En proceso de beatificación por martirio dos franciscanos polacos muertos en Perú

«Sendero Luminoso» acabó con las vidas de los sacerdotes hace quince años

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CRACOVIA/PARIACOTO, miércoles, 31 mayo 2006 (ZENIT.org).- Franciscanos de Cracovia (Polonia) en misión en los Andes peruanos, el padre Michael (Miguel) Tomaszek y el padre Zbigniew Strzalkowski tenían, respectivamente, 30 y 32 años cuando fueron asesinados por el grupo terrorista «Sendero Luminoso».



Antes de cuatro años, el 5 de junio de 1995, por explícita petición del entonces obispo local (de Chimbote), monseñor Luis Armando Bambarén Gastelumendi, S.J., y con el apoyo de la Conferencia Episcopal Peruana, la Congregación vaticana para las Causas de los Santos autorizó la apertura del proceso de beatificación como mártires de la fe.

Al año siguiente se desarrollaron investigaciones en Cracovia a fin de hallar testimonios y documentación sobre la infancia, formación y primeros años de estos siervos de Dios polacos.

Actualmente la investigación diocesana se encamina a su término, apunta la oficina de comunicación de la Orden de los Frailes Menores Conventuales (www.ofm-conv.org).

Tras completar sus estudios teológicos en el Seminario Mayor de Cracovia, y mostrando un óptimo dominio del español, los dos religiosos partieron en misión hacia los Andes peruanos junto al padre Jaroslaw Wysoczanski, dedicándose a la «difícil tarea» --observa la Orden-- de la atención de la pobre parroquia de Pariacoto y de muchos otros pueblos de la zona.

El país donde desarrollaban su misión estaba a la cabeza de los productores mundiales de coca, destinada a ser transformada en cocaína «aportando míseras rentas a los campesinos y enormes ganancias a los grandes traficantes».

«Precisamente --describe la Orden-- las zonas andinas del norte, donde estaban nuestros hermanos, son pasos privilegiados para este comercio»; a inicio de los años '90 dominaba esta región el grupo terrorista «Sendero Luminoso», «que, contando con el terror y la difusión de ideologías revolucionarias, logra garantizar el éxito a este tipo de comercio».

Del 1 de enero al 22 de agosto de 1991 se alcanzó la cifra «récord» de 1.638 muertos por violencia en un país que ya registraba el 53% de los desaparecidos en todo el mundo.

En este entorno «se vio como un peligro» la actividad de la Iglesia, con la puesta en marcha de una catequesis más incisiva y la apertura de centros estables de animación cristiana. De forma que se incrementó la violencia contra los misioneros extranjeros y laicos.

Uno de los muchos panfletos de «Sendero Luminoso» decía: «Con la Biblia y la cruz pretendían ser una barrera al avance de la subversión...».

Imbuidos de una mezcla de maoísmo y nacionalismo, lleno de odio hacia los «explotadores», los terrositas además estaban dispuestos a matar también a los pobres campesinos que se opusieran a su planes o consideraran sospechosos de colaborar con el gobierno o el ejército.

El padre Zbigniew y el padre Miguel llegaron a Pariacoto en 1990. Junto al padre Jaroslaw dejaron la impronta del carisma franciscano, hecho de humildad, pobreza, oración, afabilidad, capacidad de comprometerse para el bien y tenacidad en la vida comunitaria.

La tarde del 9 de agosto de 1991 el padre Zbigniew y el padre Miguel celebraron su última Misa. Los guerrilleros llamaron al convento. Los religiosos (el padre Jaroslaw estaba en Europa en ese momento) fueron arrastrados fuera, cargados en la camioneta de la comunidad y, en el centro del pueblo, sometidos a un «proceso» sumario; los dos sacerdotes presentaron claramente la responsabilidad de desarrollar su misión evangelizadora.

Se emprendió el camino de la montaña y, empujados del vehículo, se les hizo tumbarse en el camino con las manos atadas y un cartón al cuello que decía: «Así mueren los lames del imperialismo». Fueron fusilados.

«Hallaron la muerte en el lugar elegido para encontrar a jóvenes y laicos, transformado en la tierra de su martirio», escribe la Orden.

«Resuenan las palabras confidenciales pronunciadas por el obispo tras el funeral --añade--: “Conozco a los indios, conozco su fiereza, cómo saben esconder sus sentimientos, incluso en los lutos más íntimos de sus familias... Pues bien, Padre, ¡yo aquel día vi a todo un pueblo llorar!”».