En Estados Unidos crece el debate sobre la vida eterna de las mascotas

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SAN ANTONIO, martes, 27 julio 2004 (ZENIT.org).- Una nación tan desarrollada, económicamente, como los Estados Unidos de América tiene el tiempo de ocio suficiente como para plantearse si las mascotas tienen o no vida eterna, al igual que los seres humanos.



A inicios del siglo XXl, la industria de las mascotas ha tomado un auge inusitado. Hoy se encuentran en ciudades medias de Estados Unidos clínicas, gimnasios, hospitales, peluquerías, guarderías, campos de vacaciones y hasta cementerios, obituarios y servicios religiosos para las mascotas que mueren.

«Muchos libros, sitios en Internet y servicios religiosos mantienen viva la memoria de las mascotas y ofrecen esperanza a sus dueños de que la muerte no los separará de sus animales predilectos», dijo David Briggs, del servicio de noticias religiosas del San Antonio Express News.

En una nación con tantas expresiones religiosas, los acongojados dueños de las mascotas encuentran siempre una vía para celebrar sus exequias y orar en su memoria.

Tal es el caso, por ejemplo, del Templo Budista de Cleveland, en donde los que desean tener un servicio religioso por sus perros lo tienen y, por un precio módico, obtienen, también, la promesa de reunirse con ellos en la próxima vida.

Libros como «¿Veré a Fido en el cielo?» de Mary Buddemeyer-Porter se están convirtiendo en auténticos best-sellers. La tesis que maneja es muy sencilla: en una nación donde cada día hay más gente sola --uno de cada dos matrimonios termina en separación o divorcio-- las mascotas se están convirtiendo en verdaderos acompañantes de la gente.

Y los dueños quieren creer, a toda costa, que hay vida después de la vida para ellas. Lo que ha hecho el comercio es mantenerles viva la esperanza.

Quienquiera que se dé un paseo por el cementerio de mascotas de la ciudad de San Antonio, puede encontrarse lápidas lujosamente talladas en las que se recuerda a la perrita «Dolly», muerta en mayo 17 de 2003 y que siempre vivirá en los corazones de sus dueños.

En el centro de la lápida, un medallón con la foto en relieve de «Dolly» y un ángel recargado en la lápida, velando por la salvación de su alma.