enfrenta, y generar nuevos liderazgos”.

Y, por último, “acompañar pastoralmente, a nivel diocesano, a los empresarios, trabajadores y líderes sociales en su vivencia del seguimiento de Jesús. Promover el compromiso de los laicos, constructores de una sociedad justa, fraterna, solidaria con dignas relaciones sociales y con la naturaleza. Impulsar, para lograrlo, el conocimiento y la difusión de la Doctrina Social de la Iglesia”.

Por Nieves San Martín