''En el púlpito de la miseria'', el testimonio del padre Hartley

Un libro-denuncia de las condiciones de esclavitud que viven los cultivadores de caña en la República Dominicana

Madrid, (Zenit.org) Redacción | 1075 hits

“En el púlpito de la miseria”, de la periodista Joana Socías, narra la particular epopeya del padre Christopher Hartley. Es un libro-denuncia que narra el coraje del misionero español en denunciar la explotación que viven miles de seres humanos, en condiciones de esclavitud, en los bateyes donde se cultiva la caña de azúcar en la República Dominicana.

Este libro, publicado por la editorial La Esfera de los Libros, es el relato de la historia de un hombre que decidió perder el miedo.

El padre Christopher Hartley Sartorius se hizo cargo de su nueva parroquia en la República Dominicana el 5 de septiembre de 1997, el mismo día que fallecía en Calcuta la madre Teresa, la mujer que le adentró en el mundo de los pobres.

En su parroquia, en el olvidado pueblo dominicano de Los Llanos, enclavado en medio de infinitas plantaciones de caña de azúcar, el sacerdote descubrió una realidad infame que le llevó a encontrarse con un rostro de Dios que desconocía: en los cañaverales caribeños, el padre Christopher se enfrentó a una industria perversa, la de la caña azucarera que utiliza métodos esclavistas en pleno siglo XXI.

Inició entonces una batalla que actualmente le ha llevado a poner bajo la lupa internacional el comercio del azúcar en todo el mundo.

Es un testimonio estremecedor de una realidad que ha permanecido oculta durante demasiado tiempo y que ahora sale a la luz, esperando provoque la indignación de muchos.

El prólogo del libro ha sido escrito por monseñor Jesús Sanz Montes OFM, arzobispo de Oviedo.

“El padre Christopher –dice monseñor Sanz Montes- narra con la vida entregada por los preferidos del Señor, lo que en tantos lugares sigue sucediendo al margen de nuestra indiferencias y nuestras boberías”.

“De pronto –añade--, como un aldabonazo, nos permite situarnos dentro de esta aldea global con una conciencia de proximidad que no permite que sigamos indiferentes. No podemos asistir impávidos a una catástrofe que no tiene que ver con nosotros, que no nos afecta, sino que sentimos la necesidad de agradecer lo que tenemos como don y regalo, y hacer algo por quienes nunca tuvieron nada o de pronto todo lo han perdido. Pero además, y más importante, no simplemente asistir a los pobres, sino pedir la gracia de existir entre ellos. Esta solidaridad la hemos aprendido del mismo Dios que se hizo uno de los nuestros sin dejar de ser quien Él era. Y nos hace humanos, nos saca de nuestros agujeros de seguridad y de nuestras fugas egoístas, al tiempo que nos permite advinar (…) que hay demasiados rincones de este mundo en donde hay gente que sufre, que está falta de libertad, de paz, de pan, de dignidad, de afecto, de fe, de esperanza”.