En los momentos de soledad, el Papa invita a experimentar la «caricia» de Dios

Ante el «mal agresivo» presente en el mundo; el amor divino es la confianza del creyente

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 28 abril 2004 (ZENIT.org).- En los momentos de soledad o en los de pérdida de los seres más queridos, el creyente sabe que nunca está solo, pues Dios le ama con ternura de madre, constata Juan Pablo II.



El pontífice meditó en el «mal agresivo» presente en el mundo, sobre el que se impone la «caricia» de Dios en la audiencia general de este miércoles en la que participaron unos quince mil peregrinos.

En una soleada mañana, en la plaza de San Pedro del Vaticano, explicó que «en la soledad y en la pérdida de los afectos más queridos, el orante nunca está totalmente solo porque sobre él se inclina Dios misericordioso».

El obispo de Roma continuaba de este modo la serie de comentarios a los salmos y cánticos de la Liturgia de las Vísperas, la oración de la Iglesia al caer la noche, centrándose en esta ocasión en la segunda parte del Salmo 26 (versículos 7 a 14), acto de confianza en Dios en el peligro.

«A todas las personas ancianas, enfermas, olvidadas de todos, a las que nadie dará nunca una caricia, recordemos estas palabras del salmista y del profeta para que sientan cómo la mano paterna y materna del Señor toca silenciosamente y con amor sus rostros sufrientes y quizá regados por las lágrimas», propuso con voz temblorosa.

El pasaje presenta «la pesadilla de los enemigos, «descritos como una bestia que acecha a su presa» o como «testigos falsos» que «parecen resoplar violencia por la nariz, como las fieras ante sus víctimas».

«En el mundo hay un mal agresivo, que tiene por guía e inspirador a Satanás», reconoció el Santo Padre. En esta situación, sin embargo, el pasaje bíblico presenta «la confianza serena del fiel, a pesar del abandono incluso por parte de los padres».

«¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido», preguntó el Papa citando el famoso pasaje del profeta Isaías (49, 15).

«El rostro de Dios es la meta de la búsqueda espiritual del orante», que comprende la búsqueda «de la intimidad divina a través de la oración».

«En la liturgia y en la oración personal, se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver directamente durante nuestra existencia terrena», aseguró.

«Pero Cristo nos ha revelado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el encuentro definitivo de la eternidad --como nos recuerda san Juan-- «le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2)».

El Papa concluyó citando a san Agustín, quien afirmaba «no buscaré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso».

Es posible leer el resto de los comentarios de Juan Pablo II a los salmos y cánticos de la Liturgia de las Vísperas en la sección «Audiencia del miércoles» de la página web de Zenit www.zenit.org).