En el rostro de cada enfermo brilla el rostro de Cristo, explica el Papa

Encuentro en la Jornada Mundial del Enfermo

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 11 febrero 2007 (ZENIT.org).- En el rostro de cada enfermo brilla el rostro de Cristo, constató Benedicto XVI este domingo al celebrar la Jornada Mundial del Enfermo.



Este es el mensaje que dirigió en la noche a los enfermos al final de la misa que presidió el cardenal Camillo Ruini, obispo vicario de Roma, en la Basílica de San Pedro del Vaticano, para los enfermos, muchos de ellos venidos gracias a la Obra Romana para las Peregrinaciones.

«En el rostro de todo ser humano, en particular si sufre o está desfigurado por la enfermedad, brilla el rostro de Cristo, quien dijo: “cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25, 40)», dijo el Papa.

El Santo Padre quiso que esta Jornada sirva para «hacer experimentar la cercanía material y espiritual de toda la comunidad cristiana» a los enfermos.

«Es importante no dejarles en el abandono y en la soledad, mientras tienen que afrontar un momento tan delicado de su vida», aclaró.

«Por tanto, tienen gran mérito aquellos que, con paciencia y amor, ponen a su servicio las competencias profesionales y el calor humano», añadió.

«Pienso en los médicos, en los enfermeros, en los agentes sanitarios, en los voluntarios, en los religiosos y religiosas, en los sacerdotes, que sin reservas se inclinan ante ellos, como el buen samaritano, que no prestan atención a su condición social, al color de la piel o a la pertenencia religiosa, sino sólo a aquello que necesitan», afirmó.

Tras la misa tuvo lugar una procesión con las antorchas que hizo revivir en la Plaza de San Pedro el ambiente que se experimenta en Lourdes al caer la noche.

El pensamiento del Papa al final de su discurso se dirigió precisamente «a la gruta de Massabielle, donde se encuentran el dolor humano y la esperanza, el miedo y la confianza».

«¡Cuántos peregrinos, consolados por la mirada de la Madre, encuentran en Lourdes la fuerza para cumplir más fácilmente la voluntad de Dios, incluso cuando cuesta renuncia y dolor», reconoció.

«Que la antorcha que lleváis encendida entre las manos sea el signo de un sincero deseo de caminar con Jesús, fulgor de paz que ilumina las tinieblas y nos lleva a ser luz y apoyo para quien vive junto a nosotros», les dijo el pontífice.

«Que nadie que se encuentra en situaciones de duro sufrimiento se sienta nunca solo o abandonado», concluyó.