“Entre diálogo y testimonio”

La figura de San Pablo según el cardenal Kasper

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CIUDAD DEL VATICANO, martes, 1 julio 2008 (ZENIT.org).- “Pablo era un ardiente testigo de Cristo y al mismo tiempo un hombre de diálogo”, afirma el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en un artículo publicado el pasado 28 de junio en el diario vaticano “L’Osservatore Romano”.

El cardenal Kasper hace una breve descripción biográfica del Apóstol de las Gentes: tenía una modesta estatura física y era cualquier cosa menos un brillante orador. Estuvo muchas veces en prisión, golpeado y en peligro de muerte; cinco veces recibió los treinta y nueve golpes, tres veces fué azotado, una vez lapidado, sufrió tres naufragios, padeció hambre y sed, frío y desnudez, fue calumniado, perseguido y por último ajusticiado con la espada.

¿Cómo pudo soportar todo esto?, se pregunta el purpurado. La respuesta, explica, la da el mismo apóstol cuando escribió: “Por gracia de Dios soy lo que soy” (I Cor 15,10) y “todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Fil 4,13).

En estas afirmaciones, subraya el cardenal Kasper, “tocamos el punto central de su vida y su fe. Nada de lo que era lo atribuía a su mérito; consideraba que todo se debía a Dios y a su gracia. Dios era la potencia y la fuerza de su vida”.

El mensaje del apóstol, afirma el purpurado, “es el mensaje de la gracia”. “Tenemos –añade- valor y dignidad, salvación y santidad sólo de Dios y de su gracia. No podemos salvarnos con nuestras buenas obras. La salvación nos es dada por nuestra fe. Esta gracia se ofrece a cada uno de nosotros. Con la gracia de Dios es siempre posible un nuevo inicio”.

El cardena recuerda que, en la vida de San Pablo, hubo una transformación radical que cambió todo: su encuentro con Cristo camino de Damasco.

“Aquella experiencia –asegura- le impresionó de tal modo que olvidó todo su pasado, proyectándose decididamente hacia el futuro”. “Para Pablo, el Evangelio no era una doctrina abstracta sino una persona: Jesucristo”.

“Dios no está lejano”, afirma el cardenal Kasper. “Es el Dios para nosotros –añade--, cercano a nosotros y con nosotros. Se ha humillado y se ha abajado en Jesucristo. Si Dios ha resucitado a Jesucristo de los muertos, nos resucitará también a nosotros. Entonces, en cada sufrimiento y en cada dolor, en todas las adversidades de la vida, la esperanza resplandecerá para nosotros incluso más allá de la muerte”.

Este es, para el cardenal, “un mensaje alegre pero también exigente”. “Debemos orientarnos siempre hacia Jesucristo, hacia su ejemplo, su vida y su palabra. Debemos siempre convertirnos de nuevo, dejarnos coger por El y seguirlo. Jesucristo es el fulcro de la fe cristiana, constituye su identidad y su característica. La fe en Jesucristo como Hijo de Dios nos distingue de los musulmanes. No debemos esconder nuestra fe, sino testimoniarla valientemente como hizo Pablo. Esto se realiza no sólo con las palabras, sino antes que nada mediante una convincente vida de fe, mediante la amabilidad, la disponibilidad, la benevolencia, la bondad y una caridad activa”.

El cardenal Kasper señala otro aspecto importante de san Pablo. Un aspecto que también los obispos católicos en Turquía describieron en su carta pastoral para el Año Paulino. Los prelados hicieron notar que “Pablo era un ardiente testigo de Cristo y al mismo tiempo un hombre de diálogo”. Tenía familiaridad con la cultura judía y la grecorromana. Hablaba arameo y griego. En el areópago de Atenas, refiriéndose a las otras religiones, dijo: “Dios no está lejos de cada uno de nosotros (...) en El vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17, 27-28).

En este sentido, el cardenal Kasper recuerda que “el Concilio Vaticano II hizo propia esta exhortación y afirmó que la Iglesia Católica ‘no rechaza nada de cuanto es verdadero y santo’ en las otras religiones (Nostra Aetate, 2). El Concilio habló de respeto a los musulmanes, invitando a la colaboración con ellos cuando se trata de tutelar y de promover la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad para todos los hombres (3)”.

Dialogar, explica el purpurado, “no significa dejar de lado la propia fe, ni hacer una flexible adaptación”. “Se trata –añade- únicamente de dar razón de la fe con toda la amabilidad y la paciencia debidas. De explicar en qué, cómo y por qué creemos. De ser testigos de la fe de modo activo”.

En qué modo es posible esto, indica, “podemos aprenderlo del apóstol Pablo. Gracias a él la Iglesia se ha hecho universal”.

“Los cristianos en Turquía –concluye el presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos- son un pequeño rebaño que no tiene siempre una vida fácil pero forman parte de una gran comunidad universal de creyentes. Toda la Iglesia tiene en Tarso y en Turquía una de sus raíces. Por esto la Iglesia universal no puede olvidar nunca a los cristianos en Turquía”.

Por Nieves San Martín