En la liturgia de la comunidad cristiana no hay extranjeros

Benedicto XVI recordó en la Audiencia General que se ora con toda la Iglesia Universal

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves 4 octubre 2012 (ZENIT.org).- Ayer miércoles, durante la Audiencia General desarrollada en la plaza de San Pedro en el Vaticano, el santo padre Benedicto XVI continuó con su catequesis sobre la oración, e invitó a los fieles a preguntarse: “¿Reservo un espacio suficiente para la oración en mi vida y, sobre todo, que lugar tiene en mi relación con Dios, la oración litúrgica, especialmente la Santa Misa?”.

En su ya conocido estilo de catequista universal, el papa explicó que “la vida de oración es vivir en relación con Dios como si viviese las relaciones habituales de nuestra vida, aquellos con los familiares más queridos, con los verdaderos amigos”. Y recordó que esto es posible porque, tal como dice san Pablo en Romanos 6,5: “por el Bautismo se ha comenzado a ser uno con Él”.

Y mediante esa comunión con Cristo, dijo, es que podemos conocer a Dios como verdadero Padre (cf. Mt. 11,27), porque “la oración cristiana consiste en mirar de manera constante y en una forma siempre nueva a Cristo, hablar con Él, permanecer en silencio con Él, escucharlo, actuar y sufrir con Él”.

Con el fin de evitar el riesgo del individualismo, recordó el papa que a Cristo se le descubre y se le conoce como una persona viviente, en la Iglesia, que es "su cuerpo". Y sobre los alcances de esta relación, subrayó que “encontrar la propia identidad en Cristo significa lograr una comunión con Él, que no me anula, sino me eleva a la dignidad más alta, aquella de hijo de Dios en Cristo”.

La oración en la liturgia es importante, añadió, porque “hacemos nuestro el lenguaje de la Madre Iglesia, aprendemos a hablar en ella y por ella”. Y la mejor manera de alcanzarlo es “sumergirme progresivamente en las palabras de la Iglesia, con mi oración, con mi vida, con mi sufrimiento, con mi alegría, con mis pensamientos”.

Volviendo a la pregunta inicial, el pontífice reflexionó sobre cómo se aprende a orar, trayendo como modelo nuevamente a Jesús, quien enseñó a sus discípulos el Padre Nuestro. Y a partir de este, dijo, “aprendo a orar, alimento mi oración, dirigiéndome a Dios como Padre y orando-con-otros, orando con la Iglesia, aceptando el regalo de sus palabras, que me resultan poco a poco familiares y ricas de sentido”. Y subrayó que este diálogo entre Dios y el hombre incluye siempre un "con", porque “no se puede orar a Dios de modo individualista”. Y es por ello que en la oración litúrgica, especialmente en la Eucaristía “no hablamos solo como individuos, sino que entramos en el 'nosotros' de la Iglesia que ora”.

Dado que la liturgia implica universalidad, y no la “auto-manifestación” de una comunidad, el santo padre recordó que este carácter universal debe entrar una y otra vez en el conocimiento de todos, “y que todo cristiano se sienta y sea realmente insertado en este 'nosotros' universal, que brinda la base y el refugio al “yo”, en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.

Por otro lado, explicó que si en la celebración no emerge la centralidad de Cristo, “no tendremos liturgia cristiana”, pues no es el individuo --sacerdote o laico--, o el grupo el que celebra la liturgia, “sino que es sobre todo la acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su propia historia, su rica tradición y creatividad”. Y es esta universalidad y apertura, una de la razones “por las que no puede ser creada o modificada por la misma comunidad o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal”, subrayó el santo padre.

“En la comunidad litúrgica no hay extranjeros”, enfatizó, “porque incluso en la liturgia de la comunidad más pequeña, siempre está presente toda la Iglesia, cielo y tierra, Dios y los hombres”. He hizo ver a los presentes que cuanto más animada está una celebración por esta conciencia, tanto más fructífero es en ella el sentido auténtico de la liturgia.

Hacia el final de su enseñanza, y ante una multitud que lo escuchaba atenta en la plaza de san Pedro, Benedicto XVI reconoció que la Iglesia se hace visible en muchos aspectos, ya sea en el trabajo caritativo, en proyectos misioneros, en el apostolado personal de cada cristiano, “pero el lugar donde se vive plenamente como Iglesia es la liturgia: esta es el acto por el que creemos que Dios entra en nuestra realidad y le podemos encontrar, le podemos tocar. Es el acto por el que entramos en contacto con Dios: Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él”.

Advirtió por lo mismo, que cuando en las reflexiones sobre la liturgia centramos nuestra atención solo en cómo hacerla atractiva, interesante, hermosa, “corremos el riesgo de olvidar lo esencial: la liturgia se celebra por Dios y no por nosotros mismos”. Porque la liturgia, dijo, “es obra suya; es Él el sujeto; y nosotros debemos abrirnos a Él y dejarnos guiar por Él y por su Cuerpo que es la Iglesia, sintiéndonos parte de la Iglesia viviente de todos los lugares y de todos los tiempos”.

Acto seguido rezó con los presentes, entre quienes habían llegado peregrinos de lengua española y estudiantes del Colegio Pontificio Mexicano, a los cuales les dirigió las siguientes palabras: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano, así como a los grupos provenientes de España, México, Perú, Honduras, Chile, Argentina y otros países latinoamericanos. Pidamos al Señor que sepamos vivir cada día la liturgia, especialmente la eucaristía, como acción de Dios en nosotros, y sintiéndonos parte de la Iglesia viva”. (javv)